Arte o neurosis





Nota de Bienvenida:

Este texto no es corto y da unas cuantas vueltas (si hablamos de neurosis, no podemos no dar unas cuantas vueltas). Te invito a leer lento y tomarte el tiempo para desandar conmigo esta versión del intrincado camino que llamamos psiquismo humano.



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La conclusión paradójica de una conversación con una colega artista fue ésta: cierro (obras) para mantenerme abiertx. Como si dijera: ¡que las obras sean lo cerrado! La idea sería ésta: si las obras son lo cerrado, yo puedo mantenerme abiertx. Lo paradójico en sí es la noción de conclusión. ¿Por qué tenemos la necesidad de concluir —obras, cosas, experiencias, historias? Cuando cerramos, ¿nos encerramos? ¿Qué es cerrar?


Me interesa pensar la neurosis como un cortocircuito neuronal. Cerrar es posponer la espiral. El circuito se acorta (el círculo se vuelve vicioso) cuando es usado para una protección innecesaria —antigua. El círculo neuronal (las conexiones cerradas y repetidas —la creencia) es refugio para la fragilidad. En el humano, el nivel de fragilidad es alto y por eso sus refugios necesitan un tipo de organización especial. El surco (el cerco, el círculo) con el que organizamos los refugios y aprendemos a protegernos se llama ficción. ¿Somos muy frágiles y por eso usamos la ficción, o usamos la ficción y por eso somos muy frágiles? La sensibilidad humana es tal que los refugios se vuelven necesariamente demasiado cómodos: a mayor fragilidad, mayor grosor de las paredes protectoras; a mayor protección, mayor dificultad para dejar el nido —inercia. Como la ficción es aparentemente tan sólida, y por eso tan cómoda, nos enviciamos. La supervivencia es el desafío para nuestra creatividad. Crear es, en algún sentido, morir.


Crear es escuchar el afuera. Crear es suspender la creencia —crear es abrir el círculo de la creencia. Como lo que aprendimos a percibir como familiar nos garantiza tanta seguridad (sobre todo emocional), la garantía se vuelve inercia y la singularización (para poder desplegarse) necesita el disparo de la rebeldía, que, a su vez, por rechazo, no puede sino quedar agarrado del nido del cual buscó diferenciarse. El circuito cerrado de pertenencia viciosa y diferenciación rebelde es nuestro gran desafío. Rebotamos entre la adaptación y la rebeldía. Como la pertenencia simbólica y afectiva es tan contundente, el individuo humano necesita recortarse mediante el rechazo rebelde. Pero es ese mismo rechazo rebelde lo que le devuelve, por frustración de la voluntad recortada (que nunca alcanza a imponerse sobre —ni, mucho menos, a rendirse a— la complejidad insondable de la vida), al casillero de lo conocido.


El mismo funcionamiento se ve con claridad en las sociedades y en las familias. Hay un centro alrededor del cual se organiza la ficción del acuerdo social (el tejido de mitos que aglutinan sensibilidades), y hay movimientos de diferenciación (hijxs que se distancian, movimientos contra-culturales, revoluciones, artes) que se eyectan hacia los márgenes; como las eyecciones son de orden mayormente rebelde (dramático), el código cultural (como el código de la identidad tribal) reconoce esos gestos de singularización y, o bien los elimina (por indiferencia o asesinato) o bien los integra (de maneras más y menos evidentes). Esta manera cerrada de funcionar que tienen las sociedades y las familias (claramente, el capitalismo) es un mecanismo de supervivencia de la especie. No se trata de un problema moral, sino de una condición sensible y perceptiva. La inercia es funcional a la supervivencia. El humano, por usar ese modo perceptivo que llamamos ficción, tiene una inercia muy grande. Y no estamos justificando nada.


Si reconocemos que el círculo de la ficción (el circuito de la creencia) es usado para sobrevivir, podemos preguntarnos ¿hay algo más? ¿Hay algo más que la supervivencia? ¿Las ciudades son solamente nudos de protección? ¿La política es solamente una organización de urgencias? ¿Para qué más puede usarse la forma cerrada? ¿Qué es la creatividad? Eugenio Barba decía que con su grupo de investigación y creación teatral usaban el círculo de la ficción para encontrar el coraje de no fingir. Fingir para no fingir, cerrar para abrir. Me interesa la idea de que el arte nació al mismo tiempo que el ser humano. Con el humano, la evolución terminó de cerrar el círculo de la separación. Con el humano, la vida pasó a experimentar la separación en un nivel nuevo. Ese dispositivo que permitió a la vida percibir tanta separación entre las cosas se llama ser humano. El arte es lo que le recuerda al ser humano que el círculo, en verdad, nunca cierra. El arte es la llave que la vida dejó escondida en los bolsillos de su criatura más cerrada —más dramática.


En la conversación con mi colega artista aparecía el tema de la neurosis y también la pregunta por la creación de obra. ¿Cuál es la relación entre la neurosis y la creatividad? ¿Por qué creamos obras de arte? ¿Por qué no nos contentamos con ese movimiento creativo sin objetivos (o sin objetivos definidos) que llamamos juego? ¿Es una necesidad de comunicación lo que nos mueve a compartir las obras? ¿Usamos el arte para comunicarnos? ¿Es la comunicación la función más importante del arte?


