La laguna de las Totoras






Como el camino no es muy atractivo, pongo la atención en cada paso. En el esfuerzo de cada paso. Dije que no tenía expectativas, pero me doy cuenta de que no esperaba esto. Como cada paso es un trabajo, no puedo mirar el camino. Me pregunto qué pasaría si fuera más lento. En la base nos mostraron un mapa vertical y explicaron que, desde el refugio, hay que calcular dos horas de regreso. La noche no es una opción. D me cuenta que aquí hubo gente perdida y le pregunto si perdida para siempre. Bromeamos con que su madre nos podría rescatar en helicóptero. En una curva, nos pasa una pareja: son altos, parecen suecos y caminan como si no les costara. Su auto era mejor que el nuestro y tienen ropa de marca. Me avergüenza la posibilidad de ser visto como un niño hippi que se entusiasma con las ovejas. Las ovejas adultas pastan y las crías se juntan. D hace videos y yo la voz de Heidi. Media hora de ascenso y no doy más. Nunca fui bueno para la resistencia, necesito salir a correr. Por momentos, el esfuerzo me hace reír. No alcanza a hacer calor, pero transpiro las tres capas de remeras y también el polerón. Descubro músculos. Hacemos paradas. En un tramo, entiendo que pensando en algo interesante la subida se aligera. Mientras camino sueño una conversación; hablo sobre arte con una audiencia imaginaria. A las dos horas, paramos en un tronco a comer una manzana.


—No sé si fue tan inteligente venir en ayunas.


—Podríamos haber traído unas nueces.


D pela su mitad de manzana con el pela-papas que trajo de Buenos Aires; deja mi parte sin pelar y mastica mirando hacia el lago Caburgua. Estiro la polera sobre mi mochila para que se seque. Si hubiéramos sabido, no habríamos venido. Pelo y como mi mitad.


—¿Intentamos por lo menos llegar hasta el refugio?


Hacemos unos metros y ahí está. Una vaca marrón nos da la espalda y gira el cuello; nos observa. Su cría se asoma y también nos observa, pero diferente. Después se aleja hacia un alambre. El refugio tiene un centro circular con paredes de metal para hacer fuego; un cartel pide reponer la leña y dejar la puerta cerrada. Afuera hay nieve. Nos sentamos en el pasto y tomamos un mate. Hay un humo que avanza; entiendo que es la nieve, que se evapora. Suena un arroyo. Decidimos caminar un rato más. En la entrada al bosquecillo hay un cartel que dice: si callas, el bosque habla. Caminamos, ahora por el barro y la nieve. Se pone resbaloso. El sendero está pisado y a los lados hay nieve blanda, inventada hace unas horas. El bosque está sumergido en espuma. Quiero dejarme caer sobre la espuma, pero pienso que puede haber ramas puntiagudas escondidas. En varios momentos pienso que nunca caminé por un bosque nevado. No sé si es cierto. Cada tanto escucho algo y creo que es un zorro; pero es nieve que cae, son hojas que se mueven. D camina adelante. No escucho sus pasos, creo que porque escucho los míos. La nieve debe chuparse el sonido, pienso, hay mucho silencio. Nadie sabe qué hacer con tanta nieve. Por alguna razón, aquí la caminata no implica tanto esfuerzo. Si bien doy cada paso con cuidado y una cierta tensión para no resbalar, tengo la sensación de que voy flotando. Hago un video, avanzando con el celular. Pero la imagen registra el golpe de mis pasos. Mi teléfono no tiene ese efecto de flotación que tiene el de D. A veces hago videos sabiendo que no los voy a usar. Era más linda la realidad. Después de un rato, D se da vuelta para mirarme y veo su asombro antes de asombrarme con la laguna. Llegamos a la laguna. Pego un grito; la imagen, entre los árboles, me emociona. La laguna está congelada y parece un papel. Pienso algo simple: qué hermoso. Nunca estuve en una laguna congelada, digo, es como una hoja en planco. Lo primero que hago es testear la orilla. Quiero caminar, pero el hielo no está lo suficientemente duro. Hay dos personas a la izquierda, sentadas sobre un tronco, cerca de una curva. Hacia el otro lado hay otra gente, la playa es pequeña y se siente apretado. ¿Dónde nos ponemos? Le pregunto a D si no se puede ir más lejos.


—No sé —responde.


