La intuición y la muerte


El orden industrial mantiene su control sobre las actividades humanas debido a la energía generada por la cualidad mítica de su visión. (...) Las adicciones míticas funcionan parecido a las adicciones al alcohol y a las drogas. Incluso cuando obviamente están destruyendo a la persona adicta, la fijación psíquica no permite la supervivencia momentánea. Cualquier cura efectiva requiere pasar por la agonía de la abstinencia.
Thomas Berry
...la revolución de la técnica que se avecina en la era atómica pudiera fascinar al hombre, hechizarlo, deslumbrarlo y cegarlo de tal modo, que un día el pensar calculador pudiera llegar a ser el único válido y practicado. (...) El pensamiento meditativo requiere de nosotros que no nos quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos corriendo por una vía única en una sola dirección.
Martin Heidegger


Se ha vuelto muy difícil, o desafiante, escuchar a la intuición —eso que podemos llamar intuición. Cuando el miedo a la muerte es activado, el ser humano pone su gran herramienta, la razón, a trabajar en pos de la supervivencia.

—No quiero sobrevivir —me dijo alguien, y me dejó pensando—. No quiero vivir con el foco en sobrevivir: sobrevivir es vivir sobre la vida...

¡No queremos más vivir sobre la vida!

Vivir sobre la vida es vivir en los mapas trazados por nuestra razón, los mapas que demarcan los bordes de la identidad, que son los bordes entre lo posible y lo imposible. La identidad es lo único que teme morir. El temor de morir es el programa básico de cualquier identidad. Por eso la identidad no sabe gozar realmente, porque para gozar realmente, profundamente, hay que, en algún sentido, dejarse morir. Morir es solo desactivar el programa de supervivencia. Morir no es dejar de existir, morir es dejar de temer morir.

Morir es dejar de temer morir. Pero el modo supervivencia se ha activado, en estos tiempos, con ferocidad. El animal simbólico, acorralado por una infodemia autogenerada, expone las garras de su maquinaria perceptiva.

El ser humano, por cientos o miles de años, se ha vuelto un especialista de la razón. La razón está hecha de razones, que son tejidos de historias, que, a su vez, están hechas de palabras. La razón está hecha de lenguaje. Digamos que razonar es funcionar de acuerdo a un lenguaje razonable. La razón funciona por medio de razones y las razones son relatos, conclusiones, historias, cuentos. La razón se organiza mediante cuentas y cuentos. Números y relatos. Pensamientos. La razón funciona mapeando lo real.

Una consciencia polarizada hacia el lado de la razón tarde o temprano termina por creer que sus mapas del mundo son el mundo. La razón mapea para el beneficio de la identidad. La identidad es la autoimagen de una forma de organización de la vida. Una persona es una identidad. El principal programa de la identidad es el de la supervivencia. Entonces la razón está, primero que nada, ocupada por servir a la supervivencia.

La razón sobrevalora eso que llama vida, que, digámoslo, en términos razonables es solo una acotada porción de lo que la Vida es; y menosprecia eso que llama muerte, que tal vez no sea sino lo que queda por fuera del campo de lo razonable. Lo razonable es lo que se puede razonar. Para la consciencia polarizada hacia el lado de la razón, la vida es lo que se puede entender y decir de la vida. Nadie dice que la vida sea lo que se dice de la vida. Nadie lo dice porque no se puede decir. Digámoslo: la vida es mucho más que lo que nuestros mapas mentales nos dicen que es.

El ser humano ya no sabe cómo tomar decisiones. A lo largo de los últimos cientos de años la razón ha ganado tanto poder que el individuo humano, y los colectivos sociales también, ya no saben cómo tomar decisiones si no es en base a las conclusiones de la razón, claramente muy ligadas al conocimiento científico y a la forma de percibir que tiene la ciencia y lo que se ha dado en llamar mente tecnológica.

