El escritor bloqueado: Identificación V empatía







Hace muchos años hubo una especie de reunión en casa de una amiga. Éramos unas veinte personas, sentadas en un gran círculo, hablando de la vida. Filosofábamos, nos proponíamos intimidad. En un momento una persona entró en una especie de catarsis; según recuerdo, empezó a desplegar palabras de queja y victimización —un drama. No que lo que le estuviera pasando no fuera real, pero se percibía, por lo menos desde mi perspectiva, un cierto gusto, una comodidad, un juego, inconsciente, en el sufrir. Después de unos momentos, la dueña de casa, anfitriona del encuentro, la detuvo. Con amor y con filo, le pidió que no siguiera. Creo que el filo eclipsó al amor; más tarde, otra persona que había estado ahí me dijo que eso no se hace: no se puede interrumpir, dijo, a alguien que está haciendo una catarsis. No estuve de acuerdo. Me pareció que la interrupción había sido adecuada, ecológica y saludable —no sólo para el grupo, también para la protagonista de la escena. Su teatro era visible, pero también ambiguo. A veces nos expresamos para sanar y a veces nos expresamos para sostener al personaje que sufre. El borde entre la expresión saludable y la expresión obsesiva es sutil, como el borde entre la identificación y la empatía.


Después de casi un año de encontrarnos, una persona que acompaño en sesiones de escritura vuelve a decir que no puede escribir: estoy trabado, no puedo escribir. Desde que doy talleres y acompaño a personas con sus procesos creativos, el relato del bloqueo me genera sospecha. Es cierto que las resistencias están, es cierto que cuando creamos cosas nos pasa de todo; aun así, pienso que la noción de bloqueo es una ficción. Por alguna razón (social), hasta se convirtió en una ficción encantadora. ¡Todas esas películas, todos esos libros, todos esos diarios de escritores supuestamente bloqueados! El escritor bloqueado es como un estereotipo, un leit motiv de la ficción. Y tiene algo encantador, un aire romántico que nos seduce, ¡el artista sufrido! ¡Pobre! ¿Por qué no puede escribir?, nos preguntamos; pero la pregunta que no nos hacemos es: ¿quién dice que el escritor debería estar escribiendo?


Si es un escritor, decimos, debería estar escribiendo. Y ahí hay una clave: si quien se piensa escritor no escribe, ¿quién es? ¿Quiénes somos cuando no nos identificamos (obsesionamos) con nuestros mapas de lo que debería ser? ¿Quiénes somos cuando no estamos haciendo lo que se supone nos da identidad? Cuando decimos no puedo escribir, lo que estamos diciendo es si no escribo, no sé quién soy. Hacemos identidad con lo que hacemos, y cuando no hacemos lo que se supone que hacemos, no nos reconocemos. Suponemos que deberíamos estar logrando escribir. Escribir es lograr escribir —como casi todo, la escritura se vuelve un logro. El logro llama al esfuerzo y el esfuerzo a la resistencia. Proyectamos la voz del deber y el deber genera defensas. La guerra interior. Entonces, le propongo a mi acompañado pensarse como un surfista: el surfista no lucha, no patalea para inventar una ola que no existe. El surfista no se esfuerza, pero claro, tampoco se resiste. No logra, acompaña. Avanza, pero sólo para volver al punto de partida. Propuse: ¿qué pasa si tomas la decisión de no hacer ningún esfuerzo y dejar que la ola de entusiasmo te mueva? ¿Qué pasaría si no te moviera? ¿Qué pasaría si el libro no se escribiera nunca? ¿Podrías amigarte con esa posibilidad?


Creo que fue Sergi Torres quien en una de sus charlas dijo algo así como que el agua estancada también se mueve. El agua estancada también se mueve. ¿Qué es, a fin de cuentas, avanzar? ¿Qué es, a fin de cuentas, escribir? Cuando decimos no puedo escribir, lo que estamos diciendo es no puedo escribir algo que me guste. La pregunta es quién está detrás del reflexivo me. ¿A quién le tiene que gustar lo que escribimos? ¿A qué voz estamos intentando convencer? En un momento, mi acompañado dice algo así como que quiere lograr escribir algo que alguien pueda ver y decir qué bueno este material. Le pregunto de quién es esa voz, ¿quién está diciendo eso? Responde: ¡claro!, ¿de quién estoy esperando aprobación? Si hay búsqueda de aprobación, es lógico que haya resistencia. Cuando llegar se vuelve secretamente importante, el viaje se vuelve evidentemente pesado. Le propongo esta visión: hay dos opciones, digo, o bien estamos escribiendo o bien estamos investigando por qué no estamos escribiendo. ¡Es eso!, responde, ahora lo que estoy haciendo es investigar por qué no escribo. ¿Sí?, le pregunto, ¿estamos realmente investigando?


