El talibán interior

Las consecuencias lógicas del modo conceptual en que el animal humano percibe y procesa información






Incluso cuando tienen causas explícitamente económicas, todas las guerras son guerras simbólicas. Peleamos por sostener la economía del concepto. Peleamos para defender una identidad, y una identidad es un sistema económico de estabilizaciones de la relación de intercambio adentro/afuera. Un gran porcentaje de las decisiones, actitudes y empresas del ser humano actual es producto de un error de cálculo. El error de cálculo es un error perceptivo —y en el fondo no es un error, es solo la complejidad de un sistema sensible diseñado para separar.


La percepción enormemente intensa de la separación entre el adentro y el afuera es tanto la oportunidad como el desafío del dispositivo humano terrestre. A la intensidad con que percibimos esa separación le llamamos forma. La forma es una adherencia perceptiva. La solidez que adjudicamos a las formas —a nuestras identidades (individuales y colectivas)— se corresponde con el nivel de fragilidad de nuestro aparato sensible. El nivel de fragilidad de una criatura determina sus posibilidades creativas. La relación es proporcional, porque fragilidad equivale a sensibilidad. Cuanto más frágil un sistema, más creativo puede ser; a la vez, más potentes necesitan ser, al menos momentáneamente, sus sistemas de defensa. Lo que llamamos sufrimiento es la relación deficitaria entre creatividad y fragilidad. En otras palabras, sufrimos por no crear.


Crear implica superar (más bien, ir superando) el loop de la supervivencia. Ir superando el círculo de acuerdos identitarios es reconocer la espiral en que la forma no puede sino devenir. La forma no puede sino abrirse. La percepción del mal es síntoma de la resistencia al florecimiento del código formal —psíquico. La idea del mal es una tecnología centrípeta, funcional a la misma supervivencia. Creer en la división entre buenos y malos es como creer en la separación entre el adentro y el afuera. Los malvados siempre están afuera —siempre son los otros. Si yo (forma-sujeto) reconozco el modo espiral de crecer que tiene todo, tengo que asumir que, tarde o temprano, tendré que integrar a esos otros. Vencer (ir venciendo) el loop de inercia identitaria implica reconocer el susto que nos da devenir hacia lo otro, que es justamente lo que la vida no puede parar de hacer. ¡Qué susto la vida!


Tenemos que entender que estamos muy asustadxs. Somos animales todavía procesando el susto que nos dio reconocer la caducidad (la mutabilidad) de nuestras formas —de nuestras ficciones. Todavía estamos asustándonos de esa gran creación humana: la muerte. La ficción, la muerte.


La idea es esta: solo el dispositivo humano cree en la muerte —y, por lo tanto, en algún sentido, solo el dispositivo humano realmente (virtualmente) muere. Como dijo Hugo Mujica, lo que muere no es la vida, es haberla llamado mía. Porque la muerte no es sino el terror a la muerte. Y, cuando una forma se desmantela, lo que se desmantela es su intento por sostenerse. Forma es ficción.


Si las otras millones de especies del planeta buscan prevalecer y sobrevivir, en el fondo saben que no pueden morir —no se perciben tan separadas, por lo que ni necesitan entender la muerte. El humano es la única especie que no sabe morir —es decir, que sabe morir: no sabe morir porque cree en la muerte (una transformación indeseable). Para sobrevivir, homo sapiens ha tenido que tomarse demasiado en serio la percepción de la separación de las formas singulares. Ese juego perceptivo se llama ficción. Solo el humano pone nombres. Solo el humano sabe, gracias a la tecnología conceptual, dónde empieza y termina cada cosa. Esa es su dicha y su desgracia. Esa es la razón por la que el tablero de juego está como está, con tantos jugadores quejándose de cómo está. Y con tantos medidores afirmando que la cosa va muy mal. Solo el dispositivo humano cree que la Tierra está en problemas. Para tener razón, el animal ficticio inventa sus problemas.