Claro, ¿por qué habría de saber? Que camine más rápido no significa que sea el guía. Dejamos la parca sobre la nieve. Doblo una toalla encima de las parcas. Nos sentamos sobre la toalla, así no nos mojaremos. Nos sacamos las capas de remeras y nos quedamos en cuero. Estiramos las remeras para que se sequen al sol. Detrás nuestro hay un cartel de madera colgado de un árbol: laguna de las totoras. Quiero colgar una remera de una rama, pero pienso que puede molestar. A ambos lados, las personas hablan. La pareja de la izquierda, de hecho, habla mucho. Para no odiarlos, me pongo a escribir lo que dicen; D, por su parte, se pone a hacer un ejercicio de respiración. Respira de manera intensa como para contrarrestar las voces de la pareja. El chico come nueces de un frasco. Me hubiera gustado traer unas nueces. Tal vez odiamos a las personas que nos molestan porque no sabemos qué hacer con su información. Tantas líneas de diálogo sin dirección. Odiamos mucho y escribimos poco. Odiar es más fácil. Intento armar un cuento y les pongo nombre. Para no odiarlos, les pongo nombre: Natalia y Pablo. Los nombres surgen de la nada, pero me hacen pensar en unos amigos de la escuela que se llamaban Natalia y Pablo. Fueron novios varios años: una pareja, recuerdo, con muchos altibajos. ¿Qué será de ellos ahora? Con Pablo hago contacto cada tanto. Nos escribimos, compartimos gustos y un cariño antiguo. Él fue quien me hizo conocer a Salinger, adoraba el cuento del Pez Banana. Me hizo conocer más cosas, Pablo era un entusiasta. En su casa había muchos libros y su madre, que era un amor, y psicóloga, caminaba por el pasillo diciendo: malditos lacanianos. Cuando teníamos 14 y 15 nos juntábamos mucho en su terraza de Buenos Aires. A veces hacíamos base para después salir, pero muchas veces nos quedábamos ahí. Éramos un grupo de amigos que sabía entretenerse con poco. Me pregunto si éramos intelectuales. Tal vez intelectual es quien sabe hacer del detalle todo un circo. De Natalia no sé nada. Tampoco sé nada de estas personas que comen nueces. Sólo él come nueces. Ella no. Sí, me gustaría que se callen, pero no lo hacen. Así que anoto algunas frases, como si fueran parte del silencio. Escribir es silenciar.


—¿Si me considero feliz? —dice ella, parada entre él y la laguna, con una pierna inquieta que apoya y retira su pie, una y otra vez, del tronco en el que él está sentado—. Pero la felicidad es por lapsos.


—Diste en el blanco —dice él—, pero yo creo en algo más constante.


Después de decir eso, él arroja unas nueces, de lejos, al interior de su boca. Mastica como si masticara lo dicho. Ella no dice nada. Se ríen. Después de un momento, ella mira la nieve y dice:


—Me tiraría de guatita.


Lo mira, él le sonríe y asiente.


—Pero me voy a tener que secar después.


—Vai a quedar con las gafas marcadas —dice él.


Ella asiente. Él la observa, como si esperara algo. Ella camina hasta la orilla y prueba. Se gira y observa. Él la observa también, pero diferente. Ella da un paso hacia la laguna y el hielo se deshace bajo su pie. Vuelve a mirarlo, pero él, ahora, por la intensidad del reflejo del sol en la nieve, no puede verla bien. Frunce el rostro y tantea su frasco de nueces.


—¿Por qué no trajiste tus gafas?


—No sé —dice él. Y mastica, con la cara arrugada.


Cuando D termina su respiración, saca el almuerzo. Me pide la sal, pero estoy escribiendo. Termino una oración y dejo el cuaderno. Saco la sal de mi mochila y después mi tupper. Con las cosas de la comida, siempre voy un paso atrás. A veces le piso los talones y D se molesta; a veces D necesita espacio y, si me doy cuenta, se lo doy. Todo es cuestión de espacio. Le dejo usar el cuchillo primero. Dejo que se organice porque sé que, para D, la comida es importante. Para mí, creo, es más importante escribir. Mientras escribo, pasa un avión. Sale, como el sol, silencioso, detrás de unas araucarias.


—Deben estar tirándonos pesticida —dice alguien a nuestra derecha, mirando la estela que deja el avión.


Reconozco a la chica con la que nos cruzamos apenas pasamos el refugio: sacaba fotos a unos líquenes. Estaba muy entusiasmada y nos explicó de qué se trataba. Su novio, su Pablo, un chico, estaba en silencio, detrás. Qué hermosa, dijimos cuando nos alejamos por el camino. Ahora en la laguna, ella nos reconoce también. Se generó, sin querer, una amistad de exploradores. El sonido del motor, como yo a D, pisa los talones a la imagen del avión. Llegan dos chicas con mochilas profesionales. Saludan y todo el mundo responde. Hay un momento en que, a la vez, cada quien tiene su celular en alto. El lugar es precioso y es importante hacer imágenes. Estar a la altura. Llega un grupo de cinco muchachotes. Con D nos miramos y hacemos el chiste habitual: gang bang. Uno de los chicos tiene un palo selfie que se mueve, como si fuera una mezcla de palo selfie y steady cam. Uh, decimos, pero no por bromear con más connotaciones sexuales: tal vez sea hora de comprarnos un steady cam. El rastro del avión se movió. Alcanzo a decir que puede ser por la rotación de la Tierra antes de darme cuenta de que es una idiotez.