El artista frustrado Vs el arte como frustración




Nada de lo que planees va a darse en la vida nunca. Hay algo vivo en las películas, que dice: me resisto a ti. La película misma se resiste y te dice: tú crees que vas a hacer esto, pero yo voy a hacer algo diferente. Y no te diré lo que voy a hacer.
John Cassavetes



Este libro podría estar en manos de muchas más personas. ¡Muchas más! ¡Más! ¡Más! Y aun así no sería suficiente. Nunca es suficiente para esa parte mía que dice que nunca es suficiente. ¿Por qué habría de serlo? Siempre (¿siempre?) tuve registro de esta suerte de diálogo interno entre una fuerza creativa irrefrenable y desinteresada y una otra fuerza más estratégica que sugiere, de mil maneras, que deberíamos hacer más esfuerzo por que las obras tengan más alcance. Sé —la práctica me ha hecho bueno en eso— entrar en la fantasía del éxito y la fama, sé hacerme abrazar por el ideal de la utilidad y el reconocimiento. Muchas veces me he encontrado creyendo esos pensamientos que me proponen que me preocupe por no estar haciendo bien las cosas —nunca es suficiente difusión, nunca alcanza la distribución, siempre lxs lectores y lxs espectadores son poca cantidad, ay la cantidad, ay los likes. En 2014 mostramos una película y nos dio tristeza que fuera “tan poca gente”. En una charla nocturna desoladora y reveladora, descubrí la existencia y la insistencia del personaje del artista frustrado.


Digo que se trataba, y se trata, de un personaje, porque no hablamos de una frustración personal ocasional —hablamos de una estructura perceptiva recurrente: una entidad reiterativa e insistente: un personaje.


Entonces tenemos el arquetipo, o el estereotipo, del artista frustrado.


¿Cuál es la diferencia entre un arquetipo y un estereotipo? El primero es una forma antigua que se actualiza, el segundo es una forma dura que se repite. El arquetipo es una estructura psíquica, el estereotipo es una estructura social. En algún nivel, podemos pensar que son lo mismo o facetas de lo mismo. El estereotipo podría ser pensado como una expresión social del arquetipo, el endurecimiento de una forma que representa o expresa una estructura psíquica pre-formal. ¿Pre-formal? Las estructuras psíquicas ¿no son formas? Tal vez sí son formas, pero son formas psíquicas, anteriores o subyacentes a las formas concretas que esas configuraciones (digamos, energéticas) pueden tomar en el mundo. El estereotipo sería la fijación formal en el mundo de esa forma psíquica que, de por sí, podría, y puede, expresarse en formas variadas (en el mundo).


Entonces, arquetipo y estereotipo. El artista frustrado ¿es un arquetipo o un estereotipo? ¿Es una forma psíquica o es una forma del mundo? ¿Podría ser ambas? ¿Será que el artista frustrado, como figura, sea lo que sea, expresa una tensión —una polarización psíquica? Si es así, ¿de qué polarización se trata? Podemos arriesgar que la que se establece entre los polos de la libertad y el límite.


Al ser humano le cuesta digerir el límite. El no nos cae pesado, indigesto. Sin embargo, no dejamos de decir que no —el NO insiste para que le digamos sí, el No quiere que lo comprendamos.


Cuando a un otro animal se le dice que no, se va o insiste con una simpleza que nos puede resultar irritante. Ya conocemos la insistencia y la indiferencia del gato, que se choca contra tu cuerpo y se refriega, casi obsesivo, y luego se aleja como si nada, con la ligereza y la gratuidad con que el viento sopla y se escabulle. Nosotrxs, los humanxs, somos gatos que piden permiso para chocar y refregarse y después se disculpan para retirarse, alegando deberes y compromisos. Somos vientos que necesitan justificar por qué soplan, por qué se escabullen.


Nuestro problema es el borde —no es el borde en sí, es lo que hacemos con el borde. El borde, percibido como problema. La percepción del borde como problema es nuestro borde. El arte es una tecnología que inventamos para reconocer el regalo de los bordes. En ese sentido, si los bordes son lo que nos frustra, podemos pensar al arte como una tecnología anti-frustración. Pero decir anti nos dejaría mal parados, o más que parados cayendo, de nuevo, en la noción tramposa de que la frustración es una experiencia desagradable que mejor querríamos evitar.


El arte es una tecnología, sí, pero más que ser anti-frustración, digamos, es pro-frustración. El arte está, digamos, para frustrar las fantasías y los ideales de la programación cultural —si no disolver, al menos reconocer las fronteras imaginarias y conceptuales que componen la gramática de una cultura. En ese sentido, no podemos hablar de arte sin hablar de libertad.

