La intuición y la muerte


El orden industrial mantiene su control sobre las actividades humanas debido a la energía generada por la cualidad mítica de su visión. (...) Las adicciones míticas funcionan parecido a las adicciones al alcohol y a las drogas. Incluso cuando obviamente están destruyendo a la persona adicta, la fijación psíquica no permite la supervivencia momentánea. Cualquier cura efectiva requiere pasar por la agonía de la abstinencia.
Thomas Berry
...la revolución de la técnica que se avecina en la era atómica pudiera fascinar al hombre, hechizarlo, deslumbrarlo y cegarlo de tal modo, que un día el pensar calculador pudiera llegar a ser el único válido y practicado. (...) El pensamiento meditativo requiere de nosotros que no nos quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos corriendo por una vía única en una sola dirección.
Martin Heidegger


Se ha vuelto muy difícil, o desafiante, escuchar a la intuición —eso que podemos llamar intuición. Cuando el miedo a la muerte es activado, el ser humano pone su gran herramienta, la razón, a trabajar en pos de la supervivencia.

—No quiero sobrevivir —me dijo alguien, y me dejó pensando—. No quiero vivir con el foco en sobrevivir: sobrevivir es vivir sobre la vida...

¡No queremos más vivir sobre la vida!

Vivir sobre la vida es vivir en los mapas trazados por nuestra razón, los mapas que demarcan los bordes de la identidad, que son los bordes entre lo posible y lo imposible. La identidad es lo único que teme morir. El temor de morir es el programa básico de cualquier identidad. Por eso la identidad no sabe gozar realmente, porque para gozar realmente, profundamente, hay que, en algún sentido, dejarse morir. Morir es solo desactivar el programa de supervivencia. Morir no es dejar de existir, morir es dejar de temer morir.

Morir es dejar de temer morir. Pero el modo supervivencia se ha activado, en estos tiempos, con ferocidad. El animal simbólico, acorralado por una infodemia autogenerada, expone las garras de su maquinaria perceptiva.

El ser humano, por cientos o miles de años, se ha vuelto un especialista de la razón. La razón está hecha de razones, que son tejidos de historias, que, a su vez, están hechas de palabras. La razón está hecha de lenguaje. Digamos que razonar es funcionar de acuerdo a un lenguaje razonable. La razón funciona por medio de razones y las razones son relatos, conclusiones, historias, cuentos. La razón se organiza mediante cuentas y cuentos. Números y relatos. Pensamientos. La razón funciona mapeando lo real.

Una consciencia polarizada hacia el lado de la razón tarde o temprano termina por creer que sus mapas del mundo son el mundo. La razón mapea para el beneficio de la identidad. La identidad es la autoimagen de una forma de organización de la vida. Una persona es una identidad. El principal programa de la identidad es el de la supervivencia. Entonces la razón está, primero que nada, ocupada por servir a la supervivencia.

La razón sobrevalora eso que llama vida, que, digámoslo, en términos razonables es solo una acotada porción de lo que la Vida es; y menosprecia eso que llama muerte, que tal vez no sea sino lo que queda por fuera del campo de lo razonable. Lo razonable es lo que se puede razonar. Para la consciencia polarizada hacia el lado de la razón, la vida es lo que se puede entender y decir de la vida. Nadie dice que la vida sea lo que se dice de la vida. Nadie lo dice porque no se puede decir. Digámoslo: la vida es mucho más que lo que nuestros mapas mentales nos dicen que es.

El ser humano ya no sabe cómo tomar decisiones. A lo largo de los últimos cientos de años la razón ha ganado tanto poder que el individuo humano, y los colectivos sociales también, ya no saben cómo tomar decisiones si no es en base a las conclusiones de la razón, claramente muy ligadas al conocimiento científico y a la forma de percibir que tiene la ciencia y lo que se ha dado en llamar mente tecnológica.

La razón divide el mundo en partes: la división principal, como dice Ken Wilber, es la del objeto y el sujeto. El ser humano razonable se percibe separado del mundo y sus decisiones, claro, no pueden sino surgir de ese modo o esquema perceptivo. Ese es el modo perceptivo que le lleva a solidificar los bordes de lo que antes llamamos identidad. Llamamos a ese modo percepción separatista. La percepción separatista solidifica los bordes de las formas. La continuidad del mundo material es quebrada por la sobre- impresión de las formas del entendimiento humano. Gracias a la polarización de la razón, dejamos de vivir sobre la tierra y pasamos a vivir sobre los mapas mentales de la tierra. Como creemos que esas fronteras que imponemos al mundo son reales, es natural que el programa de supervivencia sea lo más importante. La percepción separatista, y todos los relatos derivados de ella, necesitan del programa de supervivencia —que es el programa del miedo a la muerte. Y entendamos esto: una cosa es instinto de supervivencia, otra es miedo a morir.

Entonces, en el fondo, la mayoría de las decisiones del humano moderno son decisiones tomadas sobre el fundamento del miedo a la muerte. ¿Por qué decimos humano moderno? Como dice Terence McKenna, solo en los últimos 500 años el ser humano comenzó a creer que eso que llamamos muerte física es el final de la existencia —o del proceso de la consciencia. Casualmente, esos 500 años son los años del desarrollo acelerado de la ciencia y la razón. El humano moderno, entonces, con toda esa inclinación hacia el progreso (hacia el futuro) es un animal que toma decisiones a partir de un programa que se llama temor a la muerte.