La razón divide el mundo en partes: la división principal, como dice Ken Wilber, es la del objeto y el sujeto. El ser humano razonable se percibe separado del mundo y sus decisiones, claro, no pueden sino surgir de ese modo o esquema perceptivo. Ese es el modo perceptivo que le lleva a solidificar los bordes de lo que antes llamamos identidad. Llamamos a ese modo percepción separatista. La percepción separatista solidifica los bordes de las formas. La continuidad del mundo material es quebrada por la sobre- impresión de las formas del entendimiento humano. Gracias a la polarización de la razón, dejamos de vivir sobre la tierra y pasamos a vivir sobre los mapas mentales de la tierra. Como creemos que esas fronteras que imponemos al mundo son reales, es natural que el programa de supervivencia sea lo más importante. La percepción separatista, y todos los relatos derivados de ella, necesitan del programa de supervivencia —que es el programa del miedo a la muerte. Y entendamos esto: una cosa es instinto de supervivencia, otra es miedo a morir.

Entonces, en el fondo, la mayoría de las decisiones del humano moderno son decisiones tomadas sobre el fundamento del miedo a la muerte. ¿Por qué decimos humano moderno? Como dice Terence McKenna, solo en los últimos 500 años el ser humano comenzó a creer que eso que llamamos muerte física es el final de la existencia —o del proceso de la consciencia. Casualmente, esos 500 años son los años del desarrollo acelerado de la ciencia y la razón. El humano moderno, entonces, con toda esa inclinación hacia el progreso (hacia el futuro) es un animal que toma decisiones a partir de un programa que se llama temor a la muerte.

No sabemos morir. No sabemos lo que es morir. Ahora, olvidamos lo que es morir porque la inteligencia del planeta, o del cosmos, parece, así lo quiso. Todo lo que sucede en la Tierra es parte del proceso de la consciencia de la Tierra. Todo lo que sucede en el cosmos es un evento cósmico. Entonces, este olvido no puede ser un error. De hecho, solo el ser humano cree en la posibilidad del error. Solo el ser humano tiene la arrogancia de creer en el error. Y por eso sufre. Sufre por su arrogancia. Sufre porque tiene la arrogancia de creer en el error. Para intentar evitar el error (el error de morir), se proyecta hacia el futuro, en un movimiento estratégico que busca gobernar la realidad.

Digamos que el error del ser humano es creer en el error. Por creer en el error, instala programas que refuerzan la creencia en el error —porque refuerzan su percepción separatista. Solo una entidad que se percibe separada puede creer en el error, porque el error, para una forma que se percibe estable, es la deformación — la transformación, o sea, la muerte.

Para evitar la muerte, para controlar, o más bien intentar controlar, eso que percibe como un posible error en el sistema, el humano racional toma sus decisiones racionales. Ojo, no es que la razón sea una herramienta inútil. No, solo digamos que la razón es uno de los polos. ¿Cuál sería el otro polo? ¿La intuición?

¿Qué queda de la intuición cuando la razón se ha llevado todos los premios?

En este momento, lo digo a nivel personal y también a nivel colectivo, parece particularmente desafiante darle lugar a la intuición. Los especialistas del mundo, que no sabemos a qué intereses responden, dicen todo tipo de cosas. El relato oficial se compone de una sumatoria de sub-relatos que organizan una dinámica perceptiva centralizada. El virus es información. No tiene vida, como dicen algunos científicos, es pura información genética. ¿Qué nos dice eso? ¡El virus es información! La circulación de la información, ya lo sabemos, crea los contextos perceptivos dentro de los cuales la humanidad global se anima a tomar sus decisiones. ¿Cómo toma decisiones hoy la humanidad? ¿Quién dice qué es lo que debemos hacer? ¿A quién le creemos? ¿Cuál es la verdad?

