Lo curvo de lo curvo

Un amigo que vive a 10 cuadras de mi casa escuchó la noticia del presidente y dijo:

—Si yo me acerco 500 metros y vos 500 metros, nos llegamos a encontrar justo y nadie nos puede decir nada.

Justo a mitad de camino hay una plaza. Nos tiramos en el pasto.

—Hace más de un mes que no me tiro en el pasto —dijo él, tenía los ojos llorosos y con esos ojos llorosos miraba unas nubes que se deshacían hacia el oeste, adonde el día reclamaba una última atención.

—Venía pensando en contarte algo —dijo él—, pero me olvidé qué era.

Lo observé. Me devolvió una mirada entre llena de emoción y distancia graciosa.

—Me estaba sintiendo horrible —siguió—, como en un laberinto, pero ahora no puedo ni acordarme qué era.

Volvimos al cielo. Después de un rato de observar la indiferencia del cielo y de sentir el frío de la tierra, dije:

—Es difícil tirarte en el pasto y ver las nubes transformándose, y al mismo tiempo sostener todas las historias que te hacen ser lo que sos y sentirte como te sentís.

—Exacto —con la excitación su cuerpo se elevó un centímetro del pasto y no sé si volvió a caer o si quedamos más alto—, por eso construimos las casas, las cosas y las ciudades con líneas rectas, porque nos ayudan a sostener las historias, que son líneas rectas.

—Oh…

—¿No lo habías pensado?

—No.

—Yo tampoco, pero tiene sentido, ¿no?

—Sí, mucho.

 

Se entusiasmó más.

 

—Las casas son cosas que hacemos para acumular historias, refugios hechos de relatos…

 

—Relatofugios…

 

—…y las ciudades son acumulaciones de casas, grandes acumulaciones de historias.

 

—Puras líneas rectas.

 

—¡Exacto! Es muy difícil ver esas nubes y al mismo tiempo creerte tus historias… Porque las nubes no solo son curvas, son curvas que además están constantemente mutando.

 

—Son curvas que se curvan, son lo curvo de lo curvo.

 

—Exacto, nada que ver con la mente humana…

 

—…que es pura línea recta.

 

—Exacto.

 

Y cuando se desplomó la noche, los faroles de la Tierra se encendieron, y aunque sí dieron cierto borde a los objetos que parecían añorar la posibilidad de perder exactitud, no lograron iluminar las nubes, que poco a poco se fueron hundiendo en lo invisible; entonces, ahí, en el aire, solo quedó una especie de mundo espumoso y frágil, hecho de contornos íntimos, sospechosos; en ese mundo encontramos una libertad.

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