Niñxs al volante



Perdonar es ver que lo que creímos que pasó no pasó. Somos solo niñxs haciendo lo mejor que podemos.
Byron Katie


El aburrimiento es miedo al aburrimiento. Aburrirse es imposible. La idea de aburrimiento esconde temor. Nos aterra la posibilidad de que no esté bueno. Las dosis de temor nos terminan insensibilizando. El aburrimiento puede ser pensado como una falta de sensibilidad —una insatisfacción. La insatisfacción es una idea —algo está lejos. Creemos que nos aburrimos porque nos negamos a sentir lo que está cerca. Aquí. Para frustrarnos (para liberarnos) tenemos que atravesar la muralla del aburrimiento. Tenemos que animarnos a la abstinencia de entretenimiento. El YO es una inflamación, un calor, un entretenimiento. Queremos que todo sea maravilloso, pero son pocas las cosas que consideramos maravillosas. Queremos calor, pero olvidamos que calor es movimiento —no forma. El aburrimiento esconde exigencia —la exigencia de un calor encapsulado en una forma. Necesitamos asumir, aun con vergüenza, el mecanismo de la exigencia. La imagen de la plenitud debe aburrirse, agotarse. Tenemos que aburrirnos de esa imagen —de esa forma. Tenemos que gastarla. La frustración profunda (es decir, la libertad, es decir, la escucha) pide la entrega de todos los juguetes —de todas las anestesias. ¿Será posible jugar sin juguetes? Al menos, no necesitar juguetes para jugar. O: reconocer que todo es juguete. La anestesia nos insensibiliza y nos hace ser exigentes —no queremos jugar con todo, no vamos a jugar con cualquier cosa (¡Con eso no se juega!). Frustrarnos es des-anestesiarnos, ir de lo estático a lo estético. Estetizarnos, sensibilizarnos, abrirnos al juego, ponernos en juego. El aburrimiento habla de la anestesia con la que vivimos. No pensamos sentir si no se nos entregan grandes sentimientos, hermosos sentimientos. Tenemos que sentir esa manera que tenemos de no sentir. Tenemos que sentarnos y no hacer nada, ni siquiera meditar —ni siquiera entender que estamos meditando, o haciendo algo para mejorarnos. Tenemos que llevar a cabo ese pequeño suicidio, enterrarnos en la depresión máxima, que no es sino la caída (el descanso) de todas las inflamaciones egoicas —los calores formales del yo. Perdernos, descansar de las certezas con que nos defendemos, tenemos que perdernos. Perdernos hasta ni saber que nos perdimos. Perdernos para atestiguar los modos en que la mente (el cerebro) reacciona a la noción de extravío.


Digamos que la mente (o el ego) es como una niña que viaja en un auto. Viaja atrás, entretenida con sus cosas, con sus formas; pero cuando se asusta, cuando desconfía, salta al asiento del conductor y, desesperada, agarra el volante. Toma decisiones de niño al volante. En gran medida, los humanos somos niños al volante. No sabemos manejar la nave.


Hay que decirlo: no es tarea del niñx conducir la nave. No corresponde a la mente (al pensamiento) tomar decisiones. Pero cuando siente terror, cuando sus mapas se desestabilizan, cuando no sabe cómo jugar con las formas del mundo, la mente (¿el cerebro?) reacciona, y al reaccionar, necesita, cree, tomar el control. Controlar. Lo que solemos hacer, cuando notamos la reacción, es patear al niño en la cabeza y eyectarlo del auto. ¡Peor! El niño cae en la ruta y se transforma en un monstruo. El monstruo, que es solo un niño herido no atendido, excluido, vuelve a la carga con ferocidad. Es cierto, el niño no puede conducir, ni siquiera ocupar el asiento del acompañante o dar indicaciones. Pero tampoco hace falta expulsarlo. Tal vez una opción, cuando se asusta, es recordarle que puede volver atrás, y puede disfrutar del paisaje, las formas del mundo, tomar nota.


Sí, pero también reaccionamos a su reacción —por más que nos lo propongamos, la reacción a la reacción sucede y la monstruosidad de lo rechazado se vuelve a producir. Pues bien, que así sea; tarde o temprano, podemos reconocer nuestro gesto de desprecio —el reconocimiento, ya sea por regreso brutal de lo excluido, ya sea por invitación amable del sistema que excluyó, nos permite darle una desempolvada al monstruo, acaso reconocer la herida de la que se quiso escapar. El monstruo es el niño confundido.


Todos los monstruos y todas las monstruosidades del mundo son avalanchas hechas de desprecio, heridas profundas cubiertas de manera torpe e ingenua por una consciencia que pretende sostener la exclusividad de una forma —lo que está bien, lo que está mal. Se va a caer, decimos, nos recordamos, y vamos derribando mitos. ¿Qué hay más allá de todos esos mitos? ¿Qué es lo que se va a caer, si no es que ya se está cayendo, una y otra vez? ¿Qué verdades (qué amplitudes) ocultan y revelan las mentiras (los recortes) de nuestras historias culturales?


Sísifo se cae, cada vez, y lo curioso es que vuelve a intentar subir la piedra. Se va a caer, lo sabemos, porque hay un ciclo de caídas —un ritmo para la desilusión. La pregunta podría ser si, cada vez que caemos, caemos un poco más —un poco más profundo, un poco más lejos, un poco más real.


Nos repetimos, volvemos a intentar, volvemos a montar el andamiaje de las ilusiones de la voluntad. Y sí, volvemos a caer. Entonces, ¿qué hace que cuando nos repetimos, en lugar de loop y círculo vicioso, haya ciclo espiral? Pasamos por los mismos lugares, pero no. Reaccionamos de la misma manera, pero no. El personaje se repite, cae en el surco, pero no tanto.


¿Qué hace que en cada caída caigamos un poco menos —un poco menos automático, un poco más real? Algo se va gastando, algo se va aburriendo, algo se va frustrando, algo se va liberando. Vamos tomando consciencia de la cualidad cíclica del proceso de apertura y liberación; entonces, cuando volvemos a reaccionar, cuando se vuelven a activar los mecanismos de supervivencia del personaje (del código), tenemos cada vez más capacidad (espacio, aire) para reconocer el patrón. Reconocer el patrón reactivo de la personalidad nos permite desactivar el loop. No es que nos dejemos de repetir, pero ahora cada repetición sucede un poco más lejos del centro. Cada vez que pateamos al niño afuera del auto, lo hacemos con un poco menos de fuerza; el niño cae cada vez más cerca, rueda menos por la banquina, se llena menos de tierra, de monstruosidad, entonces el regreso de lo monstruoso es menos feroz, y por eso nos cuesta cada vez menos aceptar al niño hecho monstruo de nuevo en la nave, nos toma menos trabajo limpiarlo, disculparnos, reconocer el error perceptivo, reconocer la reacción, devolver al niño al asiento de atrás, abrazarlo y continuar el viaje.


Cada vez que ocurre, cada vez que el personaje estructurado por sus guiones de supervivencia se asusta y reacciona intentando agarrar el volante, y el sistema reacciona a su reacción expulsándolo del vehículo, cada vez que sucede hay más consciencia de que es eso lo que está sucediendo —un patrón reactivo producido por las maneras aprendidas de temer y sobrevivir.


Nos cuesta asumir que va a volver a ocurrir. Quisiéramos que ya estuviera superado. Ese ideal es parte de la inercia del patrón. Asumir que va a volver a suceder nos pide una humildad aterradora. Pero es clave, asumirlo es clave.


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Este texto forma parte del libro La humanidad está frustrada. Para descargar el libro completo, click aquí.


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