¿Estamos investigando, y descubriendo, o más bien estamos girando en falso, en un circuito cerrado y repetitivo de auto-confirmación? ¿Estamos escuchando y revelando nuestra neurosis o nos estamos identificando con ella? El borde entre empatía e identificación (entre entusiasmo y obsesión), una vez más, tan sutil. Entonces, le damos espacio a la posibilidad de pensar que venimos dando demasiado espacio a la neurosis. Cuando uso la palabra neurosis, aclaro que soy uno más. ¿Quién no tiene sus cortocircuitos? La pregunta es cómo nos vinculamos con el cortocircuito neuronal. Una cosa es reconocerlo y otra identificarnos con él. Una cosa es escuchar y otra entregar el micrófono al ego. ¿Estamos escuchando al ego o le estamos entregando el timón? Escuchar al ego es reconocer su recurrencia, su ficción, su loop; escucharlo de más es entregarle el micrófono, lo que equivale a entregarle el timón. La gran trampa en que caemos los animales humanos es dejar conducir el vehículo a esa tecnología para la supervivencia que llamamos ego —personalidad. Escuchar la voz de la personalidad no implica entregarle el volante de la nave. Quien mira los mapas no conduce el vehículo —no puede conducir, porque está mirando mapas. Darle el timón al cartógrafo es asumir que sus mapas son la realidad. Una cosa es escuchar las propuestas del cartógrafo y otra cosa es tomarlas por verdad —una cosa es empatía y otra identificación. Las confundimos, pero no son lo mismo. En general, o bien somos poseídos por el ego, o bien pretendemos eliminarle. O nos identificamos o nos distanciamos. Los puntos medios son una materia pendiente.


Identificarnos con lo que nos pasa es agarrar lo que quiere pasar, es no dejarlo pasar. Empatizar, escuchar lo que nos pasa, en cambio, es reconocer que lo que pasa quiere pasar, es dejarlo pasar —y así cambiar. Cuando escuchamos, lo que nos pasa simplemente pasa. Cuando nos identificamos, no. Identificarnos es agarrarnos de algo, de alguna forma, de algún valor, de algún mapa, es sostener un circuito recursivo e insistente para no cambiar. Eso es lo que hace el ego (la personalidad), porque eso es lo que tuvo que hacer para sobrevivir. Para sobrevivir, tuvimos que armar ese loop que llamamos personalidad. La personalidad es un mapa —nada más. Un mapa es un tejido de caminos, y un tejido de caminos es, necesariamente, un bloqueo de posibilidades. ¿Por qué no caminar por cualquier lado? Si no escribimos, si no nos reconocemos en creación, es porque tenemos una idea muy exclusiva de lo que debería ser creado —caminado. Nos identificamos con ideales.


Como dice Eugenio Carutti, la identificación genera antagonismo: quien se identifica con un orden de cosas, necesita defender ese orden de cosas: hacemos la guerra para no poner la identidad en peligro: escuchar pone en peligro al orden estabilizado y fijado de cosas. Empatizar (escuchar) es disolver identificaciones —es reconocer la mutabilidad de los mapas, es permanente actualización cartográfica. A veces la diferencia entre empatía e identificación es muy sutil: alguien te cuenta algo y no entiendes qué sentido tiene: ¿está narrando para sostener y justificar una interpretación de la experiencia (un mapa), o está narrando para reconocer que su experiencia depende de cómo la narra (y que el mapa es una ficción que se despliega)? Aquella persona catártica de hace tantos años, ¿estaba usando el espacio para descubrirse o para repetirse? ¿Era creación o era neurosis? ¿Entusiasmo u obsesión? ¿Tal vez un poco de ambas? Para descubrirnos, para crear, necesitamos reconocer cómo nos repetimos y resistimos. A veces, necesitamos chocar por mirar de más el mapa —necesitamos chocar para reconocer que estábamos mirando demasiado el mapa. Necesitamos frustrarnos para liberarnos de los mapas.


Los humanos somos cartógrafos orgullosos —los grandes artistas de la identificación. Somos muy hábiles en hacer identidad con todo. Los síntomas físicos son un ejemplo claro. Nos creemos que somos lo que sentimos, nos creemos que somos lo que pensamos, nos creemos que somos lo que hacemos. Somos los grandes maestros de la fijación. Así, nos encerramos en nuestras enfermedades, que no son sino la expresión de nuestra necesidad de encerrarnos en algo —para protegernos. ¿De qué nos queremos proteger? El 90% de las películas que vemos opera por identificación: estratégicamente, la narración captura la atención del espectador en un surco que le conduce, invariablemente, hasta la definición de un sentido único e innegociable. El ego (la cultura) necesita ese tipo de funcionamiento hipnótico para lograr la cohesión identitaria que nos permite sobrevivir: cooperación colectiva, protección tribal, nación y personalidad. Los mitos nos sirven para eso: para generar acuerdo, comunidad, sociedad. Esa es su función, la pregunta es ¿por qué nos enviciamos con el mito?