No es que las cosas estén mal, es que todavía no sabemos jugar —digamos, estamos aprendiendo. Todavía no terminamos de procesar ese susto inicial. Lo cierto es que no sabemos si algún día terminaremos de procesarlo. Tal vez no. Tal vez, si lo logramos, ya no podamos llamarnos seres humanos. Como dijo Eugenio Carutti hace ya muchos años, la vida todavía está viendo cómo hacer para no asustarnos. Quien haya probado alguna sustancia psicodélica (o quien, como fuera, haya tenido experiencias de mucha apertura perceptiva y sensible) puede fácilmente reconocer que el miedo no es a la muerte sino a eso que llamamos vida —la vida: ese código infinito, imparable, arrasadoramente creativo. La muerte no es más que un brusco cambio de planes. Si las cosas están como están, es porque no sabemos qué hacer con tantos planes.


El animal humano se ha aplastado a sí mismo con sus propios mapas. No huele la tierra, huele sus diagramas —sus imágenes mentales. Pienso que cualquiera de las situaciones sociales que estamos viviendo en el planeta puede ser desmenuzada a partir de esta noción. Toda guerra es un intento de sostener una ficción. La fuerza con que intentamos sostener ficciones es proporcional al susto que todavía tenemos atragantado. Pienso que no tiene sentido desconocer ese profundo temor. El desafío es que, cuanto más asustada está la bestia, más monstruosa se pone; y, cuanto más monstruosa se pone, más difícil de amar se vuelve. Y lo que necesitamos, justamente, es poder amar a la bestia. Porque la bestia es bestia solo por no ser amada. Digámoslo otra vez: la bestia es bestia solo por sentirse falta de amor. Su pedido de afecto, desmesurado y agresivo, ya atravesó el umbral de lo tolerable. ¿Cómo amar al monstruo que por pedir amor ya no sabe hacer otra cosa que dañar?


Si pensamos que amar es solo dar espacio, la ecuación hace sentido: no es tan fácil amar al asesino. El punto es que el asesino es un niño horriblemente asustado. No queremos reconocerlo porque creemos que reconocerlo es justificar el devenir de sus decisiones concretas en el mundo. Y no es eso. No se trata de justificar o perdonar. La sociedad castiga al asesino para no reconocer que el asesino también castigó a alguien por haber sido a su vez castigado —a su vez, quien le dañó lo hizo porque, a su vez, fue dañado. El dominó se remonta al inicio de la historia humana. Tenemos que darnos vuelta para reconocer ese camino de dolores imposibles. La inercia es cada vez mayor porque el dolor, recubierto de relatos, se vuelve cada vez más intolerable. Como la inercia es poderosa, darnos vuelta no es tan fácil. Hace falta juntar energía.


Pienso que el trabajo profundo es esa recolección de energía que nos permite reconocer nuestros modos reactivos de encender la mecha. Es un trabajo social y colectivo, pero también es un trabajo odiosamente individual. Cada individuo tiene su muy particular sistema de engaños, delicadamente forjado para ocultar la falla. Es cierto que, en gran medida, la falla aparece en los procesos de colisión de las estructuras defensivas de los diferentes individuos. Los modos en que convertimos el encuentro con las otras personas en una batalla son la revelación de esa falla —la falla no es el error, es simplemente el mecanismo automatizado de respuesta inconsciente para la supervivencia de la forma.


