Yo, Cuento (basado en una historia irreal)


Las historias tienen una especie de sistema inmune

que las mantiene intactas por la mayor cantidad

de tiempo posible.

Charles Eisenstein


Ahora voy a hablar de una serie de conversaciones con mi amigo R. Tengo que aclarar que cuento con su permiso, y con el de sus fantasmas. Tengo que aclarar también que, aunque todo esto sea realidad, también se trata de una historia. Es un cuento, y me doy cuenta porque lo cuento.

Nota: he estado reflexionando acerca de lo que podríamos llamar la condición narrativa de lo humano. ¿Por qué nos contamos historias? ¿Para qué? La investigación avanza y se sutiliza: el galpón humano y sus secretos recovecos. En el afán de comprender, en la tarea de tomar y tachar algunas notas, cometí uno de esos errores que son escenario para la revelación. Cuando quería escribir yo cuento, escribí, sin darme cuenta: yo, cuento. Con una coma entre las dos palabras. Yo-coma-cuento. Con la coma entre las palabras, observé, yo y cuento dejan de sonar como dos entidades diferentes (un sujeto y su verbo), y pasan a sonar como lo mismo, como si cuento fuera aclaración de yo. No es que yo cuente, sino que yo soy cuento. Somos lo mismo, cuento y yo, sólo por una coma. Una coma, un punto, la puntuación en general puede cambiarte la película. Si decís me siento mal es una cosa, pero con una coma, mirá lo que pasa: me siento, mal. ¿Qué suena en esta segunda opción? Mal puede ser leído como una forma de indicar no ya maldad, sino intensidad. Sí, mal, así decimos, como quien dice: Sí, totalmente. Entonces me siento, mal sería me siento, mucho.

Ojalá R hubiera podido comprenderlo. Digo: ojalá lo hubiera comprendido más temprano en la serie de batallas (o conversaciones) que libró con sus fantasmas. Aunque si lo hubiera visto antes, pienso, si R hubiera sabido poner la coma antes, este relato no habría existido.

Toda la aventura constó de sólo tres encuentros. Así arrancó el último:

—¿Cómo estás? —me preguntó R después de un abrazo.

—Bien.

—¿Cómo estás? ¿Bien? Eso es lo que decimos.

Subíamos al ascensor, recién estábamos entrando. R había llegado temprano a mi clase y teníamos unos minutos para conversar.

—Sí —creo que dije—, ¿qué querés que te diga?

Ahí no sé qué pasó. Llegamos arriba y me tomé un momento para ver qué le decía acerca de cómo estaba. Porque mi bien no le alcanzaba y a mí, la verdad, tampoco. Cerré los ojos y me toqué el pecho (no sé por qué, en ese momento, pensé que no quería burlarme de mí mismo); dije algunas cosas y cerré:

—Me alegra verte.

Estábamos en la cocina, yo contra una mesada y él contenido, o atorado, en el marco de la puerta.

—¿Y vos cómo estás? —le pregunté, ofreciéndole media manzana.

Él la agarró, la observó y se dispuso a responder. (R dice que responder es morir y que morir es la eternidad, pero esa es otra historia). Antes de contarte qué dijo, te tengo que contar algo que pasó unos días antes. Fui a visitar a R a su casa (hoy llama mi casa a la casa de los padres); nos instalamos en la terraza, donde dos perras labradoras exigían cariño y estacionaban sus cabezas en mi falda. Creo que fue el primer día de calor del año, algo empezaba a querer brotar o a querer derretirse. Ahí estábamos, en casa de sus padres, donde supuestamente él estaba de paso, donde supuestamente tenía un cuarto lleno de polvo en el que no podía estar a gusto. Esto me lo había contado en mi casa, unas semanas antes, cuando también me contó que al separarse de la que fuera su novia había entrado, él, en un lugar extraño, diferente, acaso oscuro. Oscuro, para mí, era desconocido: nunca había visto a R así de frágil, él que parecía un guerrero, o un mago, o un héroe; cuando le dije que me hacía bien verlo así, creo que le dije frágil, nos pusimos a llorar. Unas semanas después de la cena en mi casa, estábamos en la terraza de sus padres, comiendo nueces y tomando mate.

Preguntarnos cómo estamos, para nosotros, parece ser una decisión peligrosa; no nos alcanza con:

—Bien.

O con:

—Mal.

Ni siquiera:

—Más o menos.

—¿De verdad querés saber cómo estoy? —deberíamos preguntarnos.

Entonces ahí, en esa terraza, le pregunté cómo estaba. R, disponible o acorralado, me contó que seguía en la película.

—En la misma película —creo que dijo.

Estaba sentado con los brazos colgados entre las piernas; sus hombros hacia abajo y, no sé si es mi opinión, un exceso de relajación muscular. Dijo, o repitió, que ahí en casa de sus padres no se podía concentrar, o enfocar, o trabajar. Creo haber registrado, cuando comenzó a contarme, que por mi mente pasaba, o paseaba, el pensamiento:

—Sigue en la misma, no puede ser.

Pero sí, era. El guerrero repetía la historia de su derrota. Quise abrazarlo, pero no supe cómo. Nos habíamos abrazado hacía poco, así que supuse que tenía que esperar. ¿Cómo saber si es momento de abrazar o de esperar?

