Entre la carne y la lectura

Si hablamos de arte, hablamos de libertad. La libertad no debería ser un concepto filosófico y la pregunta no debería ser si somos libres o no. Esa pregunta es una trampa, porque depende de lo que consideremos que significa la palabra libertad. De acuerdo a cómo lo pensemos, somos y no somos libres; pero eso no importa. ¿Existe la libertad en realidad? No importa. Si la palabra libertad existe, hay algo que esa palabra nombra, o al menos intenta nombrar —hay algo hacia lo que la apalabra libertad apunta.

 

Más allá de si somos libres o no, ¿qué es la libertad? Pensemos la libertad como una posibilidad perceptiva. Si no podemos asegurar si somos o no libres, podemos al menos sentir qué pasa cuando nos pensamos/percibimos (o no) libres. La libertad no como un valor moral sino como un espacio perceptivo —una consciencia, una atención, una distancia más allá de la materia del pensamiento. La libertad como la posibilidad de no percibirnos en el encierro de nuestros conceptos.

 

Vivimos vida, hechos que llamamos vida. Sobre los hechos de la vida, imprimimos pensamiento —conceptos, significados, lecturas, interpretaciones. Somos animales que interpretan y viven más en el plano de los significados que en el de la materia. Vivimos la vida de nuestras lecturas sobre la vida. Vivimos relatos más que vida. Vivimos narrando, vivimos narradxs. Nos identificamos (mucho, casi totalmente) con el narrador y sus narraciones y entonces creemos que las cosas que pensamos y decimos acerca de los hechos de la vida son así —así como las interpretamos/narramos.

 

Tal vez la libertad sea el reconocimiento de una distancia —distancia de la instancia narrativa: no soy lo que narro, no soy quien narra y las cosas no son así como las narra esa voz que narra. Me retiro de mis relatos, me reconozco ya más allá, o más acá, más cerca de lo que ni puede ser narrado, un paso atrás, siempre un paso más atrás, desde donde se puede ver, contemplar, percibir, atestiguar, sentir un espacio vacío, un campo silencioso para el juego de las posibilidades.

 

Libertad como posibilidad de juego —como espacio para el juego.

 

Podemos pensar la experiencia artística (tanto la instancia productiva como la instancia receptiva) como la creación de espacio entre la carne y la lectura —entre la materia y el pensamiento, entre los hechos y los significados que les damos. El arte es la operación de re-escritura del mundo, la creación de silencio entre, la apertura de espacios de recreación, la posibilidad de mover los significados, la puesta en duda de lo estable, la transformación de lo estático en estético. Si hay en eso que llamamos Arte una instancia productiva (poética) y una instancia receptiva (estética) es para reconocer que los hechos de la carne tienen la posibilidad de múltiples lecturas. La escritura y la lectura son actividades separadas porque necesitamos recordar la distancia que creamos, las criaturas humanas, entre el mundo y las ideas. La escritura y la lectura son instancias separadas porque necesitamos recordar que las criaturas humanas nos percibimos separadas.

 

Creemos leer el mundo como si no fuéramos el mundo. Al escribir, nos distanciamos del mundo, y al hacerlo, nos damos la posibilidad de percibir y asumir que el mundo es, en realidad, muchos mundos. Las palabras nos permiten cuestionar las dinámicas del mundo, sus reglas de organización y funcionamiento. El error perceptivo sería creer que tenemos palabras para protegernos del mundo. Tenemos palabras para celebrarlo y acaso re-escribirlo —más que reescribir al mundo, reescribir nuestra participación en sus procesos.

La escritura nos dio la posibilidad de crear distancia entre la instancia de emisión y la instancia de recepción. La escritura nos da la posibilidad de generar una distancia perceptiva con respecto a aquello que pretendemos nombrar. Crear una obra es darle a alguien la posibilidad de reescribir mi historia. Es como conversar, pero con muchas más personas y en otros tiempos y espacios. Por ejemplo, ahora, mientras escribo, veo un libro sobre el piso de madera de mi casa. Escribo esta frase: hay un libro sobre el piso de madera de mi casa. Al escribir esa frase, me doy la posibilidad de leerla. Pasan unos minutos y la frase sigue escrita, por lo tanto, puedo volver a leerla. Ahora, pasados estos minutos, la frase puede significar, para el nuevo Yo que soy, otras cosas. Si más tarde publicara esa frase en una red social, o si hiciera postales con esas palabras, otras personas podrían leer la supuesta misma frase en otros contextos y, entonces, darle otros significados. Gracias a eso, la percepción de ese libro sobre ese piso de madera pasa a (poder) tener una casi increíble variedad de sentidos. Es obvio, pero maravilloso.

 

La distancia entre la producción y la recepción de las obras es lo que nos permite variar. Escribimos para fijar acontecimientos (crear frases, formas) y leemos para recordar que tenemos la libertad de significar la experiencia de mil maneras. No deberíamos preocuparnos porque quienes reciben las obras entiendan lo mismo que quienes las producen. La obra de arte busca ser un faro o punto de referencia para que el lector se aleje lo más posible, hasta el horizonte, justo antes de perderse de vista.

 

Una obra de arte no debería ser una reproducción de las formas autoritarias de control del sentido. Narrar de manera lineal y unívoca sigue siendo una expresión de la mente normada y mercantilizada para el adiestramiento cultural. Una obra de arte debería ser una invitación al reconocimiento de una libertad que hemos perdido de vista: la libertad de pensar y de interpretar los acontecimientos de diferentes maneras. La libertad de recordar y asumir que las interpretaciones son interpretaciones.

 

Deberíamos llamar obra de arte a la fijación de un punto de referencia para el ejercicio de la libertad.

 

Creemos que las personas miramos las obras. ¿Y si lo damos vuelta? La persona no mira la obra, la obra mira a la persona. La obra, acá, vendría a ser como la persona adulta que mira a la persona niña que juega. ¿Por qué lxs niñxs piden que se les mire jugar? La obra no es más que ese punto de referencia (adulto=fijo) que permite el movimiento (juego) de la lectura. Lo importante no es la obra sino sus lecturas, los juegos que se despliegan a su alrededor, en la distancia. Cuanto más incondicional la mirada de la obra, más permiso tiene la lectura de alejarse. Las mejores obras son como esas madres o esos padres que nos dan la suficiente confianza como para que llevemos nuestro juego lejos, bien lejos, sabiendo, de alguna manera, que estamos a salvo.

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