Este libro fue escrito en poco más de 4 semanas, durante la cuarentena de marzo y abril 2020. Los textos son ensayos filosófico-poéticos que se acercan al tema del momento, o más bien, pensamientos poético-políticos que se alejan del temor del momento: el problema del miedo a la muerte es uno de sus ejes: otro es la pregunta por la intuición: la personal y la colectiva: la experiencia individual y la social: ¿Qué es la cultura? ¿Cómo piensa el humano? ¿Por qué valoramos tanto la razón? ¿Cómo sería vivir más intuitivamente? ¿Qué pasa con la creatividad cuando el miedo a morir se activa? ¿Existe la posibilidad de una política intuitiva y sensible que no se apoye tanto en el valor de la supervivencia? El modo supervivencia ¿es el único modo en que los humanos podemos funcionar? Cuando hay tanta información y tantas verdades circulando, ¿a quién escuchamos? Quedarnos en casa ¿tiene sentido? ¿Cómo hacemos sentido con todo lo que está pasando? ¿Qué es la salud? ¿Qué es la poesía?

Formato: PDF, MOBI, EPUB / $200 Arg - U$3 desde otros países

 

ÍNDICE

PRELUDIO
YA ESTÁBAMOS EN CUARENTENA
TODO ES CRISIS
ANÉCDOTA INSOLENTE
EL REY SIN CORONA
EL VIRUS DE LA HISTORIA Y LA HISTORIA DEL VIRUS

EL PROBLEMA ES EL MIEDO A LA MUERTE
MÁS ACERCA DEL MIEDO A LA MUERTE
LA CUARENTENA COMO EXPERIENCIA ESTÉTICA

NO TE CREAS EL ENCIERRO

ACERCAMIENTO ANTISOCIAL
UN PIE ADENTRO Y UN PIE AFUERA
LA INTUICIÓN Y LA MUERTE
UN MODO POÉTICO DE CONDUCIR
FUNES EL CONTAGIOSO

 

YA ESTÁBAMOS EN CUARENTENA

(Primer texto del libro)

¿Cuarentena? Ya estábamos en cuarentena: el ser humano es lo animal en cuarentena. El ser humano es EL animal enfermo/encerrado —en francés, enfermé significa encerrado. El humano es el bicho que se encierra en sus ideas sobre sí mismo y sobre el mundo; sobre todo, se encierra en esa idea que traza el límite entre sí mismo y el mundo: el humano es el animal que se cree apartado del mundo. El humano es el animal que teme al mundo. ¿Cuarentena? ¿Ahora? Sí, claro, no digo que no, pero ¡vamos!, ya estábamos en cuarentena, encerradxs en nuestras ficciones —enfermxs de mitologías, historias, creencias—, usando razones para privatizar los parques y no tocar el pasto.

La verdadera cuarentena (el aislamiento) es salir a ese mundo de islas hiper-productivas, ese mercado de formas que llamamos vida social, donde la experiencia es codificada y empaquetada para poder ser vendida —contexto cultural que usa el lenguaje para atacar y defender, en vez de para crear.

¡Por fin! Por fin me dan permiso —más bien, me fuerzan a ser anti-social. Porque lo social, así, es peligroso —o incluso bastante odioso. Porque abrazarnos con miedo es peligroso —y lo venimos haciendo, forzando el gesto social para sobrevivir, y ahora, claro, tenemos razones para no hacerlo —para no abrazarnos.

No podemos, sería el mensaje, seguir encontrándonos así; porque lo social viene siendo, en gran medida, una careteada mercantil que intenta cubrir la más profunda de nuestras frustraciones: hemos decidido evitar la lluvia, hemos decidido decir que las nubes son mal tiempo, hemos decidido aislarnos de lo curvo, incierto, inclasificable y misterioso de la vida: hemos decidido temer a lo innombrable —y por eso no sabemos amar: no sabemos amar porque hemos decidido que no todo es amable: no sabemos amar porque hemos olvidado que el amor, ese que ni entra en la palabra, no tiene preferencias; y entonces nos quejamos, porque hay cosas que preferiríamos que no existieran, y sobre eso construimos nuestras vidas, sobre esos rechazos, sobre esas quejas, sobre esas preferencias; y vivimos, en gran medida, quejándonos de lo que entendimos no está bien.

¿Esa vida estamos queriendo salvar?