En estas semanas ha circulado todo tipo de información. Muchas personas eligen solo creer en el relato oficial, se contentan con hacer lo que las autoridades dicen que hay que hacer y se quedan en sus casas, no sé si tranquilas, pero en algún sentido, perceptivamente tranquilizadas por la creencia. Creer en algo estabiliza las posibilidades perceptivas. Tomar partido por alguna versión de la realidad nos lleva a, al menos, creer que pisamos suelo firme. Aunque no sepamos cómo se desplegarán las cosas, al menos creemos estar segurxs de algo. Eso, para mucha gente, parece muy importante. Vital. No estamos entrenades para habitar el no saber. Realmente, no lo estamos. El aparato cultural se apoya en la idea del conocimiento cierto y el imperativo del saber. Debes saber quién eres, qué quieres y qué crees. Si hoy el futuro es claramente incierto, al menos, decimos, déjenme pisar un presente cierto.

Lo cierto es que no solo el futuro es incierto. El presente, al menos el presente en términos narrativos, también lo es. ¿El presente en términos narrativos? Sí, hablo del presente en tanto narración, escenario o estado de situación —porque el presente, el presente más presente, el instante, está quieto como el ojo de un tornado.

En el instante no está pasando absolutamente nada.

Como sea, en el escenario del mundo, hoy, en lo que podemos llamar el tiempo, no sabemos realmente lo que está pasando. Nadie puede afirmar conocer la real realidad de lo que está pasando. En algún nivel, aunque sea profundo, cualquiera que afirme saber lo que está ocurriendo, lo que de hecho está haciendo es creer en algo. Y creer es no sentir. Creer es decidir la estabilidad de una posible configuración de lo real. Para creer algo y estabilizar un mapa, necesitamos dejar percepciones afuera del mapa. Para dibujar un mapa, hay que simplificar el territorio. La verdad, decía Nietzsche, es la mentira más eficiente.

Ahora, ¿para qué tanto mapa? ¿Para qué necesitamos los mapas? De nuevo, insisto, para sobrevivir. La verdad ¿para qué? Para sobrevivir. La gran trampa de la razón es creer en la necesidad de definir una verdad. (Claro, la razón crea formas, cierra formas —verdades). Ahí, en la pregunta por la verdad, solemos quedar atrapadas. Viendo una de las entrevistas de Brian Rose a David Icke, pensaba: más allá de que lo que él está contando sea verdad o no, hay una verdad —una que no es la adecuación de las historias a los hechos: si la mente humana puede imaginar algo, en algún nivel ese algo es realidad; tiene, al menos, un cierto grado de realidad. Tal vez no sea tan gruesa la supuesta barrera que separa lo real de lo imaginario.

¿Es absurdo pensar que cualquier cosa imaginable es, en algún nivel, realidad? No lo creo. Se viene diciendo que el cerebro no distingue entre un estímulo del mundo “real” y un estímulo del mundo “imaginario”. Hay experimentos que muestran que tal vez no haya tanta diferencia entre hacer un ejercicio con el cuerpo y hacerlo con la imaginación. A lo que voy es a que tal vez haya algo más importante que lo que llamamos la verdad —esa obsesión de la razón. En nombre de la verdad se toman decisiones de todo tipo; lo complejo, y acaso tramposo, es que esa verdad nunca puede llegar a ser del todo demostrada. Ninguna verdad puede ser profundamente demostrada. Al menos, no ninguna verdad que pueda ser narrada con palabras humanas. Ahí, entonces, lo falible de un sistema que apoya sus éticas y sus políticas en la razón. ¿Habrá algo más efectivo, o más feliz, que una política apoyada en la razón? ¿Podrá pensarse en algún tipo de política intuitiva?

Después de ver dos entrevistas a David Icke me queda la sensación de que no tiene realmente tanta importancia si lo que él cuenta es “verdad” o no; después de todo, creerle a él sería como creerle a cualquier otro narrador: pienso que algo de lo más importante de lo que David trae, al menos para mí, es la posibilidad de que lo que cuenta sea verdad. No la verdad de lo que cuenta, sino su posibilidad. Claro, en algún nivel, sí es importante si ciertas cosas pasaron o no. No estoy intentando relativizar por completo la noción de realidad, ni ampararme en una suerte de negación de los hechos. Lo que digo es que, por momentos, creo, o pienso, o siento, le damos demasiada importancia a los hechos —a su estatuto de realidad. Más allá de eso, más allá de cuán real es lo real, lo que me parece importante es la pregunta, a nivel personal, individual, por cómo voy a tomar y procesar esta información, y para qué la voy a usar.

