Contar la historia hasta reconocer que es una historia






A veces pienso en mí como un conglomerado de historias. Un día tuve un sueño y me desperté repitiendo esta frase, una y otra vez, para no olvidarla: Necesito contar esta historia, necesito recordar que es una historia. Pasé una mañana dándole vueltas a la frase. En uno de sus posibles pliegues, quedó así: Contar la historia hasta reconocer que es una historia.


El día del sueño le mandé un mensaje a un amigo que vive lejos y me encontré diciendo:


—No sé qué contarte, nunca sé qué contar.


A veces el impulso de relatar acontecimientos específicos sí llega y entonces el relato se despliega. Muchas veces, me encuentro en esta situación: quiero decir, pero no sé qué; quiero comunicar, pero no algo preciso.


Lo cierto es que yo le había escrito a mi amigo no para contarle algo, sino porque quería solamente hacer contacto. Me pregunté: ¿necesito contar algo (dar cuenta de algo) para hacer contacto? En inglés tienen esta expresión: hang out. Quiere decir algo así como: pasar un rato en compañía, sin hacer nada específico. En la versión argentina podría ser: ranchar. Nos juntamos a ver qué pasa, sin un objetivo preciso. A veces, esos espacios vacíos se llenan de automatismos. Nos encontramos, y, como no tenemos nada que nos organice, se activan los mecanismos de supervivencia más automatizados. También, esos espacios vacíos pueden ser invitaciones a la sorpresa y a la novedad.

Qué difícil estar juntxs sin saber. Qué difícil no saber qué decir y animarse a decir (habitar) ese no saber. A veces pienso que no le doy suficiente espacio a esa clase de aconteceres colectivos: el encuentro sin metas. Suelo organizar mis encuentros con las personas alrededor de objetivos, generalmente creativos. Crear, ¿tiene que ser crear algo? La creación ¿es un juego con objetivo?


Tal vez me asusta el encuentro sin metas porque me fastidia el automatismo. Soy un poco alérgico al piloto automático. Lo confieso, ¡puedo ser alérgico a las formas! ¡¡¡Es que me asusta quedar atrapado en ellas!!!


Las formas, cuando las vivo como campos de juego y exploración, son una tecnología perceptiva maravillosa. Agradezco entonces a la evolución cósmica que ha creado estos dispositivos que llamamos seres humanos, que tienen la extraña capacidad de percibir el mundo como un tejido de formas bastante cerradas y más o menos estables —el ser humano percibe la espiral de la vida en forma de círculo.


El de la estabilidad, para el dispositivo humano, es un gran tema. Diría que es EL tema humano. El animal humano, por percibirse forma estable, y por percibir formas estables, así, más o menos separadas y cerradas, circulares, tiene necesariamente, como parte de su complejo software, el programa, para nada sutil, del miedo a la muerte —que es el miedo a la inestabilidad —la inestabilidad de la espiral. Las historias nos sirven para no morir, tanto física como psíquicamente: las historias nos estabilizan. Nuestra forma, lo que percibimos como nuestra forma, digamos nuestra identidad, se sostiene a base de relatos. Si nos dejamos de contar, morimos. Morir sería dejar de contarnos. Para eso es que, en gran medida, narramos. Narramos para sobrevivir, narramos para ser lo que aprendimos a creer ser.


Hasta ahí, interesante y nutritivo. Soy este bicho que se percibe como una forma separada de un mundo hecho de formas separadas; tengo la tecnología de la moral para saber, de antemano, lo que me conviene cerca y lo que mejor mantener a distancia. ¿Qué es la moral? Herramienta que de momentánea pasa a ser fijación, la moral es el tejido de relatos (relaciones) que me recuerdan qué sí y qué no. Así, sobrevivo. Así, el programa del miedo a la muerte (a la amoralidad, al amor) cumple su función y sigue funcionando, porque se percibe necesario. Lo que sucede, luego, es que algo empieza a patinar.


Cuando patino, sospecho que el instinto de supervivencia y el miedo a la muerte no son lo mismo. Como sea, patino. Patinar quiere decir: hacer agua: pifiar. Error perceptivo. ¡Desafío perceptivo! Noto que hago agua cuando vuelvo a reaccionar, por centésima vez, de la misma manera.


