La obra de arte como espacio de conversación

Lo que más amenaza la lectura: la realidad del lector, su personalidad, su inmodestia, su manera encarnizada de querer seguir siendo el mismo frente a lo que lee, de querer ser un hombre que sabe leer en general.

Maurice Blanchot

 

El acto de la lectura radica en hablar sobre lo que has leído.

Aidan Chambers

 

…la decisión del artista de permitir que una multitud entre al espacio de la obra puede interpretarse como una apertura democrática del espacio cerrado de la obra, que parece transformarse así en una plataforma para la discusión pública, la práctica democrática, la comunicación, las redes, la educación, etc.

Boris Groys

 

 

 

Nos gusta conversar de las cosas que nos gustan. La conmoción que nos produce una lectura funciona como onda expansiva. Cuando nos conmovemos, movemos. Generamos conversaciones. Leer ya es, de por sí, un conversar; cuando leemos, en “soledad”, ya estamos creando conversaciones. Lo que leemos no puede no entrar en diálogo con lo que leímos, con lo que tenemos, con lo que creemos, con lo que buscamos. La lectura solitaria es de por sí un acontecimiento colectivo. Al leer, todo lo que somos se pone en movimiento.

¿Qué pasa cuando leemos con otras personas?

Cruce de miradas, combinación de perspectivas. Nos gusta leer con otras personas, y en especial textos “literarios”, ficciones, porque las ficciones son de por sí —creo— materiales que propician la diversidad de lecturas. Digamos ficción o arte. Digamos películas. Nos gusta salir del cine y conversar.

La ficción —el arte— no es un tipo de mensaje acerca del cual tengamos que ponernos de acuerdo. La ficción (la obra) ES el acuerdo: un acuerdo para el desacuerdo, un contexto para el cruce de miradas diferentes, un concierto para el desconcierto.

El arte es un tipo de mensaje —un tipo de experiencia— que no busca la univocidad, la economía, el entendimiento, la homogeneidad. El arte es un tipo de experiencia que propicia la multiplicidad. El arte, un mensaje múltiple. Una flor con infinitos pétalos.

“La obra de arte es lo que es y permanece como tal mientras mantenga su riqueza polisémica. O sea, mientras no esté saturada de significados (…) La obra de arte es lo que es si permanece como tal, si a nuestros ojos cambia permanentemente, si está en permanente desarrollo, si su esencia es transitoria.” (Horacio Zabala, La mirada estética, en Arte y psicoanálisis, EDUNTREF, 2009).

Nos gusta conversar de las historias para poder verlas desde diferentes perspectivas. Un texto artístico o poético es algo así como un trozo de mundo enmarcado y organizado de una manera específica. Su especificidad es lo que nos permite un nivel de acuerdo. Una obra es algo sobre/en lo que podemos estar de acuerdo. Más bien, la obra es el acuerdo: ¿un acuerdo de qué? En una obra, nos ponemos de acuerdo acerca de una cierta organización del mundo: podemos pensar que el primer acuerdo de la obra es el que determina dónde la obra empieza y dónde termina. Podemos pensar que una obra es una especie de campo de juego, un perímetro dentro del cual acordamos jugar. ¿Cuáles son las reglas del juego del arte? La experiencia artística, ¿es un juego sin reglas?

Una ficción es un acuerdo, un orden —acordado— de cosas. Un relato es una organización, un tejido de relaciones, una estabilización de inestabilidades. Podemos pensar que una ficción —un relato, una obra— es una determinada postura del cuerpo del mundo. Al crear acuerdos (textos) y al adoptar, quienes leemos, la postura de ese texto, posibilitamos la multiplicación del mundo. ¿Por qué? Por lo diferente e irrepetible de la manera en que, en cada acto de lectura, se manifiesta la postura (el orden) propuesto por la obra.

Crear obras es fijar. Fijamos para leer. Leemos para multiplicar al mundo.

Al fijar el desordenado e indiferente universo en una forma precisa, ordenada y diferente —un texto—, podemos hacer eso que llamamos leer, que no es sino poner algo fijo —el texto— en movimiento —en lectura.

Si escribimos para fijar, leemos para poner en movimiento.

Si la ficción es fijación, es una fijación que nos permite el movimiento —algo así como el punto de apoyo que Arquímedes pidió para hacer palanca y mover al universo. Dadme un punto de apoyo, dijo, y moveré al universo. Crear relatos —obras de arte, ficciones— sería algo así como definir puntos de apoyo para mover el universo. Cada obra de arte es ese punto de apoyo que Arquímedes pidió para mover al universo.

Leer, conversar, mover al universo.