Si todo el complot del que habla Icke es cierto, si cada cosa que narra sucedió en la realidad real, aun así, estamos ante movimientos ficticios. ¿Por qué? Cualquier acontecimiento narrable es ficticio, en el sentido de que, al devenir narración, es interpretación. Lo que puede pensarse, dice Nietzsche, tiene que ser sin duda una ficción. Eso, por un lado. Por otro lado, podemos decir que todo lo que el ser humano hace desde su pensamiento ficticio es parte de su ficción. La gran ficción es percibirnos separadxs, la gran ficción es creer en las ficciones (los bordes de nuestros mapas): cualquier serie de acontecimientos nacidos de ese modo de percibir es, podemos decir, el despliegue de un drama ficcional.

Si existe un complot, lo dice el mismo David, si hay personas orquestando una coreografía totalitaria, su motivación última es el miedo. Están aterrados, por eso hacen lo que hacen. Exista o no ese complot, el terror que esos seres (reales, no tan reales, un poco imaginarios o totalmente imaginarios) encarna, es un terror colectivo, perteneciente a la humanidad, o a la consciencia humana, en su totalidad. Si en una clase un nene lastima a otro, tanto el nene lastimador como el lastimado, así como el maestre y la clase en su totalidad, y la escuela, y la sociedad de la que es parte la escuela en cuestión, con sus gramáticas culturales, y sus políticas internacionales, y la Tierra y el Cosmos, vamos, todo es parte del mismo sistema. Claro que no es lo mismo si un nene imagina lastimar, amenaza con lastimar o físicamente lastima a otro. El nivel de manifestación de la anomalía, en cada uno de los tres casos, es diferente. Pero en los tres casos se expresa la anomalía. La pregunta más interesante, tal vez, tiene que ver con cómo está funcionando el contexto relacional que permite que el emergente tenga posibilidades de emerger —ni siquiera, que emerja, sino que tenga posibilidades de ser.

Cuando vamos a ver una película, la película nos conmueve, si nos conmueve, más allá de si lo que cuenta representa hechos “reales” o no. Muchas películas aclaran que están basadas en hechos reales, como si eso les agregara un valor. Lo cierto es que la emoción no viene de la realidad. Lo real no es algo que se puede creer o no, lo real es algo que se siente. El giro que las dos charlas de Icke dan hacia la última media hora me parece que tiene que ver con esto: después de pasarse una hora y media desplegando una narración posible de cómo toda la situación del virus es una conspiración usada por un grupo de personas para instalar un orden mundial totalitario, David da un giro, digamos, hacia la luz. Ante lo que parece ser lo más sombrío de lo más terrible de lo más bajo de lo más horroroso de las posibilidades de lo humano (algo frente a lo que incluso el horror del nazismo puede sonar infantil), la conversación deviene en una oda a la libertad de la consciencia infinita. De lo más apretado, saltamos a lo más abierto. No hay por qué temer, porque somos pura consciencia, pura e infinita posibilidad. Cuando el entrevistador pregunta qué hacemos entonces con toda esta información, el entrevistado dice: yo no estoy para decirle a nadie lo que tiene que hacer. Entonces, dice el entrevistador, nos queda escuchar a las tripas y hacer lo que sentimos que tenemos que hacer. Cuando no nos preguntamos por las consecuencias de nuestras decisiones (solo el miedo se pregunta por las consecuencias), dice el entrevistado, simplemente hacemos lo que tenemos que hacer.

A eso podríamos llamarle intuición. Más allá de todos los razonamientos y todo el acopio de información, más allá de todos los cálculos y todas las lógicas, hay un silencio que nos mueve.