No sabemos morir. No sabemos lo que es morir. Ahora, olvidamos lo que es morir porque la inteligencia del planeta, o del cosmos, parece, así lo quiso. Todo lo que sucede en la Tierra es parte del proceso de la consciencia de la Tierra. Todo lo que sucede en el cosmos es un evento cósmico. Entonces, este olvido no puede ser un error. De hecho, solo el ser humano cree en la posibilidad del error. Solo el ser humano tiene la arrogancia de creer en el error. Y por eso sufre. Sufre por su arrogancia. Sufre porque tiene la arrogancia de creer en el error. Para intentar evitar el error (el error de morir), se proyecta hacia el futuro, en un movimiento estratégico que busca gobernar la realidad.

Digamos que el error del ser humano es creer en el error. Por creer en el error, instala programas que refuerzan la creencia en el error —porque refuerzan su percepción separatista. Solo una entidad que se percibe separada puede creer en el error, porque el error, para una forma que se percibe estable, es la deformación — la transformación, o sea, la muerte.

Para evitar la muerte, para controlar, o más bien intentar controlar, eso que percibe como un posible error en el sistema, el humano racional toma sus decisiones racionales. Ojo, no es que la razón sea una herramienta inútil. No, solo digamos que la razón es uno de los polos. ¿Cuál sería el otro polo? ¿La intuición?

¿Qué queda de la intuición cuando la razón se ha llevado todos los premios?

En este momento, lo digo a nivel personal y también a nivel colectivo, parece particularmente desafiante darle lugar a la intuición. Los especialistas del mundo, que no sabemos a qué intereses responden, dicen todo tipo de cosas. El relato oficial se compone de una sumatoria de sub-relatos que organizan una dinámica perceptiva centralizada. El virus es información. No tiene vida, como dicen algunos científicos, es pura información genética. ¿Qué nos dice eso? ¡El virus es información! La circulación de la información, ya lo sabemos, crea los contextos perceptivos dentro de los cuales la humanidad global se anima a tomar sus decisiones. ¿Cómo toma decisiones hoy la humanidad? ¿Quién dice qué es lo que debemos hacer? ¿A quién le creemos? ¿Cuál es la verdad?

En estas semanas ha circulado todo tipo de información. Muchas personas eligen solo creer en el relato oficial, se contentan con hacer lo que las autoridades dicen que hay que hacer y se quedan en sus casas, no sé si tranquilas, pero en algún sentido, perceptivamente tranquilizadas por la creencia. Creer en algo estabiliza las posibilidades perceptivas. Tomar partido por alguna versión de la realidad nos lleva a, al menos, creer que pisamos suelo firme. Aunque no sepamos cómo se desplegarán las cosas, al menos creemos estar segurxs de algo. Eso, para mucha gente, parece muy importante. Vital. No estamos entrenades para habitar el no saber. Realmente, no lo estamos. El aparato cultural se apoya en la idea del conocimiento cierto y el imperativo del saber. Debes saber quién eres, qué quieres y qué crees. Si hoy el futuro es claramente incierto, al menos, decimos, déjenme pisar un presente cierto.

Lo cierto es que no solo el futuro es incierto. El presente, al menos el presente en términos narrativos, también lo es. ¿El presente en términos narrativos? Sí, hablo del presente en tanto narración, escenario o estado de situación —porque el presente, el presente más presente, el instante, está quieto como el ojo de un tornado.

En el instante no está pasando absolutamente nada.

Como sea, en el escenario del mundo, hoy, en lo que podemos llamar el tiempo, no sabemos realmente lo que está pasando. Nadie puede afirmar conocer la real realidad de lo que está pasando. En algún nivel, aunque sea profundo, cualquiera que afirme saber lo que está ocurriendo, lo que de hecho está haciendo es creer en algo. Y creer es no sentir. Creer es decidir la estabilidad de una posible configuración de lo real. Para creer algo y estabilizar un mapa, necesitamos dejar percepciones afuera del mapa. Para dibujar un mapa, hay que simplificar el territorio. La verdad, decía Nietzsche, es la mentira más eficiente.

Ahora, ¿para qué tanto mapa? ¿Para qué necesitamos los mapas? De nuevo, insisto, para sobrevivir. La verdad ¿para qué? Para sobrevivir. La gran trampa de la razón es creer en la necesidad de definir una verdad. (Claro, la razón crea formas, cierra formas —verdades). Ahí, en la pregunta por la verdad, solemos quedar atrapadas. Viendo una de las entrevistas de Brian Rose a David Icke, pensaba: más allá de que lo que él está contando sea verdad o no, hay una verdad —una que no es la adecuación de las historias a los hechos: si la mente humana puede imaginar algo, en algún nivel ese algo es realidad; tiene, al menos, un cierto grado de realidad. Tal vez no sea tan gruesa la supuesta barrera que separa lo real de lo imaginario.

¿Es absurdo pensar que cualquier cosa imaginable es, en algún nivel, realidad? No lo creo. Se viene diciendo que el cerebro no distingue entre un estímulo del mundo “real” y un estímulo del mundo “imaginario”. Hay experimentos que muestran que tal vez no haya tanta diferencia entre hacer un ejercicio con el cuerpo y hacerlo con la imaginación. A lo que voy es a que tal vez haya algo más importante que lo que llamamos la verdad —esa obsesión de la razón. En nombre de la verdad se toman decisiones de todo tipo; lo complejo, y acaso tramposo, es que esa verdad nunca puede llegar a ser del todo demostrada. Ninguna verdad puede ser profundamente demostrada. Al menos, no ninguna verdad que pueda ser narrada con palabras humanas. Ahí, entonces, lo falible de un sistema que apoya sus éticas y sus políticas en la razón. ¿Habrá algo más efectivo, o más feliz, que una política apoyada en la razón? ¿Podrá pensarse en algún tipo de política intuitiva?