El arte puede ser pensado como lo que nos recuerda ese espacio no tocado por las gramáticas socioculturales. No es que el arte no sea tocado por la ley, solo que el arte es (puede ser) un gesto que nos recuerda que no somos solamente la fijación del código. Dentro del marco generado por el concepto “arte”, todo puede valer. En otras esferas de la vida, en lo que llamamos vida social cotidiana, no vale todo. El juego social tiene sus reglas y sus normas. El arte, la ficción, la experiencia estética pueden ser pensados como contextos de permiso. En el arte no es que vale todo, sino que puede valer todo. (1) Por eso el arte puede ser un contexto de liberación de las presiones impuestas por las jerarquías de valores culturales. El arte desorganiza esas jerarquías, más bien nos recuerda que no tenemos que estar necesariamente forzadxs a valorar ciertas cosas y despreciar ciertas otras. Más allá de las utilidades secundarias que se puede dar a un puente, el puente sirve para cruzar de un lado al otro. Sirve, funciona bien, en tanto no se derrumba y ofrece cierta comodidad y practicidad para el cruce. Es fácil ponernos de acuerdo acerca de la utilidad de un puente; de hecho, el puente es el acuerdo acerca de su utilidad. El arte tal vez sea el contexto de la experiencia humana que nos da más espacio para el desacuerdo acerca de su función y su utilidad —el arte es un contexto en que nos permitimos poner en suspenso la fijación de las valoraciones culturales y personales. En este sentido, el arte puede ser pensado como una celebración del desacuerdo. Para hacer un puente, necesitamos acordar en cuál es su función. Para hacer arte no. El arte puede hacerse porque sí. Antes el arte tenía funciones religiosas y sagradas. Ni se llamaba arte. El arte como concepto es un invento moderno. En algún momento de su historia el ser humano necesitó nombrar la posibilidad de un espacio de gratuidad (libertad en relación a las jerarquías utilitarias). No que ese espacio después no fuera (y no sea, una y otra vez) cooptado por la dinámica sociocultural, no que no se haga de ese espacio un negocio para el reconocimiento, el dinero, la validación, etc., pero, más allá de eso, más allá de cómo ese espacio sea usado, existe, anterior a su uso. De hecho, todos los usos parasitarios que se hacen del espacio conceptual-perceptivo que llamamos “arte” son posibles gracias a su nivel de apertura máximo —su extraña flexibilidad. La función y la utilidad del arte son tan ambiguas e indefinidas que éste puede ser usado de miles de maneras. Los miles de usos no logran destrozar su esencia in-esencial —esa ambigüedad, esa indefinición, esa libertad tan ligada a la intensidad pre-narrativa de la vida. Entonces podemos decir que la utilidad del arte es no tener una utilidad definida. No es que sea inútil, es que no tiene una utilidad principal definida, como el puente. Me pregunto si reconocemos cómo ese espacio de indefinición nos es vital y necesario. La inutilidad es impensable, porque todo puede ser usado para algo. Contar con una tecnología que nos recuerda que todo puede servir para muchas cosas, que todo puede ser valorado de muchas maneras, que todo puede tener muchos significados, que la vida siempre es más rica e intensa que las definiciones con que la domesticamos, es un tesoro en la evolución de la consciencia.


Me pregunto si nos damos cuenta de hasta qué punto nuestras percepciones y nuestras vidas están condicionadas por el código cultural —el ego cultural. El ego es un pronóstico, un atajo. El ego es la facilidad de definir a priori si está bien o mal. ¿Hasta qué punto estamos insensibilizadxs por el atajo cultural? Vivimos vidas repletas de certezas. Como no sabemos qué hacer con la fragilidad, nos volvemos adictxs a las historias que nos dan la sensación de seguridad. Consumimos certezas. El capitalismo es un mercado de certezas. ¿Reconocemos los niveles de presión que nos generan esas certezas? ¿Reconocemos la manera en que limitamos nuestras posibilidades por ese temor profundo a la inseguridad, que nos lleva a creernos cualquier historia que nos dé un poco de estabilidad? El arte puede liberarnos de la necesidad de la certeza, el arte puede amigarnos con la incertidumbre, la vibración picante.


En la figura del artista, tal vez como en ninguna otra figura, se manifiesta esa tensión entre la libertad y la limitación. ¿Por qué? Porque el arte es ese contexto experiencial en el que suponemos, y querríamos, la libertad más grande. Ahí donde más nos permitimos abrir es donde más nos encontramos con todo lo que hacemos para cerrar. Como vamos a la experiencia artística con todas nuestras inseguridades, usamos la experiencia artística para lo que usamos casi todo en la vida —para sentirnos a salvo. De ahí que usemos el arte para entretenernos, para distraernos, para anestesiar ese horroroso temor que le tenemos a la vida.

El loco, el niño, son figuras que expresan con claridad esa tensión entre lo que abre y lo que cierra. El loco y el niño pueden ser pensados como arquetipos, estructuras perceptivas que, en tensión con las limitaciones sociales, generan el endurecimiento que llamamos artista frustrado —en este sentido, entonces, el artista frustrado sería un estereotipo, la reacción en el mundo a una tensión que se nos vuelve insoportable, la manera en que podemos por ahora procesar la polaridad entre la libertad y el límite.


Si al niño se lo educa y al loco se lo encierra, al artista se lo frustra. Desarrollamos todo un aparato de generación y sostenimiento de expectativas y valoraciones para garantizar que lxs artistas no dejen de frustrarse. Pensamos que el éxito es lo opuesto al fracaso.


El arte, así, pasa a ser una herramienta de inhibición cultural. La herramienta que se supone podría liberarnos es usada para meternos de nuevo en la trampa. (2)


Para devolvernos a la trampa, la libertad es significada como ideal. La trampa es el ideal. La libertad, que debería ser lo más natural del mundo (la libertad ES el mundo), es recodificada dentro del funcionamiento social