La humanidad está frustrada




Le pusimos muchas fichas a la historia de que la vida es dura. Por miles de años. Hace miles de años, aprendí que no me la puedo pasar jugando. Aprendí que no me la puedo pasar aprendiendo. Aprendí que hay cosas que son así. Así. Así como son, como se supone que ya son —y ya está. Aprendí que hay que trabajar para sostener la idea de que hay que trabajar, aprendí que no puedo estar en entusiasmo todo el tiempo, aprendí a pertenecer a la tribu que se enseñó, a sí misma, cómo pertenecer. Y me acomodé, creo, dentro del perímetro de esas enseñanzas.

Un perímetro de pertenencias.

Pertenecemos a lo que acordamos pertenecer. Pertenecemos a la Historia, que no es sino un relato de pertenencias.

Hice refugio, entiendo, en un lote humano de ficciones. La humanidad, hoy, también es una ficción. Y hoy, junto al acantilado, siento vértigo. Podemos sentir, cada quien, el vértigo de toda la especie, que salta y deviene otra cosa. Vértigo, así llamamos a la tensión entre las ganas de saltar y la presión de la inercia identitaria. A cada momento —diría: a cada instante— puedo elegir; más bien tengo que elegir: saltar o aferrarme al peñasco. Pero ¿soy yo quien elige? ¿Es Yo quien elige?

El saltar, lo entendemos como un acto voluntario, un coraje del individuo. ¿Es así?

Siento el tironeo, como si no quisiera dejar de ser lo que ya fue —ese Ser Humano. Es como si siguiera succionando de una teta seca, deshidratada. ¿De cuántas historias resecas seguimos intentando alimentarnos? La humanidad está deshidratada.

A veces, me siento encerrada en un cerco de cadáveres. Hoy, pienso que mi identidad es un cadáver. Soy un tejido de cadáveres —Frankenstein. No podemos identificarnos, pienso, sino con el pasado. Recuerdos. Y sí, también con el futuro. Proyectos. Y el futuro es un mapa del pasado. La identidad es pura memoria: el recuerdo del recuerdo pasado y el recuerdo de la visión futura. Esto, decimos, es lo que dijimos que queríamos.

El tironeo se da entre el futuro y el pasado, entre las preocupaciones y los arrepentimientos. El pasado y el futuro están en guerra. El presente es vivido como un campo de batalla.

Y el presente más presente —el instante— está desierto.

Es como si por miles de años hubiéramos estado confeccionando unos vestidos que ahora se sienten apretados. Es como si pretendiéramos seguir usando esos vestidos. Lo intentamos, hacemos contorsiones para que parezcan cómodos; los modelamos, para justificarnos; porque después de tanto trabajo no podemos, así como así, dejar de ser lo que somos.

—Qué desperdicio —decimos—, si los vestidos son tan lindos.

La ropa de los bebés, ay, dura tan poco. ¿Por qué les dura poco? Porque crecen rápido.

¿Dejamos de crecer para no tener que seguir cambiando la ropa?

Dejamos de crecer cuando definimos la ropa que queremos usar para siempre. Al menos, dejamos de crecer así de rápido.

¿Dejamos de crecer rápido o nos creemos que así es?


La adultez podría ser definida como una idea de lentitud. Nos volvemos adultxs cuando empezamos a detenernos —a entender por dónde no nos es dado movernos.

La humanidad, con sus vestidos rotos, con su armadura destrozada, con sus movimientos atorados, con su inocencia ya mapeada, con sus juegos enfrascados, se siente frustrada. La imagen es devastadora. Las historias están rotas y la humanidad está frustrada.

Y ahí estamos, aquí estoy, en el acantilado. Soy una bolsa de historias frente a un acantilado.

—Ah —me digo—, tal vez no se trata de saltar, sino de dejar caer la mochila. Pero, oh, ¿y si después la necesito?

Me siento en el borde, con las piernas colgando. Tal vez no tenga que hacer nada. Dejo que al menos una parte de mi cuerpo cuelgue. Mis piernas se balancean. Por lo menos, algo está suelto. Entonces pienso que tal vez saltar no sea saltar sino solo no (pretender) aferrarme al peñasco. Puedo reconocer que no soy solo lo que creo ser — esa personalidad tejida con cadáveres de ilusiones asesinadas.

¿Será que la humanidad es un paso hacia otra cosa?

¿Será que está bien que eso que llamamos Humanidad —la Mochila Humana— se desbarranque?

Miro el horizonte. Distingo el agua y el cielo. Por un momento, ni sé cómo decirlo, es frustrante, no tengo bordes.


*


Este texto forma parte del libro La humanidad está frustrada.

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