¿Por qué olvidamos que el mito es expresión de una estructura psíquica? ¿Por qué las películas esconden el hecho de que las épicas son, también y, sobre todo, procesos internos? El mito es una inyección de sentido cultural. La intensidad de la vida, pero organizada. Las películas no lo reconocen, pero el monstruo está adentro. De hecho, lo verdaderamente monstruoso es olvidar que el monstruo está adentro. Al identificarnos tanto con el mapa de lo que somos (los buenos), generamos un antagonismo (una polarización) que transforma a lo que se percibe extraño en un monstruo malvado. El malo es el que amenaza mi visión del mundo. Es encantador (adormecedor) ver y pensar la vida en estos términos. Vivimos hipnotizadxs por esta manera polarizada de percibir y procesar la experiencia. No es que la hipnosis sea en sí algo negativo. La pregunta es quién hipnotiza a quién, en el contexto de cuáles acuerdos, y sobre todo para qué. ¿Para qué usamos la hipnosis? ¿Para qué usamos la narración? ¿Narramos para encerrarnos y adormecernos o narramos para abrir y despertar?


La narración hipnótica-mítica sirve para la supervivencia. Creer sirve para sobrevivir. Para nada más. Más allá de la función de supervivencia, la creencia se vuelve dogmatismo; el dogmatismo, expresado, se vuelve fascismo. Somos animales condicionados por su propia tecnología de supervivencia. La ficción es adictiva. El arte, como la meditación y como la intimidad, es una herramienta para conjurar el hechizo. Ese 90% del cine que consumimos nos muestra cómo el ego cultural captura a la herramienta y la usa para sus fines centrípetos de generación de consenso, homologación y uniformidad —encantamiento. La cultura es un encantamiento. En la medida en que nos hacemos conscientes de este funcionamiento reactivo, encantador y vicioso, podemos inventar espacios de distención, distancia y disenso.


El ego cultural reacciona al gesto estético liberador, y lo hace por programación, por instinto de supervivencia. El instinto de supervivencia transformado en loop cultural (es decir, la tecnología enviciada) se llama miedo a la muerte. Ese 90% de las películas que vemos son un síntoma del miedo a la muerte. Buscan que nos identifiquemos con la perspectiva única del personaje central, buscan que sintamos y entendamos lo que hay que sentir y entender, justamente para crear la sensación de consenso, de cohesión y de coherencia narrativa —es decir, para la supervivencia de una forma, de un acuerdo, de una identidad. La identidad es la garantía de un valor. Creemos necesitar entender el valor de las cosas para sentir vitalidad.


El gesto estético es una práctica diaria de sensibilización y reconocimiento. Ante la inevitable reacción del ego cultural, que busca atrapar al juego creativo en sus fijaciones identitarias, la práctica invita a reconocer. No se trata de un ideal anti-reacción. Se trata, más bien, de la posibilidad de reconocer la reacción. No se trata de evitar a toda costa la identificación, se trata de la posibilidad de escuchar esa tendencia a generar identidad con todo. Soy escritor sólo en tanto escribo, pero ¿soy yo quien escribe?


El YO quiere los laureles, los méritos, el Nobel. Está bien, para eso está —para buscar el Nobel. ¿Para eso está? La cultura de los premios, fálicos y dorados, es un síntoma reactivo y encantador del condicionamiento egoico del aparato perceptivo humano. No necesitamos luchar contra nuestra propia naturaleza. No necesitamos dejar de pensar que estamos bloqueadxs; porque no somos nosotrxs, propiamente dicho, quienes piensan que están bloqueadxs. Es el ego el que piensa, y cree, que está bloqueado. El ego (que es sólo una parte nuestra) es en sí mismo una historia de bloqueo. Si nos ponemos filosos, y amorosos, claro, porque sólo poniéndonos amorosos podemos ponernos profundamente filosos, tenemos que admitir que sólo el ego se bloquea. Sólo el ego se bloquea. Sólo la personalidad puede interpretar que algo que es de una manera debería ser de otra. La noción de bloqueo no es más que una manera de interpretar una frustración. ¿Por qué no nos entregamos a la frustración que, humilde y pacientemente, se ha acercado para liberarnos? ¿Adónde queríamos llegar?


Tal vez todo lo que necesitemos sea echar luz a esta naturaleza psíquica condicionada, natural y evolutivamente frustrante. Tal vez necesitemos hacer de la frustración una práctica diaria consciente. Tal vez la práctica diaria no se trate más que de ese gesto, sutil y estético, por el que reconocemos el mecanismo recursivo y recurrente de autolimitación. La libertad no es la ausencia de límites. La libertad es el reconocimiento de la naturaleza ficticia (y no por eso menos real) de todo límite. Cuando frustramos la idea de lo que suponemos es escribir (escribir bien, útil y bonito), nos podemos dar cuenta de algo horriblemente simple: ya estamos escribiendo.


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Jada


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