El arte como creación de silencio

Empiezo con una cita larga:

En uno de sus aspectos, el arte es una técnica para enfocar la atención, para inculcar aptitudes de atención. (Aunque este aspecto del arte no le es del todo propio —dado que la totalidad del entorno humano puede describirse como un instrumento pedagógico— sí es un aspecto intensamente particular de las obras de arte) La historia de las artes equivale al descubrimiento y la formulación de un repertorio de objetos sobre los cuales se prodiga la atención. Se podría rastrear con precisión y en orden la forma en que el ojo del arte ha recorrido nuestro entorno, “designando”, practicando su selección limitada de elementos que luego el público reconoce como entes importantes, placenteros, complejos. (Oscar Wilde señaló que la gente no había visto la niebla hasta que determinados poetas y pintores del siglo XIX le enseñaron a verla; y seguramente, nadie tuvo una visión tan completa de la variedad y sutileza del rostro humano antes de la época del cine).

Antaño, la misión del artista parecía consistir sencillamente en mostrar nuevas áreas y nuevos objetos dignos de atención. Aún se acepta esta misión, que sin embargo se ha vuelto problemática. Se ha puesto en tela de juicio la facultad misma de la atención, y se la ha sometido a pautas más rigurosas. Como dice Jasper Johns: “Ya es mucho ver algo claramente porque no vemos nada claramente”.

Quizá la calidad de la atención que fijemos sobre algo será mejor (estará menos contaminada, menos distraída), cuanto menos nos ofrezcan. Enfrentados con un arte empobrecido, depurados por el silencio, tal vez entonces podamos empezar a trascender la selectividad frustrante de la atención, con sus deformaciones inevitables de la experiencia. En condiciones ideales, deberíamos poder prestar atención a todo.

 

Susan Sontag, "Estética del silencio"

 

*

 

Entonces, se me ocurre pensar al arte (su fase productiva, la obra y la experiencia estética) como un agujero en la pantalla de la realidad. Hacer arte es crear campos de silencio, claros en el bosque de lo real, excusas no para callarse, sino para escuchar —prestar atención.

 

Como nos recuerda Boris Groys, al perder el arte su función religiosa, al secularizarse eso que, a partir de un momento, en la modernidad, pasamos a llamar Arte, el valor de la actividad y el valor de las obras, y por lo tanto el valor de las personas que hacen arte, se encuentra con un vacío. Es entonces cuando aparece, o empieza a aparecer, lo que hoy conocemos como el mercado del arte: hoy el arte es valorado en gran medida por su precio. Habiendo perdido a Dios, ganamos el precio; hoy confundimos valor con precio. El dinero determina el valor de las obras y de las experiencias. ¿Es así? Puede que en parte lo sea. Como sea, pareciera que hoy eso que llamamos Arte es un contexto de la vida humana donde la cuestión del valor se encuentra con la incertidumbre —tal vez es ahí, en ese campo de incertidumbres, donde podemos reconocer y asumir que el valor de las cosas de la vida es una creación de la mente o de la consciencia humana.

 

Tenemos la costumbre de valorar aquello cuyo supuesto valor podemos explicar. Tendemos a valorar los momentos en tanto son piezas de la cadena productiva de sentido social y personal. El instante vale, pensamos, en tanto se acumula con otros instantes que, juntos, construyen la historia del sentido —el sentido de la historia. Si vale es porque tiene sentido, si tiene sentido es porque vale. Tal vez no sea que eso que llamamos Arte no tenga valor, o no tenga sentido, sino que, opuestamente, tiene muchos valores o muchos sentidos. Si nadie duda de que un puente sirve para cruzar por encima de algo, ¿para qué sirven una película, una pieza de danza o un cuadro? Si hiciéramos una encuesta, descubriríamos que cada persona responde algo diferente, mucho más diferente de lo que responderían si les preguntáramos para qué sirven los puentes.

 

Arte sería no lo que no tiene valor, sino aquello sobre lo que no podemos ponernos de acuerdo en relación a su valor. O lo que tiene más de un valor. Está bien, es cierto, además de para cruzar por encima del río, el puente sirve para admirar la capacidad tecnológica y creativa del ser humano, sirve para ver a los pájaros volar desde arriba, etc. Cuando uno valora el puente más allá de su valor funcional y práctico, ¿está dándole al puente una cualidad o funcionalidad artística? ¿Está haciendo del cruzar un puente una experiencia artística? Claro, nada es (significa) solo una cosa, pero ahí, en eso que estamos llamando Arte (o experiencia artística), estaría concentrada o estallada esta posibilidad de la experiencia (de los acontecimientos) de tener muchos valores y muchos sentidos al mismo tiempo.

 

Dice Sontag más adelante:

 

El silencio es una estrategia para la transvaloración del arte, y el arte es el heraldo de una prevista transvaloración radical de los valores humanos.

 

Podemos pensar a la experiencia artística como la neutralización de los valores y los sentidos de las cosas, el deslinkeo de los acontecimientos de sus valores aprendidos. El arte como un silenciamiento de los sentidos que ya les hemos dado a las experiencias, la posibilidad de reducir a cero los entendimientos de la vida cotidiana en pos de abrir espacios para la escucha, para prestar una atención liberada, o en vías de liberarse, de las estructuras mentales y los valores con los que cubrimos la realidad en el día a día. El arte como la creación de silencio, y el silencio como la libertad para prestar atención.

 

Cerramos con una cita de John Cage:

 

Nadie puede concebir una idea después de haber empezado a escuchar de verdad.

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