Bio en 1013 palabras

Estoy sentado en la cama de mis padres, esperando que vuelvan de viaje para concebirme. Aguardo, fiel, el sonido de la llave entrando en la cerradura. Me impaciento. Así recibo la primera lección para entrar en este mundo. El juego, esta vuelta, empieza así: esperar y comprender lo que son las distancias. El juego, me dicen, consiste en alejarse. Mis padres salieron de viaje y al volver produjeron el chispazo. Durante nueve meses, más bien ocho y medio, esperé acostado en el pasillo del departamento. Me apretaba, estaba oscuro, pero aún no era tiempo de salir y algo me dijo que ese pasillo era un ambiente más de la casa; que esperar (querer llegar) no era la mejor opción. ¿Segunda lección? En fin, nací dos semanas antes. Supongo adentro me dio calor, era verano. Tal vez, pienso, nací para refrescarme. Lo que sí, diría que nací escribiendo. Tal vez, entonces, escribo para refrescarme. Renacer. Tal vez la ficción es un renacimiento del mundo. Hice ficción, nadé en ficción, desde muy chico. Desde muy siempre. Mi padre nos decía que para libros había canilla libre. Uno de mis abuelos era librero, el otro tenía una biblioteca infinita. Recuerdo el verano en que me regalaron una versión de El caballo de Troya: esa historia siempre me impactó, y siempre me atrajeron los caballos, y una de mis abuelas, la madre de mi madre, tenía la memoria de Funes; cuando me enteré que ella se había ido al otro mundo, yo estaba en la terraza de mi casa leyendo a Borges. No sé por qué intuí que tenía que bajar y cuando lo hice recibí el llamado de mi madre. La abuela, con su magia, se había desparramado por el universo. Un cuento de Borges, creo, puede emocionarme más que muchas otras cosas. Tal vez heredé de mi abuela ese gusto, esa admiración, esa fascinación por el arte. De chico subrayaba, a principios de mes, la revista de cable; dejaba programada la videocasetera (VHS) para grabar películas que daban en la madrugada. Imprimía mis cuentos en una impresora matriz de puntos y encuadernaba libros con papel pegajoso. Mi abuelo, contento y sagaz, leía y me ofrecía sus críticas. El juego, desde temprano, fue una cosa seria. Desde muy chico inventaba historias, supongo como todos los niños, sólo que ya lo hacía como quien estudia, como quien entrena. Disfraces y actuación eran otras caras del mismo juego. En la primaria dirigí una versión teatral de El Mago de Oz. Mi madre preparó los vestuarios. Yo fui el Espantapájaros. En un viejo proyector de Super 8 veíamos películas del Pato Donald y Alfred Hitchcock fue el primer director de cine que reconocí como tal. Recuerdo fascinarme con Psicosis, La soga, Los pájaros. Mi tía me prestó una cantidad de novelas policiales de la serie negra. De Sherlock Holmes y Agatha Christie pasé al thriller norteamericano. La inteligencia inglesa devino rudeza americana. Lo que leía, lo imitaba. Leía y copiaba. Una vez copié una idea a una compañera de la escuela y escribí un cuento muy parecido a uno suyo. Cambié cosas, pero era evidente. Ella se enojó y yo sentí lo mismo que cuando arañé y saqué sangre a mi hermano, con quien transformábamos el living de casa en una cueva para el delirio. Alrededor de los diez años escribí dos novelas policiales. Después vinieron las de abogados, y también tuve un momento Tolkien y un momento Poe, y paseos por lo fantástico y Cortázar, que dice que lo fantástico es el conurbano de la realidad, y a mis catorce mi padre compró una videocámara y el juego se disparó y con mis amigos grabábamos nuestras versiones caseras de Cha Cha Cha y yo decidí que estudiaría cine. Mi madre me acompañaba a ver cine “raro”. Recuerdo no saber dónde meterme, con ella al lado, viendo cómo Emily Watson se prostituía para salvar a su amado en Contra viento y marea. Aunque buena parte de mi familia venía de la ciencia y muchos habían sido o eran comunistas y habían tenido en su momento sus manuales y sus protocolos y sus mandatos y sus qué sé yo, y aunque debió ser raro que el pequeño decidiera dedicarse al arte, tal vez porque yo sonaba convencido (y lo estaba), o por lo que fuera, me apoyaron. Así que al terminar el secundario entré a estudiar letras y cine y me recibí de director y mientras tanto había vuelto a estudiar teatro y clown, y cuando terminé la escuela de cine me entregué a las tablas y actué en obras, improvisaciones, varietés y conciertos poéticos. La investigación actoral, entiendo, me llevó a la investigación física. Un proyecto teatral que no llegó a desplegarse me hizo interesar por el teatro japonés y me encontré casualmente con una amiga en un colectivo y ella me contó que estaba practicando algo que se llama danza butoh, y entonces me metí en eso y al mismo tiempo empecé a practicar yoga y en dos meses mi cuerpo cambió por completo, y después vino el tai chi, y la meditación y el contact improvisación y conocí gente que no conocía y pasaron cosas que no habían pasado y por esa época trabajaba en una compañía de teatro para chicos y estaba en la costa haciendo temporada y actuando en la playa y me fui a San Clemente y en un día que pareció un sueño la vida se me dio vuelta o tal vez no fue sólo ese día, el día que pareció un sueño, pero digamos que en esa época todo se dio vuelta, o de pronto vi que el escenario, el campo de juego, podía ser mucho más grande. Que había más posibilidades, posibilidades como estudiar budismo y calendario maya y viajar por Brasil y hacer búsquedas de visión y conocer otros mundos, adentro, afuera, en las fronteras, y ver que cada día el escenario se ensancha, y más jugadores del cosmos o de mi psiquis o de lo que sea entran a la pista de baile, y la vida una explosión poética.

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