Ficción degenerada



Los géneros literarios y fílmicos nos importan menos en sus formas primitivas, “puras”, no cuestionadas, que en las degradaciones que dicha pureza ha experimentado, en las manifestaciones que, tratando de reformular las normas genéricas, nos indican hasta qué punto los géneros no han sabido proponer una visión de la realidad humana y social —y hasta qué punto han proseguido acertadamente, aunque parcialmente, en dicha visión.
Frank D. McConnell, El cine y la imaginación romántica

...estamos empeñados en separar (¿circunsidar?) el erotismo de la pornografía o, en su defecto, definirlos, encerrarlos en compartimentos estancos e incontaminados (sexo para fumadores, erotismo para no fumadores... ¿o viceversa?). ¿Merece realmente la pena?
Ramón Freixas y Joan Bassa, El sexo en el cine y el cine de sexo


Mumblecore, melodrama, nuevo cine argentino, brasilero, iraní o alemán, y la nouvelle vague y el neorrealismo italiano, dada, drama y dogma, el del 95, comedia y terror, y clase B y suspenso y policial, negro o inglés, y las recomendadas para ti, y porque has visto tal otra, y las más vistas hoy en Groenlandia, y el cine arte, o experimental, o el video danza, y el video ensayo y el video minuto, que sí, en ese caso es más concreto, dura un minuto, pero por qué, esa necesidad, aparente, cultural, desenfrenada, por decir novela, o nouvelle, ensayo o autoayuda, figurativo y abstracto, ¿por qué, sino porque el Blockbuster tiene que ordenar sus anaqueles?


Para vender.


Para comprar.


Para saber si va a estar bueno.


Desde los mismos creadores, desde la crítica, desde las plataformas de distribución y comercialización, desde (y hacia) la necesidad del usuario de saber, a priori, con qué tipo de experiencia se está por encontrar, se despliega (o se expresa) la propulsión incontenible a la etiqueta.


—La mermelada será de terror.


Y saberlo nos da seguridad.


Las experiencias (las estéticas, las otras) nos llegan empaquetadas en lo que llamamos géneros y sub-géneros. La etiqueta clasificadora nos dice qué esperar, nos prepara para reír o para llorar —o para reír y llorar. O para reír y temer, o para ese tipo de excitación que se supone produce la pornografía, que, digámoslo, no sabemos bien qué es.


Un pene erecto ¿ya es pornografía? ¿Y semi-erecto? Un beso con lengua y saliva, cuando la saliva pasa de una boca a otra, y es visible, innegable, ¿ya es pornografía? El ano ¿es lo más inconsciente y tenso de una cultura? Una actuación radiante, explosiva, feroz, ¿es pornografía? ¿Y una actuación muy codificada? ¡Tal vez sea esa, la que contiene el grito dentro de una mueca significante! Gritar ¿es un acto pornográfico?


Para calificar un contenido audiovisual, o literario, como pornografía, ¿necesitamos ver un objeto alargado ingresando en una cavidad? A Flaubert le hicieron un escándalo (hoy, históricamente importante y ya culturalmente ingenuo) por su (hoy sutil y celebrada) querida Madame Bovary. El escándalo, claro, hizo que vendiera más libros. El escándalo vende, es un lugar común. La pregunta es por qué lo común vende y qué hay más allá de lo común.


¿Qué es un escándalo? ¿Por qué vende? ¿Vende porque les confirma a las almas culturales que lo que consideran obsceno es en definitiva obsceno? El escándalo ¿es la parte tranquilizadora de la obscenidad? Compramos escándalos para comprar seguridad. El escándalo confirma un orden moral, hacemos aspavientos para definir, más bien confirmar, los bordes de la escena. ¡Aquello no entrará!


También está el tema de la provocación.


Hace unos años veíamos las películas de Von Trier con lo que se llama “sexo explícito” y era difícil no preguntarnos si el cineasta estaba de hecho queriendo provocarnos. Al menos, me pasó; y es algo que me pregunto seguido: ¿están queriendo provocarme de una manera específica? ¿Quieren algo concreto de mí? ¿Quieren usarme como superficie reactiva que confirma la obviedad de un efecto buscado? Me gusta creer que los artistas tienen las mejores intenciones, pero me cuesta no sospechar.


Como sea, está el tema del efecto buscado. ¿Por qué necesitamos saber qué quiso decirnos, o hacernos, quien nos obsequió su arte? ¿Por qué valoramos la equivalencia entre los planes y los resultados? ¿Somos criaturas adictas a la coherencia entre la causa y el efecto? La provocación ¿tiene éxito cuando provoca lo que quiere provocar?


La pregunta es si el logro es pornografía, si la provocación (lograda o no) es pornografía y/o (si se quiere) si la pornografía es provocación.


¿Qué es la pornografía?


Tal vez la pornografía profunda, real, más allá de lo que llamamos comúnmente “porno”, sea ese intento de definir una intención —ese intento desesperado por comunicarnos: el intento, o la pretensión, de una claridad que, si investigamos, descubrimos falsa, cultural, impostada, forzada y caricaturesca —acaso, incluso, innecesaria. Decimos así: en mi discurso (pornográfico), el mensaje, diáfano, impoluto, llega de mis manos artistas a las vuestras, cotidianas y dormidas. Hemos logrado comunicarnos, nos hemos entendido.


Entonces, el tema del entendimiento. ¿Es el entendimiento algo atroz? ¿Es obsceno? No, ¡es demasiado poco obsceno! Es legible —demasiado legible.


En lo que habitualmente llamamos pornografía, la legibilidad alcanza su punto máximo y estalla en un orgasmo de anti-ambigüedad. No hay en ese sentido obscenidad, todo queda dentro de la escena. Todo se ve, todo se puede ver.


¿Qué hay, en una porno, fuera de escena?


¿Podría una porno ser un poco más ambigua —o sutil? ¿Es la pornografía la disolución de la ambigüedad —de la complejidad? ¿Es la pornografía, justamente, lo opuesto a la obscenidad? En la escritura porno, todo es visible —no hay ruido en el mensaje.


Digamos que la pornografía es la (pretensión de) eliminación del ruido en un mensaje —un mensaje que se vuelve demasiado (obsesiva y comercialmente) claro. La pornografía como la pretensión totalizadora de la imagen: en la imagen porno, todo está a la vista, nada queda fuera de escena —no hay obscenidad. La pornografía como la negación de la posibilidad de la obscenidad. En este sentido, la narración pornográfica es la narración perfecta. Todo se entiende, todo hace sentido, todo tiene un final (viscoso, pero sólido).


Sin obscenidad, sin ruido, la pantalla se vuelve una eyaculación de claridad. En una