La decisión de la vacuna y la vacuna de la decisión






Pensaba que, tal vez sin darnos cuenta, la situación de las vacunas se transformó en una nueva excusa para polarizarnos. Lo intolerable que nos resulta el relato de enfrente es un signo elocuente que expresa la manera feroz en que necesitamos (o, mejor, creemos necesitar) agarrarnos de algo. Tomar una decisión implica, primero, adoptar una lectura de las cosas. Las decisiones humanas se fabrican. ¿De qué lado estás? El ser humano es un animal que cree —y creer es construir fronteras, lados, posiciones, bandos. Animal causal, el humano sabe (o, mejor, cree saber) que, si hay causas, hay la necesidad de definirse —estás a favor o estás en contra. El humano es un animal que no sabe moverse en la realidad física si no es a partir de una metafísica —una visión/relato sobre el mundo. El humano es un animal que se cree autor de la realidad física. Por eso cree necesario fabricar, con meticulosidad, sus buenas decisiones. Para construir la decisión como un objeto eficaz, es necesario investigar, hacer cuentas, sacar conclusiones. Toda conclusión es un relato sobre el mundo —una organización ficticia del mundo, una cartografía. Es a partir de la ficción (de los mapas) que fabricamos nuestras decisiones —insisto: no las tomamos, como si ya estuvieran ahí, sino que las construimos. Construimos nuestra secuencia de decisiones como quien se abre camino por (o pavimenta) la jungla. La encrucijada es siempre una construcción narrativa: los caminos no se abren ante nosotrxs: en tanto creemos estar caminando hacia algún lado, somos nosotrxs quienes creen necesitar (y crean) los caminos. Es cierto, los animales también abren caminos, solo que los caminos humanos parecen más simbólicos (ficticios) que físicos. Claro que los límites humanos son también físicos, lo que digo es que el poder del alambrado es más simbólico que físico. Si no nos contáramos y creyéramos la historia de que vamos hacia un lugar (y que es importante llegar), ¿necesitaríamos (crear) caminos? Mapear es tajear el mundo, crear grietas, zanjas. La definición y la profundidad del surco de los caminos es proporcional al nivel de insensibilidad que cada especie (y cada espécimen) necesita desarrollar para sobrevivir. La ficción es la tierra MUY marcada. El cuadrúpedo avanza horizontal, siguiendo su nariz y descargando el peso de su cuerpo en los cuatro apoyos. El bípedo, erguido, descarga todo su peso en solo dos pies. La matemática nos diría que, así, la profundidad del surco generado por un bípedo debe ser el doble que por un cuadrúpedo. Esa profundidad (llamada ficción) es proporcional a la distancia en que nuestros ojos, elevados, se proyectan en la distancia. Para llegar lejos, para alcanzar lo que creímos perder al erguirnos y alejar nuestras narices de la tierra, los caminos se pronuncian con una definición de ficción —de mapa. Si los otros animales de la tierra se guían más por el olfato, nosotros (animales que se alejan), nos guiamos más por los mapas. Cuando los caminos ya están dibujados, hay que elegir. No se puede ir para cualquier lado. Así, nos inventamos las encrucijadas y el dilema. Hoy, el dilema, para muchxs al menos, tiene forma de inyección. Extraño asunto, así, el de la intuición —el sustantivo que intenta agarrar esa fuerza que nos mueve más allá de la autopista motivadora de las historias. La intuición ¿es el olfato de quien se ha alejado demasiado como para oler? La guerra ¿es un signo de nuestro apego a la narración? Peleamos con lo que percibimos lejano —un olor demasiado diferente. No se pelea sino por defender una identidad narrativa —una sociedad hecha de descartes. Decidir vacunarse o decidir no hacerlo es un problema político en tanto le adjudicamos, a la decisión, el valor/poder de definir nuestro lugar en el entramado social. ¿Quién eres? Y tal persona, ¿sabes si se vacunó? Serás alguien que se vacunó, serás