Qué triste sería vencer al así llamado enemigo y entonces volver a la normalidad —normalidad que se define en función del temor a lo anormal (en este caso, un virus, o una enfermedad, o una epidemia). Nuestras vidas son definidas por el temor a lo que las amenaza. Encerramos nuestras vidas por temor a la enfermedad, pero es ese encierro lo que las enferma. Nuestras vidas están enfermas.

¿A esas vidas queremos volver?

El tamaño de la crisis es proporcional al tamaño de nuestra ignorancia, que es equivalente al grosor de las historias con que nos separamos del mundo. Y cuanto más densos los muros de nuestras mitologías culturales, más sutiles los agentes con que la vida se tiene que infiltrar para frustrar el aparato ficcional. El problema no es el virus, el problema es la poca flexibilidad adaptativa de la mente colectiva, el problema (por decirlo así) es lo quebradizo de un cuerpo que ha tenido que volverse rígido para adaptarse a las expectativas de pertenencia sociocultural.

El mercado nos quiere asustadxs para vendernos armas, y nos quiere enfermxs para vendernos medicamentos. No digo que este virus haya sido soltado estratégicamente por un laboratorio (aunque no sería tan raro), lo que digo es que este virus nos muestra cuán debilitadxs estamos. El cuerpo adiestrado es un cuerpo asustado, y un cuerpo asustado es un cuerpo inmuno-deficiente. Dicen que el miedo es la ausencia de amor. Entonces ¿el amor es la ausencia de miedo? Si tenemos miedo, si lo sentimos, ¿podemos amarlo? ¿Podemos amar el miedo? ¿Podemos enternecernos con esa estupidez que llamamos Historia Humana —estupidez inteligente que pareciera estar llevándonos hacia el colapso inevitable de todo lo que hemos construido para protegernos de un viento que ni planeaba derribarnos?

¿Podemos enternecernos con la inconsciencia de ese dominó de sustos que llamamos Historia Humana? ¿Podemos mirar de frente a esa cadena traumática de sustos y reconocer cómo nuestros cuerpos y nuestras vidas y nuestras posibilidades creativas se debilitan por no poder asumir la manera automática en que seguimos reaccionando?

Hoy el ser humano tiene su cuerpo cansado, atrofiado, tenso, preocupado, alérgico, estresado. Y la culpa parece ser de un virus.

No es casualidad que este virus active (muestre) la debilidad respiratoria —la ignorancia del aire. No sabemos respirar, le damos más atención a los pensamientos que a la respiración. El aire nos asusta. El aire nos asusta porque nos pone en duda, porque nos desarma. Si estamos en guerra con el aire, si le tememos porque asumimos que viene a derribar refugios que ya no necesitamos, si no lo queremos escuchar… si no queremos escuchar al aire, ¿será que nos están invitando a respirar?

Esta cuarentena no es tanto una medida preventiva contra la propagación de un virus, como la expresión clara y franca de una manera de vivir obsoleta e idiota. Vivimos en cuarentena, y el sentido de todo esto está por ser creado. El tamaño de la crisis nos muestra tanto el tamaño de nuestro sufrimiento (o sea, de nuestra estupidez y arrogancia) como el tamaño de la posibilidad que tenemos de re-escribirnos. No estamos sufriendo por la enfermedad, la enfermedad es lo que nos muestra que ya estábamos sufriendo. Ya estábamos encerrados. Y para tomar las riendas del gesto poético, necesitamos asumir muy seriamente que el virus no es un enemigo que llega del espacio para complicarnos la vida, sino que es el reflejo y la expresión de lo que somos, de lo que venimos siendo y de lo que podríamos ser.

Dicen que la vida en la Tierra existe gracias a los virus. Existimos gracias a ellos. El enemigo solo es enemigo cuando es rechazado. Nuestros cuerpos son pura bacteria. Hay una inteligencia profunda y misteriosa que nos une con todo lo que existe. Somos humanos, sí, pero somos todo lo que existe, incluidos los virus, incluidas las bacterias, incluidos los animales que enlatamos en los mercados, esos que supuestamente nos contagian. Tal vez esta sea una oportunidad para darnos cuenta. Tal vez la re-escritura de la humanidad tenga que ver con la comprensión de que formamos parte de la trama de la vida. Tal vez esa comprensión pueda ser una fiesta.

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