El encierro y la consciencia poética

7 de mayo de 2020. Quiero hablar de Buda, del encierro y de la poesía. Hoy es la luna llena de tauro y se celebra Wesak, el nacimiento del buda. No soy budista pero sí bastante budófilo. Adoro la ciencia búdica, la precisión con que la enseñanza crea tajos en el velo. No soy budista porque los ismos me aprietan y pienso que suelen encerrarnos y ponernos dogmáticos porque sentimos que tenemos que protegernos de la intemperie a que nos convoca la liberación. Tal vez los ismos nos sirven en algún momento, tal vez al inicio, cuando una experiencia (una enseñanza) está muy joven y verde y blanda sirve tener un útero y después una guarida maternal hecha de paredes suaves por dentro y frías por fuera para que la cosa sobreviva. Pero después de unos giros de la rueda del tiempo, los ismos pasan a guardar y proteger algo que ya no quiere ser guardado y protegido, como el príncipe Sidarta, que se cansó de estar encerrado en ese palacio ideal; y si las paredes no saben abrirse o la mariposa no sabe despertar, las murallas pasan a ser más importantes que lo que protegen —que lo que protegían: una fragilidad ya lista para percibirse como sensibilidad inteligente.

El ego se forma en los primeros años de la forma. Una forma es como un ego, que estabiliza un campo de experiencia y percepción, y lo hace tejiendo murallas protectoras, y las murallas están hechas de esos hilos que son las historias que la forma tiene que creer para sobrevivir; y después el ego es el intento de seguir sosteniendo ese tejido de interpretaciones y reacciones posibles y la vida es como una poesía despareja e insistente que llama a destejerlo todo cada día.

 

Por eso no soy budista, el encierro sólo debe ser un trampolín a la poesía. Y despertar es la poesía. Despertar, o liberarse, no es escapar del mundo ni del cuerpo, porque el cuerpo y el mundo también están hechos de silencio. El silencio no necesita que se callen los ruidos porque sabe convivir con ellos. Y despertar como Buda puede tener que ver con ese reconocimiento: estamos jugando: estamos a la vez adentro y afuera del tablero de juego, y eso es lo que estoy llamando consciencia poética, que debería llamarse inconsciencia poética, porque es locura y porque la poesía no puede ser una consciencia, porque la poesía nace en el océano, que es la casa del inconsciente. Pero igual, digámosle consciencia poética, porque sí, hay algo de atención despierta en el asumirnos también por fuera de la vida, muy en el cuerpo y más allá del drama.

 

Este Wesak nos agarra así medio encerradxs y eso está muy bien porque es lo que es y la liberación sólo está codificada dentro de lo que es. Liberarse es decodificar, comprender un código, percibir un patrón. El patrón que hace a la forma de lo que es. Y lo que es tiene mil nombres y no llega ni a ser lo que es porque lo que es es lo que tu mente nombra que es, y el nombre, sobre todo en un día como hoy, está hecho para abrirse, como la muralla que protege una enseñanza, una experiencia, un bebé. La ficción es una flor que se resiste a abrirse.

 

Hace años conocí a un lama, un monje de la tradición tibetana. Cuando miré dentro de sus ojos, me encontré con el silencio más grande del mundo. Para iniciarse y ser lamas se encierran 3 años, 3 meses y 3 días en una salita sin ventanas; no ven a nadie, no hacen nada más que, digamos, meditar. ¿Se encierran para despertar? Supongo que es una experiencia radical porque cada vez que pienso en eso se me estremece la piel o se me arruga la persona y lo que sacude a la persona es, por definición, radical. Igual no hace falta, supongo, pero no sé, digo, lo que hacen los lamas, ¿hace falta tanto? Supongo que podemos vivir esa iniciación en pequeñas dosis a cada momento. Micro-dosis de encierro tibetano. Cada momento puede ser pensado y vivido como esa sala de meditación. Cada detalle es un trampolín a la libertad de la poesía.

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