Como hemos atrofiado nuestra sensibilidad intuitiva a fuerza de cientos de años de estimular el costado racional de lo humano, hoy parece no quedarnos otra que decidir creer en algo, elegir fundamentos incuestionables y luego, calculadora en mano, tomar decisiones adecuadas y estratégicas. Los especialistas son los guardianes de la razón; por suerte, ellos nos dicen qué hacer. Quedarnos en casa, ponernos el barbijo, no ver a nadie, y finalmente, clavarnos la vacuna.

Es mucha la gente que cuestiona el relato oficial: hay quienes dicen que todo esto es una inteligencia de Gaia, la Tierra, para reducir los niveles de consumo y limpiar el aire; hay quienes creen que toda esta situación está siendo usada para dar rienda suelta a regímenes totalitarios de control; hay quienes hablan de la interdependencia del humano y las bacterias y los virus; hay quienes aclaran que un altísimo porcentaje de la gente que murió con diagnóstico corona tenía importantes problemas de salud previos; hay quienes, como el citado David, dicen que el virus ni siquiera existe y que un grupo de humanos, poderosos o más bien aterrados, está orquestando toda esta coreografía para legitimar la instalación de esas modalidades autoritarias de controlar a la población mundial. En esta última línea, a veces llamada conspiracionista, están quienes acusan a los otros como si fueran los malos de la película, y están, por suerte, quienes reconocen que, de ser estas historias verdaderas, esos malvados no serían sino el emergente de una condición de la mente humana; es decir, toda realidad es sistémica: sea lo que sea que esté realmente pasando hoy en el planeta, lo que sea que esté pasando es un emergente de un sistema al que podemos llamar consciencia planetaria.

De nuevo, todo esto son historias, razones, conclusiones, ideas, mente. Aunque investigues horas y horas y años y más años, nunca podrás llegar a saber qué está pasando realmente, quién está orquestando qué, por qué pasa lo que pasa, para qué, qué es real y qué no, etc. En algún nivel, la realidad es siempre escurridiza. Hasta pareciera que, como dice Bentinho Massaro en un artículo de su blog, hay muchas realidades paralelas teniendo lugar en simultáneo. ¿Qué realidad quieres nutrir? ¿A qué tren te quieres subir?

De hecho, volviendo a lo de la investigación, probablemente, si investigas, encuentres lo que quieras encontrar. No sé si es una idiotez, pero pareciera que el tapiz de lo real es tan complejo que muchas verdades, contradictorias entre sí, son verdad al mismo tiempo. ¿Es así? Como sea, si no es así, ¿a quién le creemos?

¿Podemos razonar lo suficiente como para llegar a una decisión 100% certera acerca de quién tiene la razón? Creo que la creencia necesita de cierta inconsciencia. Para aceptar una verdad como verdadera, tu indagación deber detenerse. Si sigues adelante, indagando, lo destruirás todo. Llegarás, tarde o temprano, a lo innombrable. Al misterio. Al vacío. Por eso, si lo que quieres es estabilizar tu percepción, te sugiero que veas un par de videos, leas un par de notas y ya: tira una moneda al aire, o un dado de cien caras sobre la mesa, y deja que el destino te diga qué creer. Si lo que quieres es creer, no importa tanto qué elijas creer. Porque en el fondo, lo que estás buscando es la sensación de seguridad que te da la idea de saber qué está ocurriendo.

Ahora, si quieres aventurarte en eso que, como decíamos más arriba, no tenemos muy entrenado, y que es vivir sin hacer pie en la aparente firmeza del conocimiento, pues entonces te invito a tomarte este juego de otra manera. ¿Qué otra manera? Aquí aparece de nuevo la intuición.

Aclaremos: todo lo de la intuición también puede tener trampa. La trampa del otro polo —la intuición como una idea. Lo de que todos somos uno también puede ser una idea. Como dice Carutti, la ingenuidad de la tendencia visionaria de la mente. El infantilismo. Oriente y occidente separados. La intuición también puede ser una etiqueta mental. Tal vez, entonces, la intuición no sea lo opuesto de la razón. Tal vez no hablemos de oponer un Oriente a un Occidente. Tal vez estemos evocando un estado más integral, algo que supera, o habita, la polaridad.