¿Qué significa mover al universo? Significa multiplicar los sentidos de lo posible, crear niveles de complejidad experiencial, sutilizar la percepción; reconocer, en la experiencia sensible, la multidimensionalidad vibratoria del existir y del ser conscientes. Captar patrones y niveles de significación cada vez más sutiles y complejos. Celebrar la complejidad de una existencia que se hizo consciente de sí misma.

Crear una obra, entonces, sería definir un material (cuerpo) de lectura, es decir, un punto de apoyo para el movimiento de la lectura. Al leer y conversar, al leer en compañía —al juntarnos a leer—, nos damos el regalo de descubrir (reconocer) cómo un minúsculo punto del mundo —llamémosle una obra— puede significar tantas cosas —tantas lecturas. El arte (lo que decidimos llamar arte y lo que decidimos pensar y vivir como las obras de arte) nos da la posibilidad de multiplicar al mundo.

Leer, conversar, multiplicar al mundo. Escribir para leer para conversar para multiplicar al mundo. Hacer ficción: dejar algo quieto, mover(se) alrededor.

Escribimos para detener el mundo, detenemos el mundo para movernos. Detenemos a las palabras —a las cosas— en el libro, como quien atornilla maderas para bailar. Se puede bailar sobre la tierra movediza, sí, sólo que bailar sobre una pista… El libro, la obra, es como una pista de baile. En el libro, homo sapiens contiene un paquete de posibles experiencias dentro de un volumen limitado. Límites. El libro es un marco, un borde, dos tapas que guardan un pedazo de mundo.

Leer es liberar ese mundo.

Tal vez tendemos a interpretar que la ficción es ese pequeño universo que queda contenido dentro de los bordes de la obra. Y que leer es asomarse dentro de la obra. Me pregunto si no es más apropiado —nutritivo— pensar que la ficción no es lo contenido por el borde, sino el borde mismo. Ficción no como lo que está dentro del borde, ficción como el borde mismo. El acuerdo. El borde como un acuerdo. El acuerdo, como la decisión del acuerdo.

Hacemos acuerdos —libros, obras, juegos, bordes— como forma de conversar. Conversar, entonces, no sería confirmar los límites de esos acuerdos, dejar encerrado lo que el libro guarda, sino poner lo que el libro guarda en circulación —en relación con el mundo.

Leer, entonces, no sería sólo asomarnos dentro de la obra, sino hacer aberturas a la muralla de la obra. Conversar, en este sentido, no tendría el signo del fijar sino la fuerza del mover. Conversar como estallar. Conversar no como confirmar la identidad de una experiencia —el sentido de una vida o de una obra— sino como la producción de resonancias para un juego que ya no se sabe del todo adónde empieza y adónde termina. Leer una obra es poner en juego los bordes de esa obra.

Conversar —leer— no como eliminar los bordes, sino como celebrarlos. Celebrar los bordes como ponerlos en duda, en movimiento; hacerles hablar, cantar. Hacer cantar al borde. Hacerlo estallar.

Un círculo de personas alrededor de un fuego —cantan, conversan, arrojan su mirada a las llamas. Hacer ficción (arte) es como hacer un fuego.

Hasta hace poco pensaba que las piedras que rodean al fuego tenían la función doble de, por un lado, evitar que cayéramos en las llamas, y, por el otro, evitar que las llamas se derramaran hacia el mundo. Una noche me senté sobre esas piedras que rodean al fuego. Sin pensar, mi cuerpo dejó de usarlas como borde y pasó a usarlas como asiento. Lo que creía era el límite de la experiencia fuego, límite que no debía ser perforado, pasó a ser asiento. Me senté sobre el borde; mi cuerpo se sentó sobre la ficción.

Ahora me gusta pensar al arte —a la ficción, a la experiencia estética— como ese círculo que organizamos para sentarnos a conversar. Lugar de encuentro, espacio y disparador de la conversación.

Pienso a la conversación artística como parte de la obra. La obra como escenario —casi como excusa— para el crear de la conversación.

Podemos pensar que hay dos conversaciones: la conversación del proceso creativo y la conversación de la lectura. La primera crea la pista de baile para la segunda. Conversamos para construir pistas para conversar.[1]

Y si la obra es un escenario para la conversación, siguiendo esta línea de pensamientos, la obra no sólo es texto, sino contexto. ¿Qué pasa si pensamos que las obras no son tanto textos como contextos?

Si la obra no es un texto sino un contexto, más que un objeto es un lugar. Conversar sobre (más bien en) la obra de arte posibilita aprendizajes, reflexiones, expansiones del convivir, del crear, del interesarnos y del amar.

*

 

[1] Para… Para… Para… Cuando todo es para otra cosa —cuando todo es pensado, considerado, concebido como para otra cosa—, todo termina por no ser para nada más que para sí mismo; todo es para todo y nada es para nada.

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