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La historia de la depresión

1. Por momentos me siento vacío, caído o desterrado de esas patrias narrativas que me dan nacimiento y alimento —las historias que uso para confirmar que existo y que tengo importancia; relatos que funcionan como ceremonias de coronación de mi identidad —y de la de “mi” vida.

 

2. Hay días en que pierdo, olvido o rechazo la capacidad para saborear el sonido de los pájaros. Llamo sufrimiento a lo que me hago cuando, en esos días, me resisto al silencio por detrás de todos los sonidos. Llamo sufrimiento a la manera en que me agarro de “mi vida” —esa construcción.

 

3. Un café caliente incendia mi lengua y entonces reconozco que hay días en que mi mundo parece (o está) incendiado. El museo de valores familiares, puro escombro. Para sobrevivir, pienso, debo reconocer que el canto de los pájaros, aparentemente continuo, está diseñado tanto para la reproducción de la especie como para la afirmación estética del mundo. Para sobrevivir, pienso, debo desmantelar mis programas de supervivencia; dedicarme, por fin, a asumir mi condición poética.

 

4. Ay de ese malentendido que nos hizo creer que la belleza era el relato continuo de una épica humana, demasiado humana, inconsciente —los atardeceres al óleo, lo siento, eran parte del museo que hemos incendiado. La belleza de este mundo, reconozcámoslo, tiene trampa: entre un sonido y otro, entre una pincelada y la siguiente, algo se nos escapa.

 

5. Detrás de las piezas del rompecabezas del sentido (las historias lustrosas que, por ser criaturas anestesiadas, creemos necesitar para dar valor a nuestras existencias), detrás de los eslabones de las cadenas de producción narrativa, hay un algo que ni “hay”, un sin-sentido que ni es ausencia de sentido, un vacío que ni se opone a lo lleno, una no-belleza que ni siquiera es fealdad.

 

6. Describir el sinsentido parece paradoja, pero, al intentarlo, el lápiz raspa al papel (o el papel al lápiz) y las chispas escupen el recuerdo de que a este vacío enorme detrás de las formas de la vida podemos llamarle amor.

 

7. Por supuesto, amor es una palabra que a mi mente le sirve para aceptar la posibilidad de aceptar que esa nada innombrable no es tan terrible. Del otro lado, la palabra prohibida: depresión. Para no sentir la música del silencio, inventamos la palabra depresión.

 

8. La depresión es una historia-temor que nos inventamos para aterrarnos ante la ausencia de historias-sentido. Depresión es el relato que nos convence de que no podemos vivir sin valores, sin relatos, sin recetas, sin carreras, sin logros, sin premios, sin nombres estables. Depresión es el pozo sombrío que inventamos para justificar modos anestesiantes de adornar nuestras raquíticas vidas. Depresión es lo que nos contamos para no soltar las historias que usamos para no sentir lo que hay detrás, debajo, en ningún lado, insoportablemente radiante.

 

9. En otras palabras, mi mente, calculadora cansada, viene dando Error —no puedo seguir viviendo en función de sus estrategias de supervivencia; me encuentro acorralado ante el abismo de la meditación.

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