La soledad: un lugar común




…el absoluto de un yo soy que quiere afirmarse sin los otros. A esto se llama generalmente soledad (a nivel del mundo), el orgullo de un dominio solitario, el culto de las diferencias…
Maurice Blanchot


No es tan difícil registrar en qué medida buscamos estar con otras personas por no saber cómo estar en soledad. También es un lugar común decir que, para realmente poder estar con las otras personas, primero es necesario aprender a estar en soledad. Dios nos libre del sentido común, decía Chejov. Cómo librarnos del sentido común sino investigándolo.


Si hablamos de soledad, tenemos que preguntarnos, por lo menos:

1. ¿Qué es estar en soledad?

2. ¿Quién (o qué) está en soledad cuando se siente soledad?


Una primera idea: para percibir la soledad es preciso sostener la definición de los bordes del acá y del yo. La definición de un yo es la definición de un acá. El YO es un ACÁ. Si estoy en mi casa y no hay ningún otro cuerpo en mi casa, puedo decir que, al menos en mi casa, estoy en soledad —estoy en soledad si en ese momento considero que los límites de mi acá son los límites de mi casa. Si mi acá es el planeta, es obvio, la soledad se vuelve imposible; al menos, la soledad entendida como aislamiento o distancia física en relación a otros cuerpos —que, claro, además tienen que ser percibidos como otros.


Punto importante: para sentirme solo, me tengo que sentir separadx.


Lo cierto es que cuando hablamos de soledad no solemos referirnos a la carne. Hablamos de un sentimiento, de una emoción, o de una sensación de que algo falta —lo podemos experimentar tanto en medio del desierto como en el centro de una ciudad. Incluso podemos estar con la persona que más amamos en el mundo y aun así sentirnos solos —soles.


(Nota: como vemos en el final de la oración anterior, el lenguaje inclusivo nos lleva de la soledad a la solaridad. Los soles, ¿se sentirán solos?)


Otra idea: si la sensación de soledad no se siente deliciosa, se debe al error perceptivo que nos lleva a pensarnos y sentirnos separadxs de la vida. Si profundizamos en eso que nombramos como aprender a estar en soledad, nos damos cuenta de que la soledad no existe. Aprender a estar soles es aprender a percibir que no hay forma de estar solos. Entonces, aprender a amar la soledad es aprender a percibirnos más allá de los bordes de lo que consideramos YO.


Esto, por lo menos, si nos referimos a la adultez. Podríamos definir la adultez como ese momento supuesto de la vida en que el ser humano busca desarticular las fijaciones de su personalidad —de su ego. Así, la niñez podría ser definida como ese momento (terrible) de la vida en que las murallas de la identidad están siendo levantadas —forjadas, estabilizadas.


Somos animales traumatizados. En la película La sabiduría del trauma, Gabor Maté propone que nuestros traumas de infancia no tienen que ver con lo que nos pasó sino con lo que interpretamos sobre lo que nos pasó —es decir, lo que pasó no afuera sino adentro. Yendo más profundo, no se trata de lo que nos pasó adentro sino de la dificultad, o imposibilidad, con que nos encontramos para compartirlo, decirlo, exteriorizarlo, ventilarlo, develarlo. Nuestras personalidades se forjaron en base a esa necesaria negación a contar las historias con las que interpretábamos la vida. Leonard Orr le llamaba mentira personal. La personalidad (el ego) es un tejido de mentiras necesarias. Necesarias en lo que llamamos infancia.


Nuestras personalidades fueron (y son) forjadas como herramientas para protegernos del dolor de la vida. Todo era demasiado, necesitamos adormecer algunas partes. En algún sentido, la personalidad es, en sí, una tecnología de aislamiento. Por supuesto que hay experiencias más intensas (si se quiere, más traumáticas) que otras, pero todxs, pienso, por el sólo hecho de ser humanxs, por el sólo hecho de necesitar sobrevivir como humanos, tuvimos (y tenemos) que atravesar algún nivel de trauma. El trauma es el de la separación. Separación no es lo mismo que soledad. Cuando digo me siento solo, lo que en verdad estoy diciendo es me siento separado.


Se habla de soledad y se habla de socialización como si fueran fuerzas opuestas. No se habla tanto de la capacidad que tenemos para redefinir los bordes entre lo individual y lo colectivo. Comprender profundamente la experiencia humana de la soledad implica esa redefinición. El borde entre lo individual y lo colectivo es un lugar común, algo que creemos ya entender. La sociedad, en algún sentido, es la organización de ese vínculo entre lo individual y lo colectivo. Pero la sociedad, por definición, necesita fijar esos circuitos relacionales. La sociedad, como la identidad individual, se ensambla en base a fijaciones (ficciones). La ficción es un círculo perceptivo que incluye y excluye. Todo ser humano necesita pasar por la fábrica de Yoes. Todo ser humano necesita aislarse. Toda tribu necesita aislarse.


Pero soledad no es aislamiento. ¿O sí? Digamos esto: hay dos soledades. En inglés cada una tiene su palabra. Una cosa es estar en soledad (being alone) y otra es sentirse solx (feeling lonely). En español, las confundimos —tal vez para compensar que tenemos ser y estar, cuando en inglés sólo tienen to be. Entonces, digo: estoy solo y me siento solo. La diferencia, en español, está en el verbo. El tema del lenguaje tiene todo que ver con el de la soledad, porque el de la soledad es un tema perceptivo, y, para el humano, todo tema perceptivo es un tema de lenguaje. Percibimos a través del lenguaje. Sin ficción, no nos sentiríamos tan lejos.


La soledad infantil es la que siente el sistema cuando empieza a sacar conclusiones (adoptar narrativas) que inevitablemente le van construyendo un mapa de inclusiones y exclusiones. A ese mapa le llamamos personalidad. La personalidad es un refugio necesario, pero se vuelve una trampa sutil y profunda —viciosa. Pienso que cuando me siento solo (lonely), lo que sucede es que me estoy percibiendo demasiado yo. Hoy no necesito refugiarme como antes, pero lo sigo haciendo. Soy adictx a mi personalidad. Repito, inconscientemente, los gestos que me salvaron la vida. Entonces me siento lonely. Sólo el personaje puede sentirse solo. Sólo el ego puede sentirse solo. El ego es una forma específica de soledad —más bien, de aislamiento. El ego es el personaje que tuvimos que diseñar para aislarnos de lo que, en aquel momento, era intolerable.


Otro lugar bastante común es la celebración de esas oportunidades en que podemos estar con alguien y sentirnos como si estuviéramos a solas. Tal vez en esos momentos estemos vislumbrando la posibilidad de desenfocar la precisión de esa diferencia —la diferencia tan concreta entre estar solxs y estar con otrxs.


Tanto quedarme en casa como salir al encuentro pueden ser formas de escaparle a la percepción sutil de la interconexión de lo que percibo como mi individualidad con el resto de las individualidades del mundo. Cuando estoy con gente, no me siento necesariamente más en compañía que cuando estoy a solas. Cuando estoy a solas no siento necesariamente más soledad que cuando estoy con gente. Esta comprensión, que parece tonta y básica, encierra una clave para el florecimiento de la humanidad.


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Jada


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