El mérito del amateur







De repente, me descubro pensando que quiero ser un gran artista, lograr obras tremendas. ¡Qué presión! La sociedad es un tejido de presiones. Aún el campo del arte, con su libertad aparente, es cercado por los agentes de la importancia. No sé si nos gusta reconocer en qué medida el aparato se sostiene en una jerarquía de importancias y, sobre todo, que las importancias son ficciones. El buen arte es más importante que el mediocre, el brillo es más valioso que la opacidad, servir es mejor que no servir. El servicio suele ser entendido de modo lineal y causal —moral. Hay que hacer cosas buenas y la felicidad puede medirse. La sociedad es como una película de Hollywood —por su linealidad, por su centralidad, por su idea de profundidad, por su manera de adoctrinar, por su obsesión moral con las finalidades y las felicidades. Literatura menor, se dice con respecto a escrituras que no se consideraron, por la razón que fuera, grandes obras. Es interesante, creo, tomar consciencia acerca de la importancia que damos al tamaño. Se corresponde con la importancia que damos al profesionalismo.


Hace poco leí dos textos (de Maya Deren y Stan Brakhage) que proponen una valoración del amateurismo. Amateur es una noción generalmente usada para descalificar a alguien o algo por no ser lo suficientemente profesional —se le dice amateur al principiante, al inexperto. Pero amateur, como nos recuerdan, tiene que ver con amar: un amateur es alguien que hace algo por amor. Al amor no le importan los tamaños ni las formas con que se sostiene el ideal de perfección. Ni siquiera le importa la felicidad. Y eso va para quienes todavía se (la) miden y desesperan (trabajan) por engordar su cuenta bancaria. El tamaño hace a la felicidad. Medimos todo porque nuestra sociedad, como se ha dicho, es una meritocracia. Sin medidas, no sabemos valorar.


Nos cuesta horrores reconocer que los criterios de valoración de cualquier cosa son nada más ni nada menos que criterios. Es decir, hipótesis. El tamaño es una hipótesis. El mérito es una hipótesis. La utilidad es una hipótesis. Para quienes tienen fobia a esa noción simplificadora de post-verdad, lo que digo es que no se trata de relativizar todo y afirmar que da igual. No es que todo sea igual, es que todo es en algún nivel equivalente —es decir, no es que todo vale lo mismo, sino que todo PUEDE valer lo mismo. Eso es lo que grita el arte desde lo profundo de sus propias trampas sociales. Hitchcock no fue un gran artista hasta que algunas personas empezaron a decir que lo era. El inodoro no fue una obra de arte hasta que Duchamp lo mostró en un museo (contexto de validación), hasta que Hitchcock se peleó con la censura para poder hacer un plano en su revolucionaria Psicosis —¿Se imaginan? ¡Los censores no le querían dejar hacer un plano del excusado! (Excusado, derecho: que goza del privilegio de no pagar tributos.) Lacan decía algo así como que el ser humano es el animal que tiene problemas para saber qué hacer con sus excrementos. Tal vez por eso el ser humano es el único animal que hace arte. Es un problema de lenguaje.


Es cierto que gracias al lenguaje ficticio podemos cooperar en grandes números, pero la herramienta para el acuerdo es tramposa —la ficción genera comunidad, pero la comunidad es un sistema de exclusiones. Y no nos hacemos cargo. No sabemos qué hacer con el descarte, así que fingimos que no existe. Hacer ficción es fingir que no hay descarte. Nos gusta mirar lo que nos une y no sabemos bien qué hacer con lo que para unirnos necesitamos excluir.


Tal vez el arte sea el descarte del descarte —hacemos arte para descartar la necesidad de descartar. Una trampa a la trampa del lenguaje. Más que una revalorización (reivindicación) de lo menospreciado, una valoración de lo innecesario de menospreciar. No hacemos arte para integrar a lo excluido, hacemos arte para integrar la vergüenza secreta que nos da creer que necesitamos excluir. También podríamos decir: hacemos arte porque no sabemos qué hacer con la caca.


