¿Por qué soltamos a los militares?

Estos días vengo haciéndome esta pregunta: ¿cómo llega el ser humano a militarizarse y cómo llega un individuo humano a disparar contra el cuerpo de alguien a quien seguramente percibe como otro individuo humano?

 

Van algunas ideas, y primero una aclaración: elijo incluirnos, a quienes estamos de un lado y a quienes están “del otro”, en un mismo Nosotros. Si bien “de este lado” (quienes probablemente estemos leyendo esto) no aceptamos la desigualdad social y económica y repudiamos la intervención militar y la represión sangrienta, tenemos que admitir que ya no nos sirve seguir pensando al “enemigo” como un elemento a eliminar: es decir, no sigue alcanzando con decir que no. Y que no se malinterprete, decir NO es necesario: celebro la insurgencia, el grito de basta, la expresión del descontento; también pido o exijo la renuncia de los humanos que hoy se expresan como monstruos, y que de ninguna manera deberían estar al mando de nada. Pero tenemos que ir más allá, necesitamos ir más allá. Necesitamos comprender de manera sistémica qué es lo que lleva a parte del cuerpo Humanidad a expresarse con tanta violencia, impunidad y desprecio por la vida. Para eso, como ejercicio cognitivo, voy a usar el “nosotros” y pensarme (o intentar pensarme) en el otro. El otro, lo otro, por definición, es eso que, si no queremos conscientemente eliminar, al menos desearíamos que no existiera. El enemigo. Decir que no a los excesos del enemigo es un gesto moral importante que, en el nivel de consciencia personal y colectivo en el que estamos, se presenta como necesario. Es necesario decir que no y es necesario retirar al monstruo del timón de mando (incluso, como lo vimos en infinitas oportunidades a lo largo de la historia humana, a veces es necesario matar, aunque sea momentáneamente, físicamente, al enemigo). Pero después, o durante el proceso de transformación, necesitamos ir más a fondo en la investigación y eventual comprensión de las razones que nos llevan (que “les” llevan, si se quiere) a pensar y actuar así como lo hacen.

                                                          

Una primera idea: nos militarizamos y nos matamos porque tenemos la imaginación atrofiada. Peleamos porque olvidamos crear: nos hacemos la guerra porque nos contamos un cuento que inhibe la creatividad: es el cuento de la guerra que no es más que una expresión del cuento que dice que las diferentes “personas” no somos una misma cosa (una misma consciencia, un mismo cuerpo): nos percibimos separadxs porque nos creemos ideas: palabras e historias (ideologías identitarias) son lo único que puede hacernos percibir fronteras. La percepción de fronteras, y la subsiguiente identificación con porciones del territorio delimitado por esas fronteras, es lo que nos lleva a pelear. Parte de la pelea es lo que llamamos desigualdad social. ¿Por qué alguien con más dinero del que podría gastar en muchas vidas quiere, o necesita, o cree necesitar, seguir acumulando más? Podríamos hablar de un deseo de poder que responde a un temor inconsciente y atávico. Si hablamos de poder, primero hay que hablar de supervivencia.

 

El tigre percibe un olor extraño y rechaza: es su instinto de supervivencia. Los humanos tenemos las palabras, que son herramientas creadas para sobrevivir, sí, pero también para cooperar, crear y cantar. El asunto es que seguimos usando las palabras para sobrevivir y cuando las otras bestias humanas dicen palabras que nos huelen mal, atacamos y defendemos. El tigre necesita no tolerar ciertos olores, lo necesita para sobrevivir. Para sobrevivir, necesitamos no escuchar ciertas diferencias. La pregunta es: ¿cuándo nos vamos a dar cuenta de que la supervivencia ya está lograda? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que ya estamos en una etapa evolutiva en que la diferencia, lejos de ponernos en peligro, nos nutre? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que no necesitamos protegernos de las ideas diferentes? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que las mismas palabras que nos separan son las herramientas que pueden ayudarnos a reencontrarnos? Nos estamos dando cuenta.

 

Necesitamos hablar de poesía. Necesitamos pensarnos poéticamente. Necesitamos recordar que tenemos la posibilidad de dar un paso más allá de los límites que nos marca el relato de la supervivencia. Necesitamos crear. Crear conversaciones que pongan en jaque nuestra adicción al conflicto, a la separación, a la polarización y a la supervivencia.

 

Si todavía queremos sobrevivir, ¿qué es lo que quiere sobrevivir? Un relato, una forma, un orden de cosas. La palabra “uniforme” lo dice todo. Quien se UNIforma es, o pretende ser, guardián de UNA forma. Una forma, un sistema. Llamémosle capitalismo, llamémosle neoliberalismo, llamémosle separación. Se va a caer, se está cayendo. Y si la forma no se cae, caeremos, por cansancio, quienes sigamos intentando sostenerla.

