¿Por qué me siento solo?






Estos días, pienso en la soledad. Pienso en la soledad como si fuera una cosa. La soledad. Este año me sentí solx de una manera nueva. Tuvo que ver con la situación: estoy desde enero viviendo en Pucón, al sur de Chile, y desde abril que “no me dejan” volver a Argentina. Van las comillas porque ya no puedo nombrar a los otros sin asumir que lxs otrxs son agentes del destino —de mi destino, que es destino colectivo. Nos cancelaron (se cancelaron, cancelamos) tres viajes; ahora, para cruzar la frontera, me dan dos opciones: vacunarme o firmar un papel diciendo que no volveré. No estoy para decir que no voy a volver, porque habíamos decidido quedarnos a vivir aquí; sí, habíamos decidido, pero ya no sé nada. Si el mundo nuevo va a tener las fronteras cerradas, tal vez prefiera quedarme del lado argentino. No lo sé. ¿Dilema? ¿Por qué mi mente entra en modo dilema? ¿Será ese modo lo que me hace sentir sol? Aquí nos dieron una casa, por un año o dos, hermosa, en la montaña, junto al bosque, con fuego, con volcán, con chukrut y con kombucha, con cariño y animales y leña gratis. Es un paraíso, es cómodo, es hermoso, también es absorbente; hay días en que me pregunto si me acomodé de más. Después me pregunto si me sirve hacerme esa pregunta. Las preguntas pueden ser liberadoras o tramposas. Salgo a hacer pis al pasto, me dejo mojar por la lluvia, me escandalizo de amor al ver un conejo en el borde de la quebrada.


En algún momento, como sin darme cuenta, empecé a extrañar —no sé si a personas concretas, seguro que sí a “mis” gatos, que, después de diez meses de no verles, deben reír del pronombre posesivo. Por eso las comillas. ¿Me recordarán? ¿Cómo es la memoria de los gatos? Hace poco murió la gatita favorita de la casa. La aplastó una camioneta, sin querer. Me detonó una emocionalidad fuerte. Lloré mucho. No sé bien qué tiene que ver lo de la gata con mi soledad: supongo que la soledad sobreviene cuando quiero narrar de más. Narro de más, cuento cosas para sentirme solo. Me escucho una y otra vez diciéndome, casi quejándome: aquí no tengo nadie con quién crear. Crear cine, digo. Obvio, aparte de Dama. Y de las personas con quienes grabamos ya dos episodios en estos últimos meses. ¿Cómo que no hay nadie? ¿Me miento? Un poco. Hay personas de Buenos Aires con quienes tengo ganas de filmar. Tenemos un episodio de la serie pendiente para grabar. Y además escribí una película, larga, compleja, que me entusiasma mucho. ¡Pero todavía no es! O, bueno, está siendo, a su manera, con sus tiempos y sus distancias. No sé qué pasará. Ya es un lugar común del teatro covid: la incertidumbre gobierna.


¿Será eso? ¿Será que la soledad es un mapa que impongo sobre el territorio de lo incierto? ¿Será la historia de la soledad un intento de domesticar a la incertidumbre? Hay algo tan salvaje en la incertidumbre que la soledad, como idea, como experiencia, se siente más civilizada. ¿Es la incertidumbre lo que me da una sensación de soledad? ¿Qué es la incertidumbre?


La incertidumbre es la imposibilidad de descansar en acuerdos para el futuro. Los acuerdos, los planes, los proyectos, los mapas, me dan sensación de pertenencia. Hacer acuerdos es crear tribu, club. ¿Por qué necesito tanto pertenecer al Club del Futuro? Hoy los acuerdos son ficciones muy volátiles —sobre todo si implican viajes transnacionales para personas con pocas ganas de vacunarse. Ya no puedo apoyarme tanto en los planes a futuro. No entiendo qué pasará. Tampoco entiendo, creo, cómo descansar. Supongo que me siento solo cuando insisto con planificar. La soledad es un invento, ¿o no? Porque, si más de una persona se siente sola (y seguro hay unas cuantas personas sintiéndose solas en el planeta, ahora mismo), por el hecho de estar, esas personas, sintiendo lo mismo (esta supuesta soledad), ¿no podríamos decir que, al menos en algún nivel, esas personas están compartiendo algo? Si están compartiendo algo, aunque sólo sea una idea/historia de soledad, ¿están solas?


Pienso que, cuando me siento sola, en verdad es mi parte niña quien se siente sola. De niñx tuve que aprender a procesar unas cuantas cosas por mí mismx. Hubo mucho que no conté —no necesariamente porque no tuviera de hecho a quién contar, sino porque, por alguna razón, mi sistema (llamémosle ego) interpretó que no tenía —o que no debía. Tuve que aislarme para ser quien soy —quien creo ser. La personalidad es una manera específica de aislarse. Hoy digo que me gusta estar solo, pero me pregunto: ¿me gusta estar solo porque no tuve opción? La hipótesis es que la soledad no existe. Si no existe, ¿por qué la siento?


Vuelvo siempre al tema de los mapas. Para sobrevivir, tuve que diseñar algunos mapas. Un mapa es un tejido de atajos. El atajo es una función de la supervivencia. No importa estar acá, importa llegar. Al alimento, a la teta. ¿Por qué sigo pidiendo teta? ¡Ya está! ¡Por dios, ya está! Pero no está. No está, porque sigo pidiendo. No está, porque sigue faltando. ¿Por qué sigue faltando? Porque sigo pidiendo. ¿Adicción al mapa? ¿Adicción a la personalidad?


Me siento solo cuando uso mapas que ya no sirven. La vida está de fiesta, pero yo estoy mirando un mapa. El mapa es parte de la fiesta, pero está dado vuelta. Yo estoy mirando a YO y no sé darlo vuelta. ¿Adónde quiero llegar?


*


Escribir es mi trabajo. Le dedico mucho tiempo y energía. Puede ser extraño pagar por algo a lo que se puede acceder gratuitamente, pero te invito a probarlo: si leer esto te dio algo, te invito a colaborar y hacer una donación para que yo pueda seguir profundizando en la escritura.


---¡Muchas gracias!

Jada


------Para colaborar, click aquí


PARA RECIBIR EL NEWSLETTER MENSUAL, SUSCRÍBETE EN EL PIE DE LA PÁGINA

Entradas Recientes

Ver todo

Liberar el grito

Reflexiones sobre política, sensibilidad, intuición y ficción