La lucha y la escucha

Puede ser una tontería, pero de pronto se me hizo claro que el PROBLEMA, si es que hay un problema, es la afirmación del problema.

 

¿Qué?

 

¡El problema no es el problema, sino la afirmación del problema! Todxs, de unos y otros lados de las muchas grietas que dividen a la humanidad, creemos saber cuáles son los problemas —y cuáles sus soluciones. Creemos tener la razón y actuamos para defender nuestras afirmaciones —las colectivas y las individuales. Nos guía la buena voluntad de querer ayudar, y queremos ayudar a partir de la certeza que tenemos acerca de por qué las cosas están cómo están. Vamos al encuentro con más certezas que ganas de escuchar. Ni siquiera es que no tengamos ganas de escuchar, tal vez es solo que no tenemos espacio.

 

¿Puede ser que tengamos tantas certezas que no disponemos de espacio físico para escuchar? Para escuchar, necesitamos no saber. Necesitamos hacer silencio —espacio en blanco. Aunque sea momentáneamente, suspender las afirmaciones; porque si estás hablando, ¿cómo vas a escuchar?

 

Me pregunto si nos peleamos para no escuchar. Pelear es rápido y en algún sentido cómodo —no pone verdaderamente en riesgo a la identidad, con su paquete de afirmaciones. Escuchar, en cambio, es arriesgarlo todo. Animarse a lo desconocido. ¿Será que peleamos para no escucharnos?

 

La sola idea de escucharnos es aterradora. Si ya nos cuesta hacerlo con las personas que más amamos, ¿cómo vamos a pretender hacerlo con esas otras supuestas personas que dicen cosas tan opuestas a las que decimos… YO? Ay, escuchar es la misión más aterradora. Mejor sigamos peleando, no sea cosa que nos escuchemos demasiado y nos demos cuenta de que había sido todo un gran malentendido —y que, en el fondo, detrás de las historias colectivas y las certezas personales, estábamos todxs en la misma.

 

Cuando decimos “todxs”, ¿a quiénes dejamos afuera?

 

Debajo de las inteligentes afirmaciones SOBRE lo que pasa, está lo que pasa —mucho más inasible que el agua. Detrás de todas las certezas con las que salimos a luchar con el mundo, hay algo que no sabemos. Es cierto, hay muchas cosas que sí sabemos y que podemos, y hasta necesitamos, afirmar. También es importante afirmar —puede que nuestra supervivencia dependa de eso. Sin definiciones, no sobreviviríamos. Pero… ¿Será que también es importante hacer contacto con lo que hay más allá de lo que sabemos?

 

¿En qué medida las certezas que usamos para sobrevivir se vuelven en nuestra contra? ¿En qué medida seguimos reconstruyendo refugios identitarios donde ya no los necesitamos? ¿En qué medida estamos intentando resolver los problemas del mundo con las recetas que nos sirvieron, alguna vez, para resolver las cuestiones más básicas de la supervivencia inicial? ¿En qué medida estamos reaccionando a lo social de acuerdo a los mecanismos de reacción que nos sirvieron para sobrevivir cuando éramos unos bebés del mundo? ¿En qué medida todos esos problemas sociales (marañas, dramas) son proyección de esos mismos mecanismos de supervivencia personales y familiares?

 

Ojalá nos dedicáramos un poco más a no saber —encontrarnos a no saber, encontrarnos EN el no-saber. Ah, qué alivio asumir que no sabemos, relajar toda la tensión que implica sostener certezas; la incertidumbre, un lugar de encuentro: porque ¿qué nos separa sino nuestras certezas y definiciones? Si la lucha es el diálogo de las certezas, la escucha sería el diálogo de las incertidumbres. La lucha y la escucha. Luchar si toca luchar, pero sobre todo escucharnos. Preguntarnos en qué medida luchamos para no escucharnos. Escucharnos, ay, aliviarnos juntes. Juntarnos a no saber. No saber juntes… Amar…

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