sobre mi

Bio

 

Bio en 100 palabras

Si tuviera que contar mi vida en cien palabras, elegiría una imagen, una anécdota, un rincón.

 

Nombraría el balcón desde donde lanzaba aviones de papel, el gato enterrado en el parque de la casa de verano, los caballos. Mis paseos solitarios a la mansión en construcción, mi tema con las paredes, detalles y momentos, arbitraros o significativos.

 

¿Contar? Creo que no contaría el sueño recurrente en que el muelle de pescadores se caía a pedazos, ni la noche en que decidí estudiar cine, la tarde en que decidí jugar a ser escritor, la mañana en que decidimos reescribir la historia.

 

Bio en 700 palabras

Quisiera ponerme formal y contarte brevemente lo que hice y lo que hago. Creo no poder, como si al intentar hablar de mi vida irrumpiera una fuerza poética, como si lo importante no fueran las obras sino sus viajes, como si obras y estudios y formas fueran cruces de caminos, como si de lo que me latiera hablarte es de esos caminos. De cualquier manera, va un resumen posible de mis juegos, mis viajes.

Escribo y actúo, diría, desde que estaba en la panza de mi madre. Hago video desde los 15. Estudié en la escuela del Instituto Nacional de Cine (INCAA) y me recibí de director. Estudié letras en la UBA y en la UNSAM. Estudié música y me dediqué a la música tradicional de mbira de Zimbabwe, y edité dos discos, uno solista y otro con Hernán Gulla. Practiqué danza butoh y me dediqué a la práctica y la enseñanza del contact improvisación. Tomé clases de actuación con muchos profesores. Actué en espectáculos de improvisación, varietés y obras. La última obra, en 2016 y 2017, fue Hambre y amor, dirigida por Ricardo Bartís. En cuanto a la escritura, a fines de 2013 tomé la decisión de jugar más en serio. Abrí un blog, en el que escribo regularmente. Publiqué textos en diferentes publicaciones. En 2006 edité lo que sería mi primer libro, El árbol cósmico, con Matías Reck. Después edité libros de forma independiente y en 2016 publiqué el libro Todos queremos (relatos), con la editorial Peces de Ciudad. Con la misma editorial publiqué en 2017 una antología de cuentos de alumnas y alumnos de los talleres de narrativa que dicto desde 2014. En 2017 publiqué, en digital y distribución gratuita, el libro Yo, cuento (y otros cuentos). En 2018 sale la versión agrandada con Peces de Ciudad y un nuevo título: Yo, cuento (y otros cuentos que pueden no cambiar tu vida). En cine, realicé cortometrajes y mediometrajes. En 2014 estrené el documental Tenderline (cartas desde América), codirigido con mi amigo polaco Tomasz Foltyn, rodado en California y proyectado en festivales de Argentina, USA y Europa. En 2017 se estrenaron Un viajero atrapado en un proyectil, películainstalación de Luigi Voglino que protagonicé, y Escenas de una fiesta rota, el primer largometraje de ficción que escribí y dirigí. En 2018 hice una formación de coach creativo y la formación de RE (Respiración Evolutiva). En 2019 fundamos la plataforma RETICULAR Films con Dama David. Estrenamos 3 películas, una miniserie y para el 2020 está planeado el estreno de dos películas más y una serie web. En 2020 publiqué los libros digitales "Ya estábamos en cuarentena" y "La humanidad está frustrada". 

Creo que nací a esta vida con la idea de que entraba a un campo de juego ilimitado. Me vi desafiado a incluir los límites como parte del asunto. El muro de Berlín siempre llamó mi atención. Cabalgar por la playa me daba la sensación de que todo era posible. Nací, digamos, propenso a la ficción, ese espacio donde todo es posible. Creo haber sido, o ser, un niño que no entiende las distancias del mundo exterior, tal vez porque su mundo ya está lleno de distancias. Espacios. ¿Por qué le dicen fantasía? Escritura, cine, teatro: mis juegos de siempre. Hace no mucho, después de explorar y probar, me di cuenta de que estaba haciendo lo que me gustaba hacer cuando era chico. ¿Quién dice que aún no soy chico? Me pregunto si el niño, el “chico”, no es más grande que el supuesto “grande”, el adulto. ¿No tiene acaso más espacio? Me pregunto si el grande, el adulto, no es quien achicó, de una u otra manera, su campo de juego. Para el niño el mundo es un campo de juego. Juego como exploración, investigación, despliegue. Me pregunto si la ficción, ese jardín rodeado de piedras, el arte, no es sino un marco que nos damos, quienes ya nos creímos grandes, para volver a achicarnos. La ficción, el momento estético, arte o poesía, como un achique, un marco, un recorte. Si dejamos de creer que el mundo es un campo de juego, al menos en este espacio recortado nos permitimos explorar. Campos de juego para contener el éxtasis.

