Te extraño, qué extraño



...hacer de nuestra experiencia amorosa colectiva una herramienta de transformación política. Brigitte Vasallo

Familia, del latín famulus, esclavo rústico, significa conjunto de esclavos. Para crear nuevas formas de afectación hay que crear nuevos lenguajes. Leonor Silvestri


Pienso que el extrañar es una práctica aprendida. Un dispositivo social. Una tecnología de cohesión. Parte de nuestra gramática cultural. Pienso que se nos enseña (nos vamos enseñando, generación tras generación) a realizar ese gesto afectivo que tiene que ver con sentir la falta del otro. La pregunta es ¿cómo podemos sentir lo que no está?


En inglés se dice I miss you. Puede traducirse como: tú me faltas. Tu me manques, es en francés. Te extraño, qué expresión extraña. Te extraño podría significar: mediante este gesto, te convierto en un extraño. Es decir: al extrañarte, te alejo. Porque te extraño eres extraño. La inversión sería así: no es que te extrañe porque estás lejos, estás lejos porque te extraño. Inversión de causa y efecto. No te extraño porque no estás, te extraño por lo que hago con la idea de que no estás.


Pienso que es técnicamente imposible sentir lo que no está. La ausencia es un invento contra-perceptivo. La falta ¿se puede sentir? ¿Cómo podemos sentir lo que no está? Si sentimos algo que no está, lo que estamos sintiendo tiene que sí o sí estar. Lo que sentimos, por definición, está. A veces, muchas veces, lo que está es, digámoslo, nuestra adicción a la química del sufrimiento. Trampas psíquicas. Si digo que te extraño, lo que está ocurriendo es que, o bien te estoy usando para sufrir innecesariamente, o bien, aunque no lo sepa decodificar, te estoy sintiendo —estoy sintiendo algo que interpreto como tu presencia en mí. Puede ser un rastro, un olor, algo que dejaste, algo que dejamos, algo que sigue vivo. En lugar de te extraño podríamos decir: me alegra que existas. Pero no lo hacemos, porque no hemos practicado suficiente, porque hemos practicado demasiado el extrañar, el sufrir. Sufro para no sentirte. Me es más fácil, me es más cómodo, me es más conocido.


Digo que la práctica del extrañar es una tecnología social porque es una forma (podemos decir, muy básica) de sostener uniones familiares. La familia (la sociedad) se sostiene mediante dispositivos de ligazón. La idea es que la práctica del extrañar nos sirve para sostener lazos; pero es una manera muy básica y dolorosa de sostener lazos. Es una manera dramática, poco ecológica, tramposa. Está bien, la sociedad (la familia) es una trampa necesaria. Pero ¿cuán necesaria?


Muchas de las narraciones (historias, libros, películas) que venimos produciendo y consumiendo, ¡desde hace mucho tiempo!, se apoyan en la práctica social del extrañar. El gesto de extrañar es parte de un complejo aparato de romantización de las relaciones humanas. El romance, propone Brigitte Vasallo, es un modo de fingir sentimientos. ¿Por qué fingimos sentimientos? ¿Por qué esa práctica de sentir (o querer sentir) lo que no está? ¿Por qué nos hacemos eso?


Pienso que el extrañar es un modo adormecedor y demasiado costoso de sostener vínculos, porque nos hace creer que la atención está puesta en algo ausente, cuando la atención nunca puede estar puesta en algo ausente. Poner la atención en algo que creemos que no está presente, digo, es adormecedor. Y es adormecedor porque es engañoso —la atención nunca puede estar en algo que no está. Se trata de una confusión perceptiva, funcional al adormecimiento/sufrimiento que el tejido familiar necesita sostener en sus individuos para que éstos se mantengan ligados dentro de la trama narrativa que hace a la sociedad.


A esa confusión perceptiva le llamamos ficción. Es un problema narrativo, un acuerdo ficcional para la reproducción del sentido de pertenencia. Pertenecer nos adormece. Nos adormecemos (extrañamos, nos enfocamos en la falta) para pertenecer a una idea de lo que nos vincula. Tenemos un modo muy narrativo de vincularnos —la sociedad es un acuerdo acerca de lo que no está presente. La sociedad es una foto de familia —toda imagen se define por el recorte de lo incluido y lo excluido. Extrañar es excluir. Extrañar es sostener una imagen; hacer del flujo relacional, dinámico y siempre cambiante, una imagen fija —una ficción. Nunca se extraña al otro, sólo se extraña una imagen del otro. Extrañamos lo que creemos conocer. Extrañamos al otro para que no sea otro, es decir, para no sentirlo, porque sentirlo es abrirnos a lo desconocido —y en lo desconocido no hay separación. En el nivel de la supervivencia, el gesto de extrañar es útil y necesario. Luego, como tantas otras tecnologías del catálogo cultural, se vuelve vicio.


Así como el extrañar, el no-extrañar también puede ser una práctica. Si sentimos la falta para pertenecer, digamos que la inercia de sentir la falta es grande. Para vencerla, hace falta practicar deliberadamente. La pregunta ¿cómo puedo sentir lo que no está? es una herramienta poderosa que puede jaquear las historias con las que nos hacemos sufrir. Sufrimos porque nos creemos que algo falta. La familia es un refugio, pero el refugio innecesario es un templo de sufrimiento. Te extraño es una historia. Toda historia es una forma de buscar lo que no está. Pero, técnicamente, nada no está. Narrar es intentar sentir lo que no está. ¿Es posible sentir lo que no está? Técnicamente, no. Extrañar es practicar la adherencia a una ficción. Extrañar es creer la historia de una ausencia. ¿Para qué? ¿Para qué sufrir así? Para no sentir. Si extrañamos para no sentir, no extrañar es practicar la libertad de sentir.


No te extraño, te siento.



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