 

Nos militarizamos porque nos creemos historias/razones que, para no ser descubiertas como lo que son (construcciones simbólicas ficticias), necesitan ser defendidas. Los militares son liberados como las bestias que se supone deben defender un sistema (un relato que ya no sabe qué inventar para sostenerse). Cuando la administración de las ideas no alcanza, cuando la política de las palabras se queda corta, el Relato necesita la administración de la fuerza física. Probablemente el 95% de quienes lean esto estén totalmente en contra de la intervención militar y la reprensión. Soy parte de ese 95%. Y aun así no me alcanza con odiarlos, repudiarlos, pedirles y exigirles, a políticos, empresarios y militares, que se desarmen y se retiren. No me alcanza con estar en contra, necesito comprender. No justificar, claro, sino comprender. Necesito comprender qué lleva a una persona y a un colectivo de personas a tamaña violencia. Son muy conmovedores los intentos por desarmar al militar y al policía: somos lo mismo, les gritamos, nos gritamos, pero hay algo que todavía no parece preparado para escuchar.

 

Como no hay escucha, hay violencia. Como hay violencia, no hay escucha. ¿Qué nos lleva a tamaña violencia? La supuesta necesidad de defender una forma. Defender una historia. ¿Cómo va a escuchar otras voces un cuerpo adiestrado y entrenado para creer el relato del Capital? ¿Por qué defendemos un Relato tan miserable cuando es evidente que hay opciones mucho mejores? Adicción física al conflicto. Necesidad química de pelear. Falta de imaginación, falta de creatividad. Nos matamos por miedo, por falta de creatividad, por falta de sensibilidad, por adicción.

 

Tenemos una gran adicción al sufrimiento, por eso nos damos con historias y por eso las defendemos. Los relatos son nuestras drogas, son las tecnologías fármaco-simbólicas que activan la secreción de sustancias a las que somos adictes. Como cualquier adicción, la historia del capitalismo, la historia de la separación y otras tantas otras nos insensibilizan. Las historias nos insensibilizan a la realidad de que somos todes una misma carne. Puede sonar obvio, o ingenuo, pero creo que está bueno recordarlo: soltamos a los militares para evitar conversaciones que podrían transformarnos. Peleamos para no conversar —porque conversar implica asumir el error perceptivo en el que caímos por creernos tantas historias. Las historias nos separan. Venimos arrastrando un error perceptivo: la percepción de que estamos separades. Los monstruos, con sus monstruosidades, son expresión y evidencia de que aún vivimos bajo el encantamiento de esa hipnosis psico-física.

 

La política, como la venimos entendiendo, se evidencia como insuficiente. No alcanza con la justicia social. No alcanza con la reorganización de los comportamientos y las conversaciones del cuerpo social. Tenemos que usar los contextos de cooperación colectiva para contener un trabajo que necesita, también, ser individual y personal. Necesitamos investigar, en cada cuerpo individual, nuestra adicción al sufrimiento, las tensiones (observables en los músculos de nuestros cuerpos) que venimos cargando hace miles de años. Basta con tirarse cinco minutos al piso e intentar (intentar) relajar el aparato que llamamos “mi cuerpo”. Basta con respirar cinco segundos y reconocer la profundidad y las sutilezas de las tensiones (psíquicas, emocionales, y muy concretamente, físicas) que cargamos todos los días en la vida cotidiana. Está ahí, a la vista. El relato de la supervivencia está a la vista, y se ve en el cuerpo; cada célula es un lago diáfano que refleja la tensión de un mundo social que no es sino un tejido de tensiones. Necesitamos que lo que llamamos “política” contenga esa investigación. No alcanza con crear ministerios y campañas y asistencia social. Eso es también importante, claro, porque estamos en un estado de emergencia en donde muchas personas viven en situaciones traumáticas a niveles muy concretos, todos los días. Pero no alcanza con solucionar las emergencias. Que hay que hacerlo, hay que hacerlo. Pero la política no puede limitarse a eso. Es hora de que la política sea una herramienta colectiva de investigación espiritual. Necesitamos ir más allá de la supervivencia, necesitamos ir más profundo. Necesitamos, colectiva e individualmente, enfrentar nuestros miedos más profundos, que son la causa de nuestras adicciones más perversas. Lo necesitamos para poder dejar un poco de sufrir y ponernos, un poco al menos, a crear. La política, la personal y la colectiva, debe pasar a ser un acto poético.

 

Tal vez todo esto tenga que ver con eso, con el desmantelamiento de la adicción a la separación y al sufrimiento. Tal vez todo esto tenga que ver con la posibilidad de reconocernos como criaturas poéticas. Tal vez lo que está sucediendo, en Chile y en tantas otras partes, es (ojalá) que estamos, poco a poco, dolorosamente, desarrollando la sensibilidad necesaria no ya para pensar sino para percibir que todas las criaturas humanas, animales, vegetales, minerales y estelares somos partículas creativas de un mismo manto de vida consciente.

24 de octubre 2019.

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