Arte, necesidad y preocupación






A veces me da por preocuparme —hoy, por ejemplo, se me ocurre que algo puede faltarnos y que, entonces, la serie que estamos haciendo podría no estrenarse nunca. La preocupación me invita a reflexionar y reflexionar es desandar un camino. La preocupación es en sí como un camino —cuando me preocupo, soy tomadx por una línea recta. Preocuparme es hacer del futuro una línea más o menos recta —digamos que preocuparme es hacer de la vida un texto demasiado legible. Hay momentos en que, por distracción o por cansancio, me encuentro con la preocupación de una manera oblicua, transversal. La veo como de lado, diferente. Desde un camino lateral, observo a los humanos en sus coches, acelerando por la autopista de la preocupación. Entonces me reconozco parte de una especie que, por su misma naturaleza, ha desarrollado una adicción a preocuparse.


La historia humana es una cadena de preocupaciones, un dominó de urgencias, una épica insoportable con un final inalcanzable. Lo que me pregunto, una y otra vez, es si la necesidad que tenemos de controlar a la vida surge de que la vida es de por sí demasiado complicada, o si es que la vida se vuelve complicada por nuestros intentos adictivos de controlarla. Preocuparse también es una forma de controlar. No sabes lo suficiente como para preocuparte, decía Terence Mckenna. Pero creemos que sí. Nos preocupamos para controlar. Hasta las películas mejor diseñadas (las más controladas, las más pre-ocupadas por lograr algo específico) dejan lugar, aunque no quieran, al accidente; el destino, implacable y pícaro, se hace presente como un desvío aparentemente azaroso. Por más hipnótica que sea una película (o una historia de la vida cotidiana), siempre hay un momento en que se ve la falla. Podríamos decir: la matrix. De pronto, me encuentro a un costado del camino. Al ver que el camino no es una línea, tan simple, al ver la complejidad sutil de la coreografía del mundo, digo qué ridículo, no tiene sentido preocuparme, las cosas se van a ir dando —inevitablemente.


Nada puede faltar porque justamente estamos ahí donde nada puede faltar. Las cosas están siempre en algún lado. La pregunta es dónde ponemos los bordes del aquí. Si el universo es infinito, todo tiene que ser posible —en algún lado. ¿Quién me dice que no estoy allí? Si necesitamos dinero, el dinero aparecerá. Si necesitamos alguien que diseñe un poster, esa persona aparecerá. El despliegue es inevitable. ¿Optimismo idiota? ¿Ingenuidad new age? ¿Estoy diciendo que la frustración no es una posibilidad? No, estoy diciendo que la frustración es un hecho —estamos jugando con ella, no contra ella. Sabemos que los sueños pueden (y van a) fracasar. ¡Necesariamente! El dinero puede no aparecer, el poster puede no diseñarse. Y el territorio nunca se corresponderá con los mapas del arquitecto megalómano. Magia es celebrar lo que es. Jugamos con la posibilidad ineludible del fracaso, porque eso es el arte. El arte es la posibilidad de asumir y celebrar el fracaso de las ficciones con que intentamos simplificar y controlar la complejidad incierta y sutil del despliegue de la vida.


Un corazón roto es un corazón abierto. El arte celebra la falla. El arte es ese territorio de la experiencia liberado de la desgracia de la frustración —no liberado de la frustración en sí, sino de la frustración significada como desgracia. El arte es la neutralización del error del error. El arte es una pista de baile en la que todo es bienvenido —incluida la frustración, ya no interpretada como desgracia; y también incluida la interpretación desgraciada de la frustración, pero entendida como interpretación.


Las oraciones en bucle son el despliegue inevitable del repliegue traumático que hace a la percepción ficticia humana. Tenemos que abrir lo que hemos cerrado. Cuanto más enrulada la oración, más lentitud se pide a la lectura. La complejidad no se opone a la simpleza —es más, la simpleza (¡tan buscada por nuestras mentes complicadas!) es, en verdad, la celebración de la complejidad. Nos complicamos porque queremos acelerar la comprensión del bucle. La naturaleza es compleja y simple a la vez. ¿Cuándo aceptaremos que somos parte?


Buscamos pertenecer a círculos de ficción tribal (clubes) porque no percibimos la pertenencia indestructible a la espiral de la vida. La desgracia humana es su decisión secreta y fatal de apartarse de todo. La desgracia es dejar a la desgracia fuera del baile. ¡Pero quiero preocuparme! ¡Y preocuparme es dejar algo fuera del baile! Con esto no pienso jugar, dice la voz preocupada. Y lo dice para defender una identidad. ¡Si no me preocupo no sé quién soy! ¡Si no me preocupo, no sé a qué tribu pertenezco! La sociedad es una coordinación consensuada de preocupaciones. Así que adelante, a preocuparse, pues la preocupación también baila.