alguien que no se vacunó. Pero lo que hacemos ¿nos define? Las decisiones, en el ámbito social, piden ser justificadas —con razones, con investigaciones “serias”, con resultados comprobables, en lo posible, científicamente. Casi que solo tomamos decisiones si podemos ver y entender los fundamentos y los resultados. El ser humano es el animal que hace las cosas por y para algo. La pregunta sobre por qué eliges vacunarte o no vacunarte exige una explicación lógica y causal. Esa lógica incluye lo que a veces llamamos sentir. Lo sentí así, no lo sentí así, podemos decir, y eso también funciona como causa de una decisión. Del otro lado de esa extrema confianza en la razón, hay un otro polo: la fe ciega en el sentir —fe que no nos permite ver, muchas veces, que lo que sentimos es producto de lo que pensamos y creemos (narramos). Es decir, muchas veces decimos que tomamos decisiones porque sentimos algo, pero detrás de ese sentir hay un pensar, es decir, una historia. Si esto es así, ¿qué es la intuición? ¿Será que la intuición no es lo opuesto de la razón? ¿Será que la intuición incluye a la motivación narrativa? ¿Será que la intuición es igual para todo el mundo? En un extremo están quienes confían plenamente en la vacuna; en el otro, quienes tienen la certeza de que las vacunas son parte de un plan secreto (ni tan secreto). Un poco menos extremistas, de un lado están quienes no están tan segurxs acerca de la efectividad de las vacunas, pero piensan en términos de responsabilidad social y, ante la duda, prefieren ir con la opción que perciben más segura; y, del otro lado, tampoco tan polarizados, están quienes tal vez no consideran que todo sea parte de un plan macabro y codicioso, pero sí cuestionan la idea de introducir en su cuerpo, ¡por obligación!, una sustancia no del todo probada efectiva y, además, fabricada por empresas que se enriquecen a costa de las enfermedades de la gente. ¿Qué otras posiciones hay? Podríamos decir que tantas como seres humanos haya, en este mismísimo momento, considerando sus opciones. Al considerar las opciones, seleccionamos información. No es tan simple como decidir dejarnos guiar por la evidencia, porque la evidencia, cualquiera sea, no puede sino estar sesgada por lo que nuestros sistemas tienen la capacidad (y el deseo) de percibir. Un estudio te dice que las proteínas mejor comerlas de mañana, otro te dice que mejor de noche. Así, en este mundo global y distante, donde todo parece estar cerca y donde todo puede ser verdad, por saturación de fórmulas y de relatos, por exceso de información y de versiones, la realidad se ha vuelto inaccesible —al menos, inaprehensible mediante la herramienta lógica de la narración. Se nos pide, más o menos cohersitivamente, que confiemos en una versión de la historia. Así, en gran medida, nuestras decisiones se vuelven un acto de fe. Por esto y por aquello, elegimos confiar más en un candidato que en otro. Los políticos, infernalmente presionados por la opinión pública y sobre todo por la prensa, que les da un minuto para decirlo todo en un debate devenido espectáculo, manotean afirmaciones —no hay lugar para el no sé. Mi hermano, que es biólogo, y además inteligente y sobre todo sensible, al menos según mi opinión, me da confianza. Voto por él, pero cuando me pasa los papers de no sé qué científicos que hablan sobre las vacunas, lo cierto es que no entiendo nada. Obviamente, como ya se habrá notado, estas palabras no intentan facilitar ningún proceso de toma de decisiones. A lo que apuntamos aquí (si es que apuntamos a algo) es a reconocer cierto funcionamiento psíquico (¡y social!) asociado al asunto de la decisión. Tomar decisiones suele producir bastante estrés. Supongo que ese estrés responde a la noción de error —a la existencia de la noción de error. Nos preguntamos qué sería mejor hacer, porque en el fondo creemos que una opción es siempre mejor que otra. En nuestras