Preocupación, narración y fascismo





La supresión sistémica y el mantenimiento del paradigma no requieren ningún plan deliberado y coordinado. Lo mismo ocurre con gran parte del mantenimiento de la narrativa en torno a Covid. Es tentador, emocionalmente gratificante, precipitarse a la conclusión de que hay gente malvada que nos perjudica deliberadamente. Alguien a quien odiar. Una forma familiar de resolver el problema (derrotar a los malvados). De acuerdo, puede que haya gente diabólica con agendas nefastas, pero ¿qué motiva el salto a esa conclusión? ¿Y qué fuerzas sistémicas ignora ese enfoque? Las ignoramos con gran peligro, porque si permanecen intactas, eliminar a los villanos nefastos no cambiará nada. El sistema generará otros nuevos. Por eso es tan importante observar nuestra situación desde el nivel sistémico y, por debajo de él, el nivel del mito, el relato y la psique. Charles Eisenstein
We don’t know enough to worry. Terence Mckenna


¿Cuál es la relación entre la preocupación, la narración y el fascismo? ¿Por qué los ángeles no pueden preocuparse ni ser fascistas? Empecemos con esta hipótesis: narrar es preocuparse, preocuparse es narrar. Narrar es crear pre-ocupación.


¿Qué es narrar? Narrar es diseñar un efecto de sentido. Narrar es tener una intención y tomar decisiones para alcanzar un objetivo. Narrar es organizar la percepción de la experiencia de modo estratégico, con fines comunicacionales de creación de consenso. ¿Para qué narramos? Narramos para ponernos de acuerdo sobre el sentido de la experiencia. Narramos para delimitar un campo experiencial y perceptivo común. Narramos para comunicarnos y crear comunidad. Narramos para cooperar y sobrevivir. Narrar no es sólo transmitir datos, no es sólo informar; es organizar la información para que lo transmitido sea, más que datos, un sentido. La acción narrativa, en tanto busca comunicar un sentido, es siempre una pre-ocupación: nos ocupamos, a priori, de lo que queremos (o necesitamos) generar después. Hacemos mapas para después. Siempre para después. ¿Cómo nos haremos entender? ¿Cómo diremos las cosas para que nos crean?


Al narrar, la inteligencia emisora (el narrador, el autor, el político) busca que la inteligencia receptora (el espectador, el lector, el ciudadano) camine hasta el final del recorrido; pero llegar al final no es sólo llegar al final: es, sobre todo, haber caminado bien, es haber leído bien. Llegar es haber viajado bien. Narrar es pedir (o forzar) una lectura correcta. Así es que la narración, cuando funciona al 100%, se vuelve un autoritarismo semántico. La autoría funciona como autoridad. Cuando vemos una película, nos preguntamos ¿qué nos quiso decir? Estamos programadxs para creer que necesitamos entendernos —algo nos quisieron decir. Nuestra supervivencia estuvo en manos del entendimiento, por eso desesperamos ante lo que interpretamos como malentendido —podríamos llamarle poesía. El fascismo es una narración al 100% porque la narración (como tecnología esencial o potencialmente fascista) sólo permite una lectura. La narración, en el pleno ejercicio de sus poderes, funciona como dictadura semántica. Por eso el fascismo es lo contrario a la poesía, que promueve un número infinito de lecturas.


El ego necesita definir UNA lectura. El ego funciona por coherencia narrativa —lo podemos llamar verosimilitud. El ego necesita creer en la ficción. El ego no asume la ficción, la cree. El cerebro humano propone pensamientos (ficciones) para mapear la realidad y que la complejidad de la vida se sienta habitable; el ego se agarra de esos pensamientos —cree. El ego cree en los pensamientos que más le sirven para sentirse a salvo. El ego es un mapa de seguridades —una manera de leer/estabilizar el mundo. En ese sentido, el enemigo número uno del ego es la poesía. La poesía desorganiza los planes de la narración. La poesía corta el verso (el hacia), la direccionalidad (intencionalidad) narrativa. Al interrumpir intencionalidades, la poesía recupera intensidades. Recupera espacio vacío en la página, detiene el avance frenético del sentido y posibilita el sentir, silencia la neurosis. El ego funciona mediante narraciones neuróticas —relatos recurrentes de lo que ocurrió, historias posesivas de lo que podría ocurrir. El ego es una manera de preocuparse. Su objetivo es la supervivencia. Preocuparse es mapear de antemano. El ego es un mapa.