R continuó la historia que había comenzado en mi casa la otra noche. Cuando me contaba, no me podía dar cuenta de si él quería que yo hablara. Tenía la impresión de que su relato era un complejo y delicado mecanismo. Un inocente comentario podía hacer que todo se viniera abajo. No sabía, no podía saber, si eso sería un doloroso derrumbe o un delicado desmantelamiento.

—Qué bueno contarte algo —me dijo R, aún con la manzana en la mano—, y que no creas que tenés que hacer algo con eso que te cuento.

Ahora estamos de vuelta en la previa de la clase. Era interesante, sabíamos que el resto estaba por llegar y que no teníamos todo el tiempo del mundo para hablar; algo de esa presión parecía dar a nuestra charla una cualidad precisa, fulminante.

—Sigo en esta historia —dijo R, ahora de nuevo en casa de sus padres—, siento que no puedo, que así no puedo, necesito un lugar, una casa donde vivir, donde sentirme a gusto, donde poder encontrarme con gente.

—Pero ahora te estás encontrando con gente… conmigo.

Tiempo.

—Sí —dijo, con vértigo.

—Y tus papás, ¿tienen problemas con que traigas gente?

—No —respondió, como confirmando su vértigo.

Ahí, en algún momento, R me trajo un almohadón de más arriba que la terracita en la que estábamos; yo dije algo en relación a su cuarto y señalé hacia ahí, hacia arriba, más allá de una bonita escalera caracol. En cuanto al tema de su cuarto, para armar toda la historia tengo que volver a esa noche en mi casa. Cuando la novia le dijo a R que ya estaba, más o menos al mismo tiempo (o lo suficientemente cerca en el tiempo como para que la mente de R definiera al mismo tiempo), su compañera de casa, o la persona que le alquilaba, le pidió a R que se retirara. Así fue que él cayó (no sé si dijo lo de la caída, pero seguro lo sintió como caída) en casa de sus padres. Cuando me contó esta parte le dije algo así como que la idea de volver a vivir a casa de los padres es como un estereotipo, o arquetipo, o algún tipo de tipo, de la idea de fracaso. Es difícil imaginarse contándole a alguien volví a casa de mis padres y no imaginar, inmediatamente, en ese otro que escucha, el intento de evitar una mueca de desilusión.

Hay historias que se cuentan tanto, y son tan funcionales a todo un aparato de creencias, que se vuelven símbolos, mitos, situaciones excesivamente significadas; cosas para las que ya se sabe demasiado cómo reaccionar.

Entre las cosas que R me contó, una de las principales fue que su cuarto, el cuarto con el que contaba ahora en casa de sus padres, tenía mucho (mucho) polvo. Tanto, dijo, que no se podía estar. Semanas después, ahora en la terraza de sus padres, no sé por qué, no sé cómo o en qué rapto de inspiración, le dije:

—¿Puedo ver tu cuarto?

Desearía recordar con qué cara me dijo que sí. Subimos por la escalera caracol y, cuando entramos, no la pude creer. Lo miré, lo observé, intentando entender o esperando una explicación. Las paredes eran de un ocre precioso, cálido, amigable; el ventanal daba a un balcón con jazmines y después a los árboles y al cielo; había una mesa, una computadora y algunas cosas más.

—¿Y el polvo? —tuve que preguntar.

Imagino (porque no recuerdo) que ahí se le cayó la cara. Imagino que su cara rodó por la escalera caracol y que fue devorada por las labradoras. Por mi parte, no sabía cómo ocultar la sorpresa. Había, sentía, una especie de cortocircuito perceptivo.

—Bueno —supongamos que dijo él, y bajó a buscar algo y yo me quedé solo y me senté, creo, intentando entender si ese era el mismo lugar que R había descrito.

—Qué lindo color de pared.

—Sí, es lindo —tuvo que admitir, ya sonriendo, como si una parte de él empezara a ver más allá de algo; como si uno de los nenes de su grupo ya se hubiera trepado a la empalizada, como si ya se viera un poco más allá del muro.

—¿Y el polvo? —insistí.

Él pasó el dedo por algunas superficies, y mostrando su dedo limpio dijo:

—Te juro que había mucho polvo.

Empezábamos a reírnos, y más tarde, como si fuera parte del mismo temblor, sobrevino el llanto.

—Podés sacar esas bolsas —le sugerí—, y bajar el colchón que no usás.

—Pero la mesa me queda chica.

—Ahí tenés unos caballetes, mirá, podés poner una tabla.

—De hecho —se dio cuenta—, abajo hay una mesa grande que me gusta mucho y nadie usa.

—¿La podés subir?

—Sí.

Todo esto antes del llanto, porque estas líneas, estas palabras, dibujaron el camino al llanto.

—¿Decís que puedo sentirme bien estando acá?

—Sí, digo. Por lo menos, digo.

Ahora estábamos sentados sobre una manta peluda con la imagen de un bonito tigre amarillo. Y él observaba el lugar como si nunca lo hubiera hecho.

—Qué fácil es quejarse, ¿no?

—No sé.

La noche se nos había caído encima. Una noche primaveral con olor a jazmín y paredes ocre. No sabría cómo nombrar, si se pudiera nombrar, el asombro en la cara de mi amigo R, que miraba la habitación como si fuera que saliendo de una larga noche. La noche, pensé, también es una historia. El polvo, acaso un cuento.

—Todo empezó cuando nos separamos de S —contó—. Empecé a pensar que la había cagado, que había algo en mí que estaba mal.

Después, o antes, en algún momento, ya en medio del llanto, dijo:

—Creo que estoy tocando un fondo.

Y más o menos por ahