Reseña y Recomendación: "Oh esto parece el paraíso", novela de John Cheever

Oh esto parece el paraíso, la última novela de John Cheever, es pura vitalidad. Filoso, sagaz y tierno amor por lo humano.

Vengo con muchas ganas de escribir algo SOBRE este libro. No sé qué. Me pregunto si escribo para mí o para alguien que ya leyó el libro o para alguien que no lo leyó. O para nadie… o tal vez para Cheever, en su paraíso de lagos congelados.


El no saber para quién escribo puede ser un infierno o un paraíso. El no saber (el límite) puede constreñir o liberar. Supongo, como todo. Lo desconocido (lo que un límite anuncia) puede aterrar o excitar. Un lago congelado puede ser un infierno o un paraíso, depende de si querés pescar o patinar. Para Sears, el aparente protagonista de la novela, ese lago congelado es, o parece ser, la afirmación del jardín en la Tierra.


Ya es (me parece) interesante que en el título de la novela no se afirme más que un parecer. Claro, esto no es el paraíso, sino que parece.


Patinó y patinó. El placer de la ligereza le parecía, como había dicho la muchacha, divino. Balancearse sobre un largo trecho de hielo negro dio a Sears una sensación de vuelta al hogar. Por fin, al final de un frío y largo viaje, regresaba a un lugar donde conocían y amaban su nombre y las lámparas ardían en las habitaciones, y el fuego, en el hogar. A Sears le parecía que todos los patinadores se deslizaban sobre el hielo con la feliz convicción de que se dirigían a casa.

La novela arranca con esa escena en que este buen hombre patina. Ese lago congelado (patinable) es algo así como el paraíso. Como este lago, una foto, una imagen, es información congelada. Este paraíso quieto (el agua congelada parece agua quieta) es una postal de lo que podría no dejar de ser. Pero sí, el lago, esa postal, esa quietud, esa sensación que tiene él al patinar sobre ese lago, al deslizarse por esa postal, deja de ser lo que se supone que podría seguir siendo. El lago, ahora, a poco de comenzada la novela, a poco de reconocido el placer de patinar, empieza a usarse como vertedero de basura.


Del paraíso al basural.


Sí, el lago que parecería poder hacer feliz a nuestro amigo ahora es el agujero negro donde una organización mafiosa arroja la basura de un pueblo para, a cambio, llevarse unos dólares.


Ante la aparente destrucción de su pequeño paraíso, Sears mueve algunas palancas. Y ahí la narración parece distraerse. El cuento, en Cheever, sale de viaje. Lo que parece plantearse como la aventura de recomponer un paraíso perdido, da vueltas. La aventura da vueltas. La trama se distrae. Cheever y los argumentos distraídos. La narración, dice él en una entrevista, tiene la estructura de un riñón. Al narrador Cheever no parece importarle mucho el recorrido lineal de un argumento o de una historia.


John Cheever
John Cheever

Pero… ¿es que la línea no le importa o que prefiere hablar de otra cosa? Hay algo doloroso, parece, que pide distancia. ¿Cómo hablar de lo que más nos duele?


¿Por qué celebrar un vertedero? ¿Por qué esforzarse en describir una aberración? ¿Por qué explayarse sobre el desastre?, se pregunta el narrador cuando parece no quedarnos remedio; cuando parece que es hora de hablar de lo que está pasando en ese bello lago, de lo que está pasando en el aparente paraíso, de lo que está pasando con ese sueño americano.


Es curioso que lo que observa el narrador son los electrodomésticos con que los hombres han querido hacer felices a sus amadas. Ahora, las tostadoras y las aspiradoras, que se suponían transportes a la felicidad, yacen boca arriba en las orillas de ese agujero negro, arrojados, dice Cheever, con una fuerza tal que me hace pensar en la fuerza con que arrojamos algo que se suponía iba a hacernos felices. Esa bronca, esa fuerza con que parecemos querer gritar nuestra última queja antes de que el globo se pinche por completo.


Como si quisiera evitar hablar de ese melancólico desastre, la narración se distrae en una historia de amor. Y del parecer pasa a la afirmación. En ella, a diferencia de en ese lago basural, dice poder encontrar, y ahora sí afirmar, la presencia del paraíso. Y ahí nos vamos, entonces, de viaje.


¿Qué es lo importante de una historia?


Hay algo que parece querer sugerir una trama policial. A partir de las medidas que toma Sears en relación al asunto del lago, alguien muere, la mafia de la basura ataca para proteger su negocio. El negocio de las mafias pone en peligro al paraíso. Da para pensar en algunos modos en que la psiquis humana viene organizando el juego de la Tierra.


Pero no, la narración se desvía del curso policial y se enfoca, al menos por un buen rato, en la historia de amor. ¿Quién dice que hay que dar más importancia a la historia del lago? ¿Quién dice que los problemas se solucionan de manera lineal, guerrera?


De la situación del lago nos vamos entonces al encuentro de Sears con una mujer y, casi como quien no quiere la cosa, de pronto estamos (una vez más en Cheever) en Italia. De pronto, en la cueva de una adivina. ¿Cuán lejos puede lanzarse el relato? ¿Hasta dónde tiene que alejarse para saber volver? La escena con la adivina es un punto delicioso, donde algo parece revelarse. De manera sutil, algo se revela. No quiero contar de más, pero


Ah, la gran poesía del mundo.

¿Qué pasa con las expectativas narrativas? ¿Qué pasa cuando te cuentan algo que parece ir en una dirección y de repente…? Acá, el relato no busca simplificarse y apretarse dentro del campo de expectativas creadas por el argumento. La vida, en Cheever, no deja de dar vueltas.


El capítulo 3, por ejemplo, empieza con una pequeña digresión en la que el narrador confiesa que preferiría contar otra historia y no la que parece tener que contarnos. (Lo que imagina, curiosamente, es contarnos la historia de un joven amante que está a punto de ser expulsado del jardín: o sea, aunque se distrae, no termina de poder distraerse; aunque escapamos, aunque pretendemos escapar, no podemos sino encontrarnos, en las escenas de la vida, nuestro inconsciente manifestado).


Un interés liberado.


Nótese en Cheever, en general, en esta como en otras novelas, y en muchos de sus relatos cortos y no tan cortos, la libertad con que avanza, la libertad con que se deja llevar por detalles y observaciones y líneas de interés. La distracción, como forma de encontrarse con la poesía. Algo de esto, ahora que escribo, me hace pensar en el movimiento de la atención en los niños, criaturas que aún no fueron educadas para poner la atención donde se debe. Debes profundizar en algo, se dice. En Cheever, la profundidad parece encontrarse en la dispersión. Sus relatos dan vueltas como un perro antes de echarse.