Una experiencia (cotidiana o estética) muy apoyada en la narración (en la necesidad de entendimiento) es una experiencia muy apoyada en el ego, que quiere (y cree necesitar) que las cosas sean (entendidas) de una manera. El ego es esa parte nuestra que fue ensamblada justamente para controlar (detener) información y generar seguridad —sensación de seguridad, quietud ficticia. Cuando el ego está al volante, la narración se vuelve fascista. Una narración fascista es una experiencia de ego al volante. El ego es la estructura psíquica que cree necesitar entender, que le entiendan, comunicar sentidos, controlar el viaje, llegar. Por eso toma el volante. El ego es una estructura que tiende naturalmente al fascismo. Lo que entendemos normalmente por fascismo es una expresión social del condicionamiento de la especie. El fascismo no es sólo un problema histórico y político, es el grito desesperado y monstruoso del temor constitutivo de la especie —el miedo profundo a lo diferente, el ego.


El ego necesita tener todo controlado, agarrado entre sus manos. Podemos decirlo así: el ego es una máquina de entretenimiento —entre tiene la experiencia dentro de sus márgenes narrativos. Con el ego al volante, la narración se vuelve entretenida. El entretenimiento es la transmisión (la promesa) de un sentido estable. Llegaremos y habremos entendido —lo mismo. El entretenimiento es la promesa de un acuerdo: al final del recorrido, estaremos de acuerdo sobre lo que las cosas significan. Al menos, podremos decir que el viaje fue entretenido. El entretenimiento es la angustia de la experiencia. Entretenernos es angostar (angustiar) la experiencia para hacerla circular por un cauce de sentido que nos promete final —finalidad. El ego (el narrador) necesita dar final a las experiencias para garantizar la presencia de un valor. El héroe debe volver para narrar. Narrar es volver y volver es dar sentido heroico a la experiencia del ego. ¡Lo logramos!


Cuando los dos ángeles se encuentran en la concesionaria de autos en Las alas del deseo (El cielo sobre Berlín, Wim Wenders, 1987), no se cuentan anécdotas o historias con sentido; más bien, comparten detalles, listas inconexas de cosas que vieron ese día en la ciudad. Una persona giró la cabeza y miró sobre su hombro, al vacío. Otra cerró el paraguas y se dejó mojar por la lluvia. La lista de detalles no tiene un sentido hasta que el ángel protagonista (Bruno Ganz) busca darle uno. De entre todos los ángeles de uniforme gabardina gris oscuro, la película elige, como suele suceder, al que busca algo diferente. Nuestro ángel dice que ya no se conforma con ser ángel y vivir en la eternidad —la eternidad es un tejido de detalles sin dirección, o, lo que es mismo, con infinitas direcciones. En la eternidad, todo vale lo mismo. Ahora, el ángel quiere poder decir ahora —y ahora, y ahora. La poesía ya no le alcanza, siente el llamado de la narración. Quiere entrar en el tiempo, quiere preferencias personales. Para entrar en modo narrativo, tendrá que sacrificar su eternidad (la equivalencia de toda experiencia) y caer (decidir preferencias). Caer es caer en la historia, el mundo de las preferencias, las cronologías, las ausencias, las diferencias cromáticas, las distancias y los objetivos. El ángel quiere tener una historia, quiere un ego, quiere narrarse, quiere preocuparse, quiere saborear el fascismo de la arrogancia humana.