¿Por qué reacciono igual ante situaciones diferentes?


Está bien, muchas situaciones se parecen. Pero se parecen, entre sí, menos de lo que se parecen, entre sí, las reacciones que se activan frente a ellas. ¿Se entiende? Las situaciones se parecen menos que mis reacciones ante ellas. Lo dije dos veces casi igual. Espero que se haya entendido. Es importante que se entienda. Es importante que nos entendamos. ¡Eso es! Para entendernos, reaccionamos, una y otra vez, de la misma manera. Porque, si no reaccionáramos, una y otra vez, de modos más o menos reconocibles, no nos entenderíamos, es decir, no seríamos reconocibles. No podríamos leernos, no sabríamos quiénes somos, quién es ese animal que tenemos enfrente, quién es este animal que se parece a lo que somos.


¿Quién es ese animal que se parece a lo que soy?


Lo que estaríamos diciendo es esto: nos repetimos para sostener un orden de cosas —una estabilidad. La repetición crea estabilidad —o, a lo sumo, impresión de estabilidad. ¡Que nadie nos quite nuestra preciada estabilidad! El punto es que la estabilidad es una ficción. Sí, es una ficción, un tejido de relatos, de mapeos de la realidad —realidad siempre inestable, siempre cambiante y fluida, siempre diferente a sí misma, siempre no identificable, siempre un poco ininteligible.


La identidad es una órbita de posibilidades que giran en torno a un centro. La ficción del centro es una ilusión, sí, pero la ilusión es real. ¿Podemos vivir sin ilusión? ¡Quién sabe! ¿Pueden nuestros cuerpos liberarse por completo de la programación que tuvieron que desarrollar para sobrevivir? ¡Quién sabe! Lo que podemos pensar, y ver, es que lo que sí se puede es vivir recordando, aunque lo olvidemos todo el tiempo, que la ilusión es una ilusión.


La ilusión nos ha servido, y vuelve a servirnos, parece, para sobrevivir. La ficción que es la personalidad nos ha servido, y acaso todavía nos sirve, para sobrevivir en tanto forma. Pareciera que para poder existir con nuestras frágiles y sensibles formas humanas, necesitamos legibilizar un poco este delirio que es la realidad. Para eso, recortamos percepciones —ese recorte/ordenamiento es lo que llamamos ficción, o ilusión. Dicen los científicos que recortamos ¡muchas! percepciones —acaso el 95% de la información que llega a nuestros cuerpos es descartada. Es bastante. Para hacerlo, echamos mano de eso que llamamos relatos —afirmaciones que recortan y organizan lo que se percibe como caos, en mapas que se perciben como orden. Para sostener el orden de nuestros mundos recortados, contamos, una y otra vez, las mismas historias. Reaccionamos, una y otra vez, de las mismas maneras. De hecho, podríamos decir que no somos nosotrxs quienes reaccionan, ¡son nuestras historias las que reaccionan!, y lo hacen a través de lo que podríamos llamar nuestros personajes. O: nuestros personajes son la expresión reactiva de las historias.


Pensemos al personaje (si se quiere, a la personalidad) como la organización psíquica que responde a la afirmación de esos relatos específicos sobre el mundo. Cuando reaccionamos, son los personajes los que reaccionan. Y lo hacen porque están programados para hacerlo, porque tienen que defender su historia. El personaje es una programación. El personaje es un programa de supervivencia, el personaje es la reacción. Reaccionar es defender una historia, el personaje es el defensor de un relato. Contar, muchas veces, tal vez casi siempre, es defender una historia.


Contar es defender una historia.


Pero también, a veces, cuando contamos, algo se descarrila —el círculo no alcanza a cerrarse y la locomotora descarrila, es decir, se abre de la autopista circular de la inercia del loop hacia la espiral de la variación y la novedad.


Y ahí volvemos a la frase: Contar la historia hasta reconocer que es una historia. Cuando la historia reconoce que es una historia, no puede no descarrilar. Aunque sea imperceptiblemente, al reconocerse lo ficcional de la ficción (lo circular del círculo), no puede no acontecer una apertura a la espiral.


Desde hace un tiempo también que me da vueltas, como una mosca intolerable, esta idea: una historia es el tiempo que nos toma reconocer que era una historia.