La estética de la gravedad

Gravedad, otra película de supervivencia. Dos horas para seguir estimulando la secreción de las hormonas del estrés, un cine que nos invita a seguir siendo animales anestesiados por la idea de que la vida pende de un hilo. 100 millones de dólares para crear esta obra que no nos deja en paz, casi que ni por un minuto, enganchándonos en su cadena de complicaciones calculadas que ponen a la asfixiada Sandra al borde de rendirse a la muerte —lo único que el sistema de valores de la maquinaria hollywoodense capitalista no permitiría: rendirse no es una opción, destejerse en el silencio de eso que llamamos muerte no estaría bien visto dentro de un contexto que hiper-valora la vida (una idea de la vida) y no entiende la muerte —claro, solo con vida podemos seguir consumiendo. A la vez, la maquinaria no para de matar. Intentando evitar la muerte, generamos muerte: este cine (así como lo veo hoy) regenera esta cultura de muertos vivientes: seres supuestamente vivos presas de un pánico constante ante la posibilidad de la aniquilación (física y/o simbólica). Hollywood habla del despertar y de la vida, pero lo hace en una forma que nos duerme y nos mata. El capitalismo y sus narrativas espaciales es así de contradictorio. También, así de evidente. El espectáculo es un efecto especial-espacial evidente. ¿Tanto temen al aburrimiento que no pueden pasar ni dos minutos sin que el artefacto narrativo saque de su galera ilusionista una nueva carta para inyectarnos otra dosis de entretenimiento? Máxima velocidad, pero en el espacio. Speed, pero sin Gravity. ¿Tan poco valoramos nuestra sensibilidad que pagamos para ver películas como esta? ¿Tanto le tememos al sinsentido y a la depresión que seguimos drogándonos con estas obvias y gastadas experiencias anestesiantes? ¿Tenían que ser los rusos los que pusieran en peligro a los héroes norteamericanos? ¿Es un chiste? ¿Tenía que quedarle justo 0% de oxígeno a Sandra cuando llegaba a la nave? Ojalá la hubieran ahogado al final, ojalá no hubieran tenido que mostrar ese plano de sus piernas atrofiadas recuperando la fuerza para pisar este mundo grave. Ojalá le hubieran dado a la actriz unos minutos de tregua para que su aparato expresivo pudiera emitir algún tipo de sutileza más allá de las ideas del guión que alguien le ordenó, miles de dólares mediante, que aprendiera. Sí, ojalá el mundo y sus películas fueran diferentes, ¿no? Sí, pero no caigamos en la trampa del idealismo negador. Esta película (leída de esta manera) existe porque la humanidad hoy está en esta. ¿En cuál? El capitalismo (con su cultura del entretenimiento) es la tecnología perfecta para retener el proceso de sensibilización de nuestra inteligencia. Estas películas, al forzarnos a activar nuestros mecanismos químicos de supervivencia, evitan que inteligencias-sensibilidades más sutiles y complejas se desarrollen y pongan en peligro a las estructuras socioculturales que buscan adormecernos para que olvidemos que la felicidad no está al final del camino y entonces sigamos comprando los productos y las experiencias millonarias que lo único que parecen hacer es regenerar el loop consumista anestesiante. Bueno, claro, podríamos ver la misma película de otras maneras. Hoy me sirve verla así. Hoy me sirve pensar que hay un cine (o un modo de percibir) que podríamos nombrar como la estética de la gravedad, o la narrativa de la supervivencia: lo único que importa es sobrevivir, volver a casa, sentirnos a salvo; con todo lo que está pasando en la Tierra, ¿estás segura, Sandra, de que quieres volver?

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