Lo que detona en nuestro ángel el deseo de desear es la aparición de un objeto de deseo —¿una excusa? Cuando conoce a la acróbata de circo, encuentra la posibilidad de percibir separación. Quiere tocarla. Quiere querer tocarla. Para poder querer tocarla, necesita un cuerpo, separado de ese otro cuerpo. Así, narrar es separarse, narrar es crear la relación de un cuerpo y un mundo, diferenciar sujeto y objeto, inicio y final, partida y llegada, salir a buscar. Salir a buscar implica la posibilidad de no encontrar. Nacen, con la narración del mundo, el éxito y el fracaso, el bien y el mal, la preocupación.


Si nos preocupamos es porque creemos que las cosas pueden ir bien o mal. La fijación del bien y el mal es el origen del fascismo. El ego es una estructura esencialmente fascista. La narración, en su máximo esplendor, es un dispositivo fascista. Su efecto es el encantamiento, la hipnosis. El encantamiento fascista es producido por la visión polarizada del mundo. El bien y el mal, los buenos y los malos. Hacer del fascismo un problema solamente moral e histórico nos priva de comprender y asumir que se trata de un problema perceptivo, de sensibilidad, anterior al concepto, constitutivo de la especie.


El ángel sueña con decir no sé. Sólo el ego puede decir no sé —porque sólo el ego puede decir yo sé. El fascismo es la certeza exacerbada, el fascismo es la exaltación desesperada del yo. El ser humano es un animal que por constitución tiende al fascismo —a la fascinación egoica. El fasciscmo es la fascinación del ego. Los otros animales, por su parte, ni saben ni no saben. No necesitan saber y ni siquiera saben que se puede saber y no saber. Sólo el ego puede no saber, porque sólo el ego puede creer que hay algo que saber. Sólo el ego (sólo el personaje) diferencia entre saber y no saber. Qué más preocupante que la posibilidad de no saber lo que se cree necesitar saber. Qué más preocupante que encontrarse con alguien que cree estar seguro de algo. Aquí, la relación entre el fascismo y la idea de verdad. El dogma es la fijación a una idea de saber. El fascismo es la expresión del dogma.


Es un tejido de supuestas verdades lo que hace a la personalidad. Personalidad es lo que al ángel le falta. El ángel quiere una personalidad —quiere dejar de ser nadie, quiere pasar a ser alguien. Ser alguien es poseer certezas y pelear con la incertidumbre; ser alguien es ensamblar un personaje —una personalidad, una estructura de estabilizaciones psíquicas, de saberes, de definiciones, de historias, de pequeños fascismos, una identificación con sus antagonismos. Quiero tener una historia, pide el ángel, quiero tener algo que excluir, quiero tener algo que buscar. La paradoja es que lo que le toca buscar es ese cuerpo acróbata disfrazado de ángel, destinado al péndulo de su trapecio y a la inestabilidad de la actividad artística. Lo que busca, como buen humano que ahora es, es una imposibilidad. El circo fracasa y abandona la ciudad. ¿Dónde encontrar lo que se va?


El niño es niño hasta que sale a buscar. El niño es niño hasta que empieza a narrar. Por supuesto, la narración nos permite percibir colores. Los humanos no pueden atravesar el Muro, pero pueden percibir colores. Ese es el precio a pagar: si queremos colores, tenemos que aceptar los límites. El color es el límite. El color es la refracción de la luz blanca, el ego es un prisma del ángel. ¿Cuál es tu color favorito?, es una de las preguntas de la infancia; pero es la pregunta que termina con la infancia. Cuando el niño decide su color favorito, empieza la carrera de la historia personal. ¿Te gusta el rojo o no te gusta el rojo? La pregunta es de qué lado del Muro caerás. La pregunta no es tanto cuál es el color elegido, como cuáles son los colores que quedan afuera, del otro lado, en sector enemigo. Ensamblar una personalidad es decidir excluir colores. ¿Quiénes serán mis enemigos? Para cada alma, el destino despliega su itinerario de recuperación cromática. Vivir es ir desmantelando fascismos. Vivir es recuperar colores.


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