Si partimos de esa base, tal vez la idea de hacer buen arte ya no sea tan válida. ¿Buen arte? ¿Qué sería eso para un animal que no sabe gestionar sus heces? Cuestiono la idea de que el arte pueda ser bueno o malo. La mierda no es mala, pero tampoco podríamos decir que es buena. Los efectos de un momento estético son misteriosos como son misteriosos los circuitos de la biodegradación. Si el efecto estético es tan indecible, ¿por qué entonces esa necesidad de definir y catalogar obras excelsas y obras mediocres? Me pregunto si esa supuesta necesidad (social) no es en alguna medida una manera que encontramos para, justamente, aliviar el efecto estético —siendo ese efecto estético la sensibilización para con la mierda —quiero decir, para con el descarte o, mejor dicho, para con la noción de descarte.


La ficción, como dispositivo perceptivo, tal vez sea lo único que puede, en la Tierra, ganarse el adjetivo: anti-ecológico. ¿Por qué? Porque la ficción es el único modo perceptivo que genera la ilusión de un adentro (tan) separado de un afuera. La ficción sirve para generar acuerdos y cooperaciones, sí, pero a la vez engaña. Para que funcione, un pensamiento debe ser creído. Para funcionar como campo de consensos, la ficción debe ser leída como natural. El mapa funciona por confianza o no funciona. La confianza, entendida socialmente, es un acuerdo para la inconsciencia y la insensibilidad. Vivamos esta fantasía y todo estará más o menos bien. La fantasía, el ensueño colectivo, está codificado en el lenguaje —ese sistema de pliegues (paquetes) que usamos para comunicarnos.


El lenguaje ficticio es un dispositivo demasiado poderoso como para ser solamente usado con fines comunicacionales de supervivencia —transmisión de la información sobre los caminos al alimento o al refugio. Tal vez el arte no sea mucho más que un contexto en que el lenguaje es liberado de esa necesidad natural de comunicar. Tal vez el arte no sea sino la posibilidad de liberar al dispositivo de la ficción de su obligación de generar consenso y cooperación. El punto es que la trampa para la trampa cae también en la trampa. El agujero negro cultural (con sus necesidades centrípetas de significación cohesiva y obsesiva) succiona los desvíos y las fugas y los vincula al Eje narrativo. Si el arte (entendido en términos estéticos más que culturales) tiene la misión de salir a reconocer que lo descartado no es exterior a ningún interior separado, la misma organización del supuesto interior separado se las ingenia para formatear y convertir la exploración de lo abierto en excursión, que sirve (al sistema) en tanto el agente (el viajero) vuelve y narra.


Como el afuera es tanto más grande que el adentro, la narración (la transformación del afuera en adentro) tiene que recortar —narrar es recortar. No se narra más que lo que resulta importante para representar (sostener, actualizar) una metafísica —una visión del mundo: una idea del afuera. Así, olvidamos que organizarnos de modo narrativo implica sostener importancias y desechar banalidades. Las banalidades, debemos decirlo, son producidas en el mismo acto de selección de las importancias. Es cierto, para sostenerse, cualquier forma de vida necesita cagar. Pero ¿por qué la caca humana es tan tóxica?


Los otros animales cagan, sí, pero nosotros tiramos (creamos) la basura. Los otros animales eligen en alguna medida sus comidas, nosotros hacemos recetas. Algo se nos ha ido un poco de las manos, ¿puede ser? Tal vez nos tomamos demasiado en serio el juego del adentro y el afuera. Sí, somos frágiles, necesitamos adentros, necesitamos casas... y abrigos y autos y lujos y méritos para cubrir la vieja y conocida falta de cariño. Nunca es suficiente para el animal menos amado de todos. El otro día saqué un permiso de circulación y la policía me mandó un mail con el título “entrega de permiso temporal”: leí “entrega de premio temporal” ¿Tan necesitado estoy de un premio que hasta lo espero de la policía? ¿Y hasta acepto que el premio sea solo temporal? Me pregunto si esas ganas de hacer buen arte, anotar puntos, ganar el Oscar, etc., no tienen que ver con esta herida ficcional que nos hace humanos —el trauma por habernos recortado tanto. Me pregunto si el arte (no el arte como búsqueda creativa, y desesperada, de ganar reconocimiento) existe acaso para recordarnos algo de esto.


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