El problema es el miedo a la muerte

No voy a decir que hay un problema, pero si lo dijera, diría: el único problema es el miedo a morir.

Como eso que llamamos muerte no puede sino ser parte de eso que llamamos vida, como todo es parte de la vida, en el fondo, el temor a la muerte, como cualquier temor, es temor a la vida.

Entonces, ¿qué es el temor a la muerte? Investiguemos. Una primera propuesta (aclaro que no es mía ni es original) sería esta: temer morir es temer la desorganización de una forma de vida. La muerte no mata, desorganiza. ¿Qué desorganiza la muerte? Nuestros horizontes de posibilidades, nuestros planes, nuestros mapas. La muerte es la desorganización de nuestros planes, formas e identidades —esas organizaciones perceptivas con las que el mundo genera estabilidades y entendimientos acerca de sí mismo. Mapas, entendimientos. La muerte es el borde de nuestro entendimiento, la desestabilización de nuestra capacidad de controlar —el acantilado del misterio donde el YO se enfrenta al desafío de reconocer que no tiene nada que enfrentar, porque, en lo profundo, su existencia como entidad separada es una ficción. Morir es reconocer la ficción de la separación. Si entender es separar y discernir (pensar), morir es dejar de entender; y temer morir es temer dejar de entender —tememos la caída de esa empresa perceptiva con la que entendemos al mundo: el YO.

El YO, en tanto empresa, necesita entender lo que está pasando, simplificar, saber si las cosas están bien o mal —para poder tomar partido y sacar conclusiones que sirvan a sus intereses; básicamente: sobrevivir y conquistar. A veces, no puede.

Tengo la sensación de que toda esta situación viral es tan compleja, y su despliegue tan nuevo, que no sé cómo pensar. YO no sabe cómo organizar su imperio. Si pensar como ya sé pensar es fácil, y no pensar, por momentos, también, ¿hay algo más? ¿Podré pensar como no pienso? ¿Podré pensar como nunca he pensado?

Consideremos por un momento a la muerte como la definición (cultural, personal) de los bordes hasta los que me es dado pensar. La muerte, para mí, es como la definición de los límites de lo que experimento como mi consciencia. La muerte como la decisión de que llego hasta acá, y más allá de ese borde, o final, una nada que no me pertenece y que no se me permite ni nombrar. Mi pensamiento (entendido como mis posibilidades creativas), entonces, puede solo llegar hasta ese borde. No puedo (al menos no cultural y personalmente) crear (pensar) por fuera de lo que se supone que soy.

Situaciones extremas nos fuerzan a afirmarnos (seguir pensando igual) o a deformarnos (tal vez, abrir la tranquera y acceder a ciertas áreas de lo desconocido). Ante el impacto de lo nuevo (de lo que se percibe y entiende como lo nuevo), lo primero que hago es responder con el manual —a eso le llamamos reaccionar. El dispositivo de la reacción (el miedo) sirve a lo más básico del funcionamiento de cualquier forma de vida: la supervivencia. Si reaccionamos, si luchamos, es para sobrevivir.

¡Sobrevivir! Se me ocurre que al ser humano se le ha vuelto difícil reconocer cuándo (cómo y cuánto) está su vida en peligro. ¿Qué es lo que pone nuestras vidas en peligro? ¿Qué significa que nuestras vidas estén en peligro? ¿Hasta dónde llega cada vida personal? ¿Dónde están los bordes de lo que soy?

Dicen que nuestro sistema nervioso se desarrolló en una época en que la vida de los cuerpos humanos estaba mucho más en peligro que ahora. Traumatizados por un peligro antiguo (viejo), repetimos escenas de supervivencia. Si creer es dar realidad a nuestros pensamientos, creer tiene el poder de crear mundo.  El humano moderno, que cree saber cómo funciona el mundo, es una especie de animal hipocondríaco; es decir, una criatura que se encierra en sus propias lecturas del mundo y no reconoce en qué medida su mundo no es el mundo, sino su mapa del mundo.

El problema no es el virus, el problema es nuestra fragilidad —más bien, el mal uso de nuestra fragilidad. A ese mal uso, llamémosle: temor crónico. La mayor y más peligrosa enfermedad es el miedo a la enfermedad. Si nos diseñamos como animales frágiles, no fue para temer sino para crear. La debilidad esencial del humano es lo que le permite crear, pero tanto duele crear que preferimos temer morir. Cambiar duele, así que preferimos escapar, o intentar escapar; entonces, digamos, el problema no es el virus, sino el temor a la muerte, que es temor a la vida, que en sí es puro cambio, o sea, pura muerte.

El temor a morir nos vuelve débiles —poco creativxs, poco presentes, en tanto creemos poder escapar del devenir de una inteligencia que no entendemos. Desconectarnos de esa inteligencia (llamémosle, la inteligencia de la vida) nos debilita. Esa desconexión (aunque sea en parte ilusoria) es lo que nos hace creer en lo que llamamos muerte. Solo en tanto nos percibimos como seres separados podemos creer en la muerte. La insistente negación de la muerte nos llevó, por miles de años, a construir un sistema social que nos ha debilitado. Por temor a la muerte, hemos levantado esa muralla que llamamos cultura, nos hemos encerrado (enfermado), hemos olvidado respirar y hemos envejecido.