elecciones, podemos fallar. ¡Cuidado! ¡Piénsalo bien! Lo cierto es que para que haya error tiene que haber mapa. El mapa es un tejido de creencias, una imagen mental (individual y/o colectiva) que define lo que está bien y lo que no está tan bien. La dualidad más evidente: vivir está bien, morir está mal. El ser humano es el animal que aprendió a creer que morir es algo malo y que debe evitarse a toda costa. Decir esto en el contexto de la pandemia puede sonar terrible —en algún sentido, es terrible. Es terrible, y por eso me hablo estas palabras, consciente de que, sí, muchas veces vuelvo a ser presa del terror a la disolución. Como sea, todo podría reducirse a esto: no sabemos morir: hemos creado una civilización extremadamente afirmada en el temor a la muerte —no en el instinto de supervivencia, sino en el temor a la muerte. Para sobrevivir, el instinto (o el destino) nos hizo desplegar el dispositivo de la ficción; ese mismo dispositivo, para protegernos, dio origen a esto que estamos llamando miedo a la muerte. La ficción es esa separación que llamamos miedo a morir. Es a partir de ese profundo y antiguo temor que tomamos la mayoría de nuestras decisiones —las individuales y las colectivas, históricas y acumulativas. Sea que todo es un plan de una élite, sea que el virus tiene el éxito que tiene gracias a nuestra manera de vivir tan anti-ecológica, sea que esta epidemia es producto de una codicia de los laboratorios, sea que es producto de una guerra capitalista entre Estados Unidos y China, sea que es una herramienta maquiavélica para instalar un régimen de hiper-vigilancia, cualquiera sea la supuesta causa humana de todo esto, en el fondo, creo, si consideramos que la situación es producto de un operar humano, la causa última sería ese viejo temor —o la invitación, digamos del destino, a mirar ese temor de frente. Claro que en el fondo no sabemos por qué o para qué ocurre lo que ocurre. Por supuesto, como dispositivos adictos al sentido, no paramos de intentar adjudicarle a la experiencia una significación. Esto ocurre por algo, esto ocurre para algo. ¿Quién tiene la culpa?, sería la pregunta más gastada. Pero la pregunta ¿qué podemos aprender de todo esto? también puede resultar en una actitud capitalista: hay que capitalizar la experiencia, nos decimos, y, como el Lobo de Wall Street, transformamos la crisis más profunda en un negocio. Así, subrayamos la importancia de un acontecimiento, nos revolcamos en el calor de la solemnidad y generamos, inconscientemente, un autoritarismo para nuestra atención. ¡Pensarás en la pandemia 24.7! Ahora, si en un extremo está la solemnidad, en el otro está la indiferencia. Me he encontrado rebotando varias veces entre el polo de la importancia exagerada y el polo del menosprecio angelical. Pasión o escapismo. La experiencia es muy importante, la experiencia es una ilusión espiritual. ¿Es importante vacunarse? ¿Es importante no hacerlo? ¿Es la pandemia una clara evidencia de la crisis existencial que atraviesa la humanidad? ¿Es solo un acontecimiento más de la secuencia de ficciones que llamamos historia humana? Los niveles de agresividad, explícita y no tanto, que observamos de uno y otro lado de la grieta-vacuna, son elocuentes en relación al apego con que adherimos a las narrativas de turno. De ahí, cierta constatación acerca de la importancia feroz que damos a nuestras creencias. ¿Siempre necesitaremos que haya uno y otro lado? Quien cree ciegamente en las vacunas llega a pensar que quien no se vacuna es un asesino, quien cree ciegamente en el complot detrás de la vacuna llega a pensar que quien se vacuna es una oveja obediente y sumisa, totalmente dormida y adiestrada por el nuevo orden mundial. Sí, también hay movimientos hacia la comprensión (la escucha) del otro, pero admitámoslo: ¡nos cuesta bastante! Nos cuesta, sobre todo, cuando flota, en el aire, y estalla, como una lava antigua, ese horror