La guerra es un problema estético







La paz no es una ideal ausencia de guerra. Tenemos que hacer las paces con la guerra, porque la verdadera guerra es la guerra contra la guerra. Decimos que está mal pelear porque no comprendemos que la moral es, en el fondo, un problema de sensibilidad. El mal es lo que no podemos (no queremos) escuchar. Escuchar no es justificar. Hacer las paces con la guerra no significa justificarla ni dejar de detenerla. Significa comprenderla. ¿Por qué peleamos? ¿Contra qué peleamos realmente? Claramente no peleamos por comida. La explicación de la supervivencia animal no alcanza. El ser humano es un animal que no lucha solamente por la supervivencia física. Los problemas económicos son en verdad problemas simbólicos —y todo problema simbólico es un problema sensible. Si es cierto que nos hemos reproducido de más (si hemos superpoblado la Tierra), eso es consecuencia de la escasez y no su causa. Ser muchxs no es un problema, es un síntoma. ¿Qué señala ese síntoma? Señala el temor a la escasez, el temor a la falta, que es, en última instancia, temor a la muerte. Somos un animal traumatizado por su propia historia de la muerte. Para sobrevivir, tuvimos que inventar nada más ni nada menos que la muerte. Para los humanos, morir no es solo desorganizar el cuerpo físico, es desorganizar el nombre, la historia personal, la importancia personal, la propiedad de la vida, el ego. Por eso tanto terror; el ego (la personalidad) es un dispositivo diseñado para no comprender que lo que llamamos muerte es solo el fluir de las formas de la vida. Si el ego nos permitió sobrevivir, ahora nos permite tanto crear como sufrir. Crear no es luchar contra la muerte. El arte no es una batalla por el reconocimiento. Luchar es no querer sufrir, y sufrir es no querer crear. Es decir, luchar es no querer crear. La guerra es solo falta de creatividad —es decir, de sensibilidad. La guerra no es un problema político, es un problema estético. Si la estética es la práctica de la sensibilización, el terror es la práctica (y el producto) de la insensibilidad. Si sentimos terror es porque estamos anestesiadxs. Cuando damos atención, cuando escuchamos, cuando despertamos la sensibilidad, el terror desaparece. Si la guerra es falta de escucha, la paz no puede encontrarse al desoír (reprimir, eliminar) a la guerra. Estamos diseñadxs para pelear; el ego es, en sí mismo, una batalla contra la vida —contra lo que lee como descontrol. La vida es una coreografía tan compleja que nuestra mente simplificadora no alcanza a agarrarla. De ahí el terror, y de ahí la lucha. La identidad (individual y colectiva) es una ficción (una fijación) cuya estructura se sostiene luchando. Tenemos que entender que el dispositivo llamado ser humano está diseñado así. Lo interesante es que la misma tecnología que le hace sentir terror (y, debido al terror, hacer la guerra), también le sirve para escuchar a la vida. La ficción (como modo de percibir y como arte) es una tecnología con doble filo. El ego es tanto un pozo como una plataforma de despegue. Gracias al refugio simbólico y afectivo de la percepción ficticia, pudimos, y podemos, desarrollar niveles de sensibilidad inauditos. Es esa misma sensibilidad la que, leída como fragilidad, nos provoca tanto terror. Nos aterra escuchar. Crear es escuchar a la vida. Paz es creatividad. La guerra no es un problema, es un síntoma. Un síntoma de la anestesia inevitable producida por nuestro aparato perceptivo. Tememos porque no escuchamos. El miedo no se soluciona eliminando aquello que creemos que lo causa. Al contrario, el miedo es una invitación a escuchar la voz de aquello que tememos. Si tememos (si combatimos), es porque no escuchamos. Enemigo es solo el nombre que damos a lo que creemos intolerable. Lo intolerable es intolerable solo porque somos intolerantes. Tenemos una intolerancia a la vida. El ser humano es un animal alérgico. Su adicción es la ficción de su identidad. Solo pelea quien teme. Y quien teme, más que juicios y castigos, necesita abrazos.



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