La condición humana implica perder (más bien, creer perder) la apertura inherente a toda forma de vida. La vida se organiza en formas, pero ninguna de sus formas está tan cerrada —todo crece en espiral. Somos los humanos (la forma humana) quienes definimos dónde empiezan y terminan esas formas. El árbol no se piensa sólo árbol. Los hongos develan la interconectividad e interdependencia de todas las formas de vida. Sí que hay niveles importantes de individuación; se dice, por ejemplo, que los árboles reconocen, y favorecen, a los miembros de su “familia”. En los animales, la individuación y la tribalidad son aún más evidentes. Las luchas violentas por la supervivencia parecen incuestionables. Pero es el animal humano el que lleva la experiencia de la separación (de la percepción de separación) a su grado último. Es el humano el que puede considerar horrible (malo) que un animal se coma a otro. Es el humano el que piensa la muerte como final más que como transformación —es el humano el que inventa la muerte.


Para sobrevivir, el ser humano tuvo que inventar la muerte. Para sobrevivir, el humano necesitó, y necesita, crear esa ficción que llamamos personalidad. La personalidad es una negación simbólica de la muerte. Yo seré siempre esto. Pero morir, en realidad, es sólo reconocerse parte.


(¡Yo no quisiera haber dicho eso! YO no quiere, más bien no puede, pensar semejante atrocidad. Estas ideas son (tienen que ser) captaciones del afuera. La personalidad se aterra ante ellas. El hecho de poder momentáneamente rendir mi ego a estas nociones no implica que lo tenga resuelto ni superado. El hecho de poder abrirme, aunque sea por momentos, aunque sea en parte, a verdades tan aterradoras no implica que después no quiera cerrarme —mucho.)


Para sobrevivir, el circuito perceptivo del individuo humano debe cerrarse (psíquicamente) a tal punto que la muerte en tanto transformación se vuelve, en principio, impensable. Para el ego, la muerte es lo impensable. Negar la muerte es fingir, porque muerte es transformación y ficción es fijación. Hacer ficción es negar la muerte. Fingir es fijar y fijar es negar el movimiento. Para sobrevivir, necesitamos fijar-fingir —aprender códigos culturales que nos garantizan pertenencia, alimento, calor, educación, etc. Las necesidades básicas del bicho humano son satisfechas si el individuo aprende, y respeta, las reglas de la familia y de la sociedad. Ese amor condicionado por ficciones nos hace funcionar en loop. Necesitamos aprender a ser lo que necesitan que seamos —necesitamos aprender el rol, el papel, el personaje que la obra de nuestra familia/sociedad busca/espera en nosotrxs. Aceptamos el nombre que nos dieron porque responder al nombre implica recibir comida. Repetimos circuitos neuronales para garantizar la supervivencia. Y viajamos solo a condición de que volvamos. Nos rebelamos y tenemos experiencias, sí, pero sólo a condición de que la locura sea significada como relato de viaje. Nos alejamos, solo si prometemos regresar. Vamos y venimos. Somos, por constitución, animales neuróticos.


Una cosa es ser neurótico, otra es la neurosis. Gabor Maté hace la diferencia entre asumir adicciones y definirnos adictxs. No somos adictxs, dice, desarrollamos adicciones. La diferencia es sutil, pero importante. Una cosa es decir soy X, otra es decir mi nombre es X (o incluso el nombre que uso es X). Decir yo soy X es hacer identidad con X. La pregunta es ¿yo soy solamente X? ¿Yo soy solamente esa personalidad estructurada y repetitiva que tuve que construir y nombrar para poder sobrevivir? Detrás de toda adicción a sustancias o experiencias concretas, la adicción fundamental es a la identidad —a la ficción. La adicción básica es con lo que creemos que somos y lo que creemos que es el mundo. La adicción es un problema narrativo. Es un problema individual, pero también, y, sobre todo, es un problema cultural y estético (sensible): la neurosis puede tener sus despliegues específicos en cada individuo, pero, profundamente, se trata de un problema perceptivo colectivo —ontológico. La neurosis es primero que nada una condición colectiva. El humano está cableado para crear sociedades y la sociedad es en sí un circuito neurótico. La sociedad es un tejido de relatos que necesitan repetirse y confirmarse para garantizar el sostenimiento del aparato. Así, la personalidad es un fractal de la sociedad. Somos, cada quien, pequeñas y complejas sociedades. La sociedad es un cortocircuito.


La sociedad necesita sus circuitos cortos, sus conceptos, sus generalizaciones, sus nombres, sus títulos, sus mapas, y también sus artistas. El arte, a nivel social, funciona como válvula de escape. A nivel social, lxs artistas son como los viajeros que se alejan solo a condición de que vuelvan para narrar. Artista es el que narra su juego, es el que recuerda que la vida es juego —al narrar, transforma esa verdad en una idea socialmente aceptable. Acaso sea esa la trampa del arte. Hay que volver.


En verdad todos lxs humanxs somos artistas. Porque todos los humanos necesitamos reconocer que no somos solamente la personalidad fijada por nuestra necesidad de supervivencia. El arte existe porque olvidamos que por el solo hecho de ser humanos ya somos artistas. El arte es lo que nos recuerda que somos artistas. Hacer arte es jugar con lo que somos, y jugar con lo que somos es reconocer que lo que somos es mucho más que la fijación que tuvimos que creer que éramos. Para no dejar de cambiar, hacemos estas cosas que llamamos obras de arte. Creando obras, nos sacamos de encima fijaciones. Las obras son piezas que nos permiten reconocer la fijación. La obra de arte es una fijación que permite el movimiento.


La ficción tiene dos funciones básicas. Una es proteger y otra es recordar cuándo ya no es necesario proteger. Una es cerrar para cuidar y la otra es cerrar para recordarnos que todo está abierto. Los mitos deberían tener fecha de caducidad, pero, justamente, para funcionar, necesitan pensarse eternos. La creación de materiales a los que les toma tanto tiempo descomponerse da cuenta de los niveles de fijación del animal humano. Olvidamos que la ficción tiene que abrirse. Diría que en general narramos historias porque necesitamos confirmar identidades —seguir protegiéndonos. Para confirmar identid