 

Bio en 1013 palabras

Estoy sentado en la cama de mis padres, esperando que vuelvan de viaje para concebirme. Aguardo, fiel, el sonido de la llave entrando en la cerradura. Me impaciento. Así recibo la primera lección para entrar en este mundo. El juego, esta vuelta, empieza así: esperar y comprender lo que son las distancias. El juego, me dicen, consiste en alejarse. Mis padres salieron de viaje y al volver produjeron el chispazo. Durante nueve meses, más bien ocho y medio, esperé acostado en el pasillo del departamento. Me apretaba, estaba oscuro, pero aún no era tiempo de salir y algo me dijo que ese pasillo era un ambiente más de la casa; que esperar (querer llegar) no era la mejor opción. ¿Segunda lección? En fin, nací dos semanas antes. Supongo adentro me dio calor, era verano. Tal vez, pienso, nací para refrescarme. Lo que sí, diría que nací escribiendo. Tal vez, entonces, escribo para refrescarme. Renacer. Tal vez la ficción es un renacimiento del mundo. Hice ficción, nadé en ficción, desde muy chico. Desde muy siempre. Mi padre nos decía que para libros había canilla libre. Uno de mis abuelos era librero, el otro tenía una biblioteca infinita. Recuerdo el verano en que me regalaron una versión de El caballo de Troya: esa historia siempre me impactó, y siempre me atrajeron los caballos, y una de mis abuelas, la madre de mi madre, tenía la memoria de Funes; cuando me enteré que ella se había ido al otro mundo, yo estaba en la terraza de mi casa leyendo a Borges. No sé por qué intuí que tenía que bajar y cuando lo hice recibí el llamado de mi madre. La abuela, con su magia, se había desparramado por el universo. Un cuento de Borges, creo, puede emocionarme más que muchas otras cosas. Tal vez heredé de mi abuela ese gusto, esa admiración, esa fascinación por el arte. De chico subrayaba, a principios de mes, la revista de cable; dejaba programada la videocasetera (VHS) para grabar películas que daban en la madrugada. Imprimía mis cuentos en una impresora matriz de puntos y encuadernaba libros con papel pegajoso. Mi abuelo, contento y sagaz, leía y me ofrecía sus críticas. El juego, desde temprano, fue una cosa seria. Desde muy chico inventaba historias, supongo como todos los niños, sólo que ya lo hacía como quien estudia, como quien entrena. Disfraces y actuación eran otras caras del mismo juego. En la primaria dirigí una versión teatral de El Mago de Oz. Mi madre preparó los vestuarios. Yo fui el Espantapájaros. En un viejo proyector de Super 8 veíamos películas del Pato Donald y Alfred Hitchcock fue el primer director de cine que reconocí como tal. Recuerdo fascinarme con Psicosis, La soga, Los pájaros. Mi tía me prestó una cantidad de novelas policiales de la serie negra. De Sherlock Holmes y Agatha Christie pasé al thriller norteamericano. La inteligencia inglesa devino rudeza americana. Lo que leía, lo imitaba. Leía y copiaba. Una vez copié una idea a una compañera de la escuela y escribí un cuento muy parecido a uno suyo. Cambié cosas, pero era evidente. Ella se enojó y yo sentí lo mismo que cuando arañé y saqué sangre a mi hermano, con quien transformábamos el living de casa en una cueva para el delirio. Alrededor de los diez años escribí dos novelas policiales. Después vinieron las de abogados, y también tuve un momento Tolkien y un momento Poe, y paseos por lo fantástico y Cortázar, que dice que lo fantástico es el conurbano de la realidad, y a mis catorce mi padre compró una videocámara y el juego se disparó y con mis amigos grabábamos nuestras versiones caseras de Cha Cha Cha y yo decidí que estudiaría cine. Mi madre me acompañaba a ver cine “raro”. Recuerdo no saber dónde meterme, con ella al lado, viendo cómo Emily Watson se prostituía para salvar a su amado en Contra viento y marea. Aunque buena parte de mi familia venía de la ciencia y muchos habían sido o eran comunistas y habían tenido en su momento sus manuales y sus protocolos y sus mandatos y sus qué sé yo, y aunque debió ser raro que el pequeño decidiera dedicarse al arte, tal vez porque yo sonaba convencido (y lo estaba), o por lo que fuera, me apoyaron. Así que al terminar el secundario entré a estudiar letras y cine y me recibí de director y mientras tanto había vuelto a estudiar teatro y clown, y cuando terminé la escuela de cine me entregué a las tablas y actué en obras, improvisaciones, varietés y conciertos poéticos. La investigación actoral, entiendo, me llevó a la investigación física. Un proyecto teatral que no llegó a desplegarse me hizo interesar por el teatro japonés y me encontré casualmente con una amiga en un colectivo y ella me contó que estaba practicando algo que se llama danza butoh, y entonces me metí en eso y al mismo tiempo empecé a practicar yoga y en dos meses mi cuerpo cambió por completo, y después vino el tai chi, y la meditación y el contact improvisación y conocí gente que no conocía y pasaron cosas que no habían pasado y por esa época trabajaba en una compañía de teatro para chicos y estaba en la costa haciendo temporada y actuando en la playa y me fui a San Clemente y en un día que pareció un sueño la vida se me dio vuelta o tal vez no fue sólo ese día, el día que pareció un sueño, pero digamos que en esa época todo se dio vuelta, o de pronto vi que el escenario, el campo de juego, podía ser mucho más grande. Que había más posibilidades, posibilidades como estudiar budismo y calendario maya y viajar por Brasil y hacer búsquedas de visión y conocer otros mundos, adentro, afuera, en las fronteras, y ver que cada día el escenario se ensancha, y más jugadores del cosmos o de mi psiquis o de lo que sea entran a la pista de baile, y la vida una explosión poética.