Cuando el sistema se ve amenazado, cuando se percibe o entiende amenazado, el programa de supervivencia humano opera por razonamiento. Lo triste, tal vez, es que el razonamiento al que puede acceder un sistema que se percibe en peligro de muerte es un razonamiento basado en conocimientos del pasado —conclusiones sacadas de experiencias pasadas a partir de lo que, en esas experiencias, al parecer funcionó.

Si el programa del temor a la muerte está activo, no queda más que razonar, creer y tomar decisiones que se consideran adecuadas. Es muy difícil, sino imposible, cuando el miedo a la muerte está activo, proceder por intuición —o creatividad. No hay nada que acalle más a la intuición que el miedo a la muerte. ¿Por qué? Porque la intuición, justamente, es morir. La intuición es morir.

La intuición (la creatividad profunda) es la disolución de la percepción separatista, esa que te lleva a percibirte como una entidad fatalmente apartada que tiene que valerse de sus propios acotados recursos, de su escasez, para sobrevivir. La identidad funciona por escasez, por falta. La intuición, y la inspiración, que es su parte activa, funcionan por la fuerza de lo ilimitado. Disolver la percepción separatista es morir, porque lo único que puede morir es la estabilidad de una forma que se percibe organizada, y que para organizarse se separa.

Para reconectar con la intuición hay que morir. Morir es desactivar el programa del temor a la muerte. Solo muriendo a lo que creemos ser (lo que creemos valorar, lo que creemos querer, lo que creemos que nos importa, etc) podemos conectar con esa inteligencia supra-personal, supra-cultural, por momentos percibida como irracional, que tal vez no sea sino lo que nos conecta con eso que podemos llamar libertad creadora.

¿Cómo crear cuando tememos morir? ¿Cómo intuir cuando lo que prima es sostener un estado de cosas —una forma?

Entonces, la intuición y la muerte. ¿Podemos tomar decisiones más intuitivamente? No hablo de desterrar a la razón y enloquecer; más bien, hablamos de integrar el polo desatendido. ¿Podemos, en un contexto que se nos presenta fatal, dar cierto espacio a eso que llamamos intuición? ¿Cómo hacer? Porque pareciera casi imposible, al menos en términos sociales, o globales, tomar decisiones que, al menos para el lado de la razón, se perciben como irracionales. Cuando la sociedad está alterada por la activación feroz de su programa de supervivencia, el miedo a la muerte deviene programa totalitario. Con perdón por la comparación, léase el nazismo de este modo. Hoy, en muchos lugares del mundo, salir de casa es ilegal. ¿No es una locura? Tal vez no, tal vez este virus (o supuesto virus, si se quiere), peligrosísimo, justifique el encierro. ¿Será? Tal vez, tal vez no. Como sea, la sociedad está alterada, encerrada en su propia racionalidad.

Tal vez ese sea el gran encierro. La mente humana está encerrada en su razón. Exista o no exista el virus, exista o no exista un grupo malvado de personas orquestando una coreografía totalitaria, tenga o no sentido quedarse en casa, sea o no la vacuna un negocio multimillonario, tenga o no que ver el 5G en los problemas respiratorios, la humanidad está encerrada en sus historias. Eso, hoy, parece evidente. Y es evidente porque la humanidad, hoy, claramente, toma sus decisiones, al menos las decisiones colectivas, sociales, desde el contexto, o el mapa, trazado por esas historias.

Le llamamos hacer política.

Si la humanidad está enferma, digámoslo, está enferma de razón. Somos adictxs a las ideas. Más bien, somos adictxs a la creencia. Nuestra cultura es, en gran medida, una película de terror.

¿Qué es lo que nos aterra? Creer. Creer (confiar ciegamente en los mapas) nos aterra —nos destierra de la Tierra.

¿Será posible, en este contexto o en otro, recuperar algo de nuestra intuición perdida? ¿Será esta una oportunidad para esa reconexión? ¿Es posible un modo más intuitivo de lo político? ¿Tendrá la reconexión con la intuición que ser una cuestión individual, o a lo sumo, de grupos reducidos? ¿Puede operar la intuición a nivel colectivo?