Los talibanes también expresan una parte nuestra. De hecho, hubo hace un tiempo una expresión —creo recordarla al menos en boca de mi padre: no seas talibán o tal persona es medio talibán. Claro, todxs somos un poco talibanes —en el sentido de que somos todxs un poco extremistas. En sí, la personalidad es un dispositivo extremista —es extremista la necesidad que tenemos de prescribir qué sí y qué no —quiénes sí y quiénes no. Así, los talibanes (también) son síntoma de la condición humana. Más allá de si a los talibanes de carne y hueso haya que frenarlos o no, lo que digo es que tenemos que reconocer (también) a nuestro petit talibán interior —como se decía hace tiempo, ese enano fascista dentro de cada quien. Y cuando hablamos de reconocerlo, no hablamos de eliminarlo. Eliminar el síntoma es la salida supuestamente más fácil, pero es la más tramposa. Soñamos con apretar un botón que elimine a los malvados del planeta. Soñamos con inyectarnos alguna sustancia que solucione todos nuestros problemas. En el fondo creemos que, eliminándolos, los problemas se acabarán. No es así. La realidad es un sistema complejo y dinámico y los monstruos son emergentes de esa dinámica compleja. Amar al monstruo incluye incluso amar la imposibilidad de amarlo. Tenemos que también hacernos cargo de nuestras dificultades para aceptar las dificultades.


Unos días antes de escribir estas páginas, sentí bastante rechazo por alguien. Si el rechazo fue una reacción, mi primera reacción con respecto a esa reacción fue de juicio —mi sistema dice que rechazar no está bien. Es decir, rechazo al rechazo. Como rechazar no está bien, mejor que lo que rechazamos ni exista. Eliminar lo que nos da rechazo es una forma de no sentir (experimentar, vivir, comprender) ese rechazo. Tal vez como nunca antes, tal vez debido al contexto de permiso que se generó en mi situación particular, me dediqué a no intentar cubrir mi sensación/necesidad de rechazo con máscaras de interés y camaradería. Cuando se nos enseña a ser amables, el amor pasa a ser un gesto social y codificado, funcional al sostenimiento momentáneo de ciertas estructuras de acuerdo comunitario, pero nocivo (por no sustentable y poco ecológico) a largo plazo. Somos amables para que nos amen, pero el amor no es algo que nadie pueda darnos.


Si no puedo amar (sentir) mis reacciones de rechazo, tendré que canalizar la (re)presión de alguna manera —digamos, eliminando. Todo homicidio (todo genocidio) es la descarga de una tensión generada por el rechazo a sentir un rechazo. Para sanar el racismo, el fascismo, la discriminación social, el sectarismo, el clasismo, etc., lo que necesitamos no es creer que somos todxs iguales y que nos amamos porque somos hermanxs; necesitamos, más bien, pienso, amar (asumir) el hecho de que, por ser diferentes (tremendamente diferentes) nos generamos reacciones (a veces, bien intensas) unxs a otrxs. Tenemos que asumir que nos damos miedo unxs a otrxs. Tenemos que asumir que hasta nos damos asco. De otro modo, el amor sigue intentando ser una práctica social de orden moral y exclusiva. El amor no excluye a la exclusión. Si el amor no excluye nada es porque también incluye las necesidades que tenemos de excluir.


Tenemos que comprender profundamente esas necesidades. La necesidad de excluir, con todas sus consecuencias visibles en el mundo, es parte inevitable de la tecnología psíquica del aparato humano. Paz y amor como símbolo moral no alcanza. Necesitamos permitirnos sentir rechazo. Sentir rechazo no es rechazar. Si rechazamos, es porque no nos permitimos sentir el rechazo. Para permitirnos sentir rechazo, necesitamos no descargarlo en la primera víctima que nos inventamos. El teatro del mundo es un despliegue dramático de negaciones intolerables. Creemos necesitar eliminar al otro porque creemos no poder asumir que su otredad también nos constituye.


Necesitamos asumir que el odio al otro responde a un susto primal y constitutivo. Asumir la herida que nos generó la necesidad que tuvimos de empezar a percibirnos tan separados es un proceso que está tomando miles de años. No puedo no confiar en el largo plazo. Desconfiar de la inteligencia del destino me parece absurdo. Pienso (sé) que vamos por buen camino. Lo que sí, me pregunto por las posibilidades de maduración a corto plazo.