arcaico, esa imposibilidad de pensar lo imposible: la muerte. El animal no humano, cuando percibe peligro, ya está corriendo. El humano, cuando ve las noticias acerca de un robo nocturno en una ciudad lejana, considera la posibilidad de averiguar el precio de las alarmas. Luego, conversa con algún colega de la vecindad y analizan las posibilidades: tal vez lo mejor sea contratar a un guardia de seguridad. Usamos una cantidad de energía descomunal para fabricarnos eso que llamamos seguridad. ¡Por dios, que alguien nos garantice que no moriremos antes de tiempo! Hace un tiempo, mi amigo A me dijo: el miedo no es tanto el de morir, como el de morir antes de tiempo. Con eso, volvemos a la idea del error. ¡Los planes eran otros! Los planes SIEMPRE eran otros. ¡Lo siento!, dice Dios, que no es más que una dispersión de la forma. Es claro, pero aclaremos: no estamos menospreciando la vida ni diciendo que no importa si la gente muere. Estamos, si se quiere, sugiriendo la posibilidad de discernir entre el instinto de supervivencia y el miedo a la muerte; y, si se quiere, estudiando en qué medida, y de qué maneras, organizamos nuestra vida en función de los cuentos con que adormecemos ese antiguo temor. Un antiguo temor que es un antiguamente necesario error perceptivo. Digámoslo: nada muere. O: lo único que termina es lo que empezó. Y lo único que empieza es la ficción —ese círculo significante cerrado por la necesidad humana de proteger una sensibilidad extrema. Los orientales le llaman: ilusión. Podemos llamarle: forma. La forma solo puede ser amada en la medida en que se comprende, profundamente, su naturaleza ficticia —arbitraria, narrativa, ilusoria y a la vez real. El ilusorio (y a la vez real) problema de la encrucijada es que creemos que un camino nos llevará a la vida y el otro a la muerte —algún tipo de vida, alguna imagen de la muerte. La vida, para el humano, se ha vuelto una imagen obsesiva. Pero tampoco somos tan felices. ¿Por qué entonces defendemos tanto la balsa descascarada de la vida? ¡Es lo único que tenemos! Si creemos que es lo único que tenemos, es porque no sabemos qué es eso que tenemos. ¿Tener la vida? ¿La vida es algo que se posee? Perdió la vida, decimos cuando una forma se desteje. Y la longevidad se ha vuelto un negocio para los investigadores de Silicon Valley. Estiramos la vida, pero ¿a costa de qué? El estallido de la primera primavera pandémica en los parques de Buenos Aires me hizo pensar en la pregunta: ¿cuánta vida vamos a sacrificar por sobrevivir? La gente no daba más y, un día, los parques volvieron a llenarse. Es cierto, puede que, si ponemos alarmas, un policía en la esquina, cámaras de seguridad en cada habitación y un alambre de púas electrificadas vivamos unos años más —¡adiós, malditos rateros! Pero también es cierto que tener una cámara de vigilancia sobre la cama, mientras haces el amor, puede resultar bastante incómodo. No, supongo, si vamos a por la pornografía. ¿Será que China se ha vuelto un país pornográfico? Atención: pornografía no es sexo explícito, es eliminación de ambigüedad —de misterio. ¡Todo a la vista! ¿Será que la mente humana sueña con un hiper-calculado Truman show? ¿Estamos perdiendo sutileza o solo desarrollándola de maneras aparentemente tensas y confusas? La cosa está tensa y confusa, decía mi abuelo, medio en chiste, pero con una vieja tristeza. ¿Cuánto más vamos a intentar reprimir esa vieja tristeza? ¿Hasta dónde vamos a llegar con este juego del control? Supongo (me gusta creer) que en el fondo hay buenas intenciones. Si estuvieras en el gobierno, si fueras presidente, ¿qué harías? ¿Te arriesgarías a solo decir respiren, todo va a estar bien? Sabemos muy bien cómo polarizarnos, y quienes confiamos en cuidar de la “propia” salud (y no depender tanto de la supuesta sabiduría especializada de los médicos) bien podemos caer en la ingenuidad de creer que, si respiramos profundo y no comemos