Si hay algo que no podemos dudar es de lo complejo y sutil que se ha vuelto el paisaje planetario. Como decía David Icke, la inteligencia, o la sabiduría, tiene que ver con poder captar los patrones simples dentro de los mapas más complejos. Tal vez, entonces, no sea tan complejo. Si hay tantas ideas y tantas razones a las que adherir, tal vez el laberinto nos esté invitando a mover el punto de vista; como decían los brujos, correr el punto de encaje. Tal vez creemos demasiado en la solidez de lo real, tal vez confiamos demasiado en la realidad de los muros de nuestros más intrincados laberintos, tal vez seamos más libres de lo que creemos ser.

Tal vez más que preguntarnos qué es verdad, podemos preguntarnos qué sueño queremos alimentar. ¿Cómo queremos vivir? ¿Cómo nos queremos sentir? Más que preguntarnos qué deberíamos hacer, podemos preguntarnos qué sentimos hacer. Ninguna situación, ya nos lo enseñó Viktor Frankl, nos obliga a sentirnos de ninguna manera. Hay una libertad última más allá de cualquier panorama experiencial. Tenemos un poder creativo inmenso, indescriptible, despampanante. ¿Cómo lo queremos usar? ¿A qué tren nos queremos subir? ¿Qué realidad nos gustaría nutrir?

De última, pienso que todo lo que podemos llamar horroroso en la historia humana fue y es producto de una mente separatista que decidió dar la razón a alguna historia. Todo problema es mapa. Todo horror nace de alguna creencia. Toda creencia es la habilitación de un conflicto, en tanto el conflicto es el intento de resolver una tensión, que solo se vuelve intolerable cuando creemos. La intuición, si se quiere, es el movimiento de lo que está por fuera de la creencia. La intuición como lo increíble.

Si lo único que puede morir es la identidad, y si la identidad es un tejido de imágenes razonables, y si la intuición es lo increíble, o sea lo no razonable, tal vez la muerte y la intuición sean la misma cosa...

Podemos llamarle poesía. El acto poético como ese espasmo de consciencia, ese orgasmo de la atención, que nos lleva a, de pronto, percibirnos del otro lado del alambrado dentro del cual organizábamos la vida. Daos un momento, insiste la palabra poética, para evocar ese silencio.

Tal vez todo esto del miedo a morir lo que hace es reforzar el carácter prosaico de nuestro existir. La vecindad de la muerte nos lleva a reforzar los cerrojos del hogar del yo, y eso nos confina a la dimensión temporal narrativa de la identidad. Somos prosa, somos historia, estamos encerrados en la historia de la identidad. Quién te dice, tal vez, entonces, este encierro nos esté invitando a la liberación del gesto poético.

Hacer verso en el acantilado del sinsentido, reconocernos como animales poéticos y hacer poema con la Tierra.

Me pregunto si todo esto no es, más que una invitación a reconectar con la Tierra, una invitación a reconectar con la intuición. Aunque tal vez el movimiento sea el mismo. De nuevo, si hay algo que nos separa de la Tierra y de la inteligencia sutil del Cosmos es la forma en que mapeamos la experiencia. ¿Tanto nos cuesta asumir que los mapas no son el mundo? ¿Tanto nos cuesta reconocer que hemos vivido y estamos viviendo bajo el efecto narcótico de la creencia? ¿Tan doloroso es espiar por entre los fotogramas de la aparente continuidad de nuestros tejidos de pensamientos y vislumbrar ese silencio previo a cualquier saber?

Qué celebración, qué fiesta, cuando nos entregamos profundamente a la ignorancia, a la inocencia, al juego. No hay nada más saludable y vital que el entusiasmo y las ganas de jugar. Entonces, a jugar.



Jada Sirkin, abril 2020



Este texto forma parte del libro Ya estábamos en cuarentena, publicado en abril 2020. Si quieres bajarte el libro entero, haz clic aquí


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