El arte —lo poético, la exploración estética, como queramos decirle— es una trampa amorosa para el ego, adicto a rechazar. En la creación artística, como nos liberamos de la necesidad, todo juega. Todo es parte, incluido el fracaso. ¡Sobre todo, el fracaso! ¿Será eso el arte? El arte como esa zona donde se da vuelta la noción de necesidad —y, por lo tanto, también la noción de fracaso. En el campo de lo poético nada es necesario, y por eso todo es infinitamente necesario —no decimos necesario en los términos en que la estructura que busca sobrevivir entiende la necesidad, no decimos necesario-para-el-ego; la necesidad del arte no es la de la supervivencia. Es una necesidad más extraña, parecida a la necesidad del destino. La necesidad de lo que tiene que ser.


La vida es, a la vez, arbitraria y necesaria. Somos los humanos quienes nos polarizamos con las nociones de sentido y sin-sentido. ¿Tiene la vida una teleología o el despliegue universal es sólo un dominó de accidentes azarosos? La vieja discusión metafísica. ¿Hay un propósito o es todo un despropósito? Pienso que la trampa está en la polarización —esto O lo otro. El arte, como la vida, no entiende de polarizaciones. El arte es la tecnología que permite al dispositivo humano recuperar la posibilidad de celebrar las polaridades de la vida, para lo cual debe, sí o sí, atravesar el doloroso reconocimiento anti-narcisista de los mecanismos simplificadores de polarización.


Somos animales simplificadores. Nos preocupamos para simplificar y mapear la complejidad de la experiencia de acuerdo a lo que conocemos y creemos poder controlar. Preocuparse es ocuparse antes de tiempo. Somos un animal apresurado. Creamos todo tipo de atajos perceptivos para sentir que controlamos a la vida. Tenemos miedo. Tenemos mucho miedo. Y el arte llega, una y otra vez, para que podamos reconocerlo. Reconocer el susto atragantado de la especie (y de cada ego) nos permite cuestionar la dicotomía éxito-fracaso. Cuando no hay nada que defender, no hay nada que temer. Si nada puede salir mal, nada puede salir bien. Entonces, tener éxito es un fracaso —nos dice el arte. ¿Por qué? ¡La vida siempre es más rica que sus mapas! Triunfar es confirmar un mapa, y confirmar un mapa es perderse vida.


Eso es justamente lo que nos pasa con lo que llamamos arte: la tecnología diseñada para liberarnos de la necesidad termina siendo usada para satisfacer necesidades. La herramienta diseñada para reconocer que el mapa es mapa y que el mito es mito, termina siendo usada como mapa mítico. El contexto pensado para reconocernos más allá de la narración de las identidades termina siendo organizado de modo narrativo. La poesía, ideada para hacer contacto con la intensidad de lo salvaje, termina siendo encausada por los carriles semánticos de la sociedad.


Usamos el arte de modo narrativo —la narración es una construcción estratégica que busca un efecto preciso. La narración es una preocupación y la preocupación es una narración. Preocuparse es apegarse a un efecto narrativo preciso. El efecto del efecto preciso se traduce en cariño materno-cultural, reconocimiento paterno-social, dinero, sensación de pertenencia e importancia personal. Al usar el arte como un mapa narrativo que busca un efecto emocional preciso, nos perdemos de ese otro efecto, disperso e ingobernable, tan vital, que podemos llamar efecto estético. Hacemos películas muy obvias para entender lo que tenemos que sentir y que la experiencia nos garantice haber sentido —un sentido, ¡el sentido! Tenemos una adicción severa al sentido —a los caminos. Por eso tanto mapa, por eso tanta fórmula de escuela de cine, por eso tanto gesto codificado, por eso tanta narración, por eso tanta preocupación.


Los mapas, en el fondo, están hechos para deshacerse. La utilidad de un mapa es momentánea, pero el animal humano crea fijaciones y hace refugio en sus cartografías. Las cartografías son, en el fondo, el camino retorcido al fracaso inevitable de la imagen. Todo mapa debe llevarnos a su propia desaparición. En el esplendor de sus funciones, todo mapa debe conducirnos hacia la realidad sin mapa. Toda narración debería llevarnos a su propia disolución. La imagen, tarde o temprano, debe fracasar. La identidad debe fracasar. La historia humana debe fracasar. El arte, en cambio, no puede fracasar.


Aunque las obras y los proyectos fracasen, aunque lxs artistas se perciban fracasadxs, el arte, en tanto experiencia y en tanto aprendizaje, en tanto gesto existencial, no puede fracasar. El arte es el desmantelamiento de las polarizaciones. La mirada poética reconoce las ilusiones y los ideales y los mitos del ego, el individual y el colectivo, y va hacia el despojo, como un camino sin retorno, hacia la integración de los opuestos. Como un mapa sin caminos, el arte nos recuerda que no hay ningún lugar al que llegar. Es como una rendición celebratoria, como un abrazo al destino.


Incluso podemos decir que, para que el arte triunfe, las obras tienen que fracasar. Lo que sería igual a decir: para que la libertad sea reconocida, el ego tiene que frustrarse. Los planes tienen que frustrarse, las preocupaciones tienen que frustrarse, los mapas tienen que reconocerse obsoletos, las polarizaciones tienen que reconocerse oxidadas, la lucha tiene que reconocerse inútil. El arte nos invita a escuchar, y escuchar es trascender simplificaciones —celebrar complejidad, amar. Llegará el día en que nos riamos de la división política de la izquierda y la derecha.


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