Los viejos no deberían llamarse viejos. Nadie dice que una persona de 70, 80 años tiene que ser vieja. La vejez es una creación —la creación inconsciente de un animal que no supo usar las palabras sino para creer que era lo que nombraba, lo que decía ser, ese refugio; y así, por creer que era lo que decía que era, este animal creó eso que llamamos miedo a la muerte, esa muralla que nos debilita y nos envejece y nos pone en situaciones como esta.

Como teme a la muerte (a lo que ingenuamente llama la muerte), el ser humano no sabe ya distinguir los bordes del peligro. Como se ha acostumbrado a reaccionar, casi que solo sabe reaccionar, y todo se siente peligroso, y por estar casi todo el tiempo en ese estado alérgico, no respira, y por no respirar, se debilita, y por sentirse débil, teme, y por temer, acumula, y por acumular, recorta presupuestos y destruye camas de hospital. Y después, cuando las necesita, o cuando cree necesitarlas, enloquece. Y en su locura se vuelve adicto a las vacunas, como si pincharse fuera una forma desesperada de intentar reconectar, patológicamente, con una vida de la que se siente fatalmente aparte.

Es cierto que el tiempo promedio de vida de los humanos ha ido en aumento, pero ¿cuán saludables somos en ese aumento? ¿Cuán saludables son los cuerpos mayores? ¿Qué porcentaje de cuerpos de edad avanzada es feliz? ¿Qué porcentaje de cuerpos es feliz? El ser humano, con todas sus ciencias y tecnologías, ¿ha estirado el tiempo de vida o ha estirado el tiempo de supervivencia? ¿Ha estirado el vivir o el escapar de la muerte? La pregunta cabe no solo a las así llamadas personas mayores: ¿estamos viviendo o sobreviviendo?

Este virus, más bien este tenebroso enemigo mortal, ¿qué nos está diciendo? Nada. La vida no tiene palabras. Pero ¿habla? Si las situaciones no tienen un sentido prefijado, ¿qué sentidos elegimos darles? Si toda esta aventura planetaria es neutral como una hoja en blanco, está en nosotrxs decidir sus posibles significaciones e implicancias. ¿Qué elegimos leer de todo esto?

Una pregunta que me hago es esta: ¿el virus afecta más a personas mayores o a personas con menores posibilidades de adaptar su sistema a las propuestas alterantes de la vida? ¿El problema es la edad o la poca flexibilidad? La lucha por la supervivencia nos debilita, el miedo a la muerte nos debilita. Lo que más nos debilita es intentar escapar del error —creer en el error.

Entonces, otra propuesta: el miedo a la muerte, en verdad, es miedo al error. Si no creyéramos que la muerte es un error, no le temeríamos. Lo único realmente temible es la idea del error. Tememos que la vida se equivoque —creemos que puede hacerlo. Y lo que más nos debilita es tomar decisiones y construir sociedades en base al temor a ese supuesto error que llamamos muerte. La muerte como pérdida de sentido, el desvío de la historia. Tememos esa pérdida definitiva de sentido —el error final. Nuestras vidas están construidas sobre un error perceptivo. Al percibimos como entidades separadas, creemos que es posible morir, y la posibilidad de la muerte, percibida como error, nos lleva a intentar controlar lo incontrolable.

El temor a la muerte es la forma más básica de control. Una cosa es estirar la vida por entusiasmo y curiosidad; otra cosa es estirar el tiempo de vida como forma de escapar a esa situación incómoda que es la equivocación de morir. Morir es una equivocación, pensamos, y así nuestras vidas se convierten en la expresión del pensamiento “esto no debería ser así”.

Creer necesitar sostener una forma de vida (una organización, una empresa, un sistema social, un imperio, una persona) nos lleva a eso que llamamos control. Controlar es negar la muerte. Creemos necesitar controlar cuando creemos que la vida puede equivocarse. Pero ¿puede la vida equivocarse? La vida, la que lleva la corona, la que manda, ¿puede equivocarse?

El problema no es el virus, el problema es que estábamos distraídxs; ocupadxs en luchar, en entretenernos, en acumular, en progresar, no prestamos atención a la vida. Hoy, la vida, ínfima, sutil y poderosa, inteligente y para nada invisible, nos dice: hola. Y el ser humano, aterrado, no encuentra más alternativa que encerrarse, y esperar una vacuna milagrosa, y costosa… y las calles se vacían, y los animales toman las ciudades, y hay un silencio que se hace notar, y hay muchas personas que lo están notando, y celebrando, y considerando la posibilidad de que todo esto, con todo su dolor, sea una hermosa oportunidad —una oportunidad para recalibrar nuestra participación en el tejido inteligente y milagroso que llamamos vida terrestre.

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