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No creer

En algún nivel, cualquier creencia es tóxica.

Terence McKenna.

No debería estar lloviendo, pensé, y me encerré en la historia. Toda historia es drama, y todo drama el intento por sostener una opinión del mundo —una creencia.

 

Cuando considero la posibilidad de relajar todas mis creencias, tengo la sensación de que una especie de manto de protección (separación) se desvanece —cae. Me siento desnudx y encuentro un nuevo tipo de intemperie. Cuando relajo las fronteras de la creencia, los átomos que se apelmazaban para dibujar esa forma que llamo mi cuerpo, de pronto, estallan en todas las direcciones: en algún nivel, con solo considerar la posibilidad de no creer en nada, todas mis ideas se desparraman, y se siente como si lo hicieran por todo el espacio —y cuando digo todo, digo TODO. Entonces respiro, tomo una primera nueva bocanada de eso que llamamos aire, y no puedo ni decir que escucho la lluvia porque ya no tengo piel para escucharla: SOY eso que llamamos lluvia, pero ya sin nombre, porque no tengo nombre y brazos para señalar el agua y las baldosas del patio, sumergidas. No creer. Porque creer es encerrarse. No creer, porque creer es electrificar el cerco que protege la supervivencia del pasado. Yo, el pasado, lo único que puede sobrevivir —lo único que puede querer sobrevivir. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo sobrevive el pasado? Encapsulándose en esas creencias que llamamos recuerdos. Los recuerdos, como las creencias; las creencias como recuerdos. El cuerpo —la identidad— como un tejido de memorias. Y la cultura, un tejido de cuerpos o recuerdos para respetar, para arrodillarse, para no tener que tomarse el trabajo de escuchar. La cultura, un atajo. Palabras, sonidos usados para fijar el mundo.

Adán, vivimos en tu mundo, con tus nombres, con tus fronteras, con tus definiciones; y la gratitud, tan hundida bajo los mapas de la insatisfacción, espera, sin siquiera conocer la paciencia, debajo de las ilusiones del entendimiento. Gratitud, lo que está siempre bajo las fronteras de la mente humana, que es obsesiva creadora de fronteras: fronteras para justificar fronteras: divisiones para justificar divisiones, errores perceptivos para justificar errores perceptivos… ¡Ay!

Si no sentimos, es porque creemos. Si no amamos, es porque creemos. Porque el amor es el mundo sin creencia. Porque el amor es el mundo sin la percepción limitante de la ideología. Porque el amor es la liberación de todas las burbujas, los jardines, los campos de concentración. Porque el amor es la difusión de los centros de atención: ¡YO, YO, YO! correr el foco, desviar la mirada, faltarle el respeto al nudo, al yo, jugar con él, pero percibir la trama, amar lo que somos y amar, sobre todo, TODO lo que somos. Ah…

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