gluten, el destino será solo color de rosas. Claro, no caer en ese extremo de ingenuidad (y arrogancia) tampoco implica no reconocer que puede haber algo de poderoso en lo de respirar profundo. Ser extremistas nos es más fácil porque proporciona una claridad aparente. No hace falta ser tan extremistas, pero tal vez sí cabe preguntarnos por qué los gobiernos no sugieren, además de sus (sí, cuestionables) políticas de distancia y de vacunación, medidas simples (¡científicamente probadas!) para que cada persona cuide y estimule la salud de su propio cuerpo. Es por esa especie de falta (no escuché a ningún presidente hablar de la implicancia que puede tener, para el sistema inmune, respirar profundamente) que encuentro la necesidad de pensar que esas buenas intenciones están construidas sobre unos fundamentos sospechosos. No digo que sean malvados, digo que en gran medida operan (operamos) desde la insensibilidad —el temor. Ya lo dijo hace muchos años Allan Watts en su precioso libro La sabiduría de la inseguridad, somos adictos a la certeza. Desesperamos por el acuerdo. El desacuerdo es leído como peligro mortal. Claro, somos un animal que nació tan frágil y prematuro que tuvo que acordar con las leyes del hogar y la tribu para recibir calor y codificación cultural. La cultura es la genética post-parto. Según cierta hipótesis evolutiva, las madres morían porque el cerebro humano había crecido demasiado. Tuvimos que empezar a nacer prematuros para no matar a mamá. La cultura es como la bolsa del canguro. ¿Cuándo lo vamos a asumir? Los humanos somos marsupiales. Nuestra bolsa se llama cultura, y la cultura es un mapa moral. Si no aceptamos el mapa, no sobrevivimos. Si sobrevivimos, lo hacemos a costa de desarrollar una adicción profunda al acuerdo acerca de lo que está bien y mal. Así, quienes no están de acuerdo con nuestras metafísicas y nuestras decisiones más concretas, son percibidos, al menos como reacción inicial, como enemigos. Y digámoslo: no es mucho lo que sabemos alejarnos (o desvincularnos) de esa reacción inicial. ¿Cómo alejarnos, si nuestra vida (creemos) depende de permanecer y de pertenecer? ¿Cómo complejizarnos si la simplificación nos da tanto calor? El hogar es un encantador mapa de reacciones. Tanto miedo le tenemos a la intemperie (a la muerte, es decir, a la vida) que preferimos sostener, lo más posible, la cartografía oxidada de nuestro refugio original. Así es como vivimos, animales adictos a sus ficciones —a sus acuerdos. Creemos necesitar ponernos de acuerdo, como en el inicio, porque pensamos que el desacuerdo implica la muerte —la disolución de la forma. ¡Hablemos de arte! El arte es ese gesto (o contexto) individual y comunitario que nos permite, al menos por unos momentos, disfrutar de la libertad que nos da reconocer que no necesitamos ponernos de acuerdo —al menos, no para todo, no todo el tiempo. El arte (aunque sea comúnmente usado al revés: para generar consenso, validación y premio) es, en el fondo, una celebración del desacuerdo; como alternativa a la forzosa necesidad social de consenso, la experiencia estética, como propone Rancière, habilita un espacio de disenso. ¡Qué frescura, no necesitar estar de acuerdo! Si acaso existe algo parecido a la intuición, esa pretenciosa palabra que ya ni sabemos bien qué nombra, supongo que tendrá relación con la experiencia del disenso. ¿Por qué? Porque no podemos tomar decisiones libres si nos esclavizamos en narrativas ideológicas y en sistemas de valores, morales, o si ocultamos en supuestos sentires las historias enterradas más condicionantes. El Diseño Humano (como lo llaman: la ciencia de la diferenciación) propone algo así como que la intuición es una respuesta mecánica del cuerpo, diferente para cada (tipo de) persona. Como me dice, de nuevo, mi amigo A, ¿por qué la intuición tiene que ser igual para todxs? Si la ciencia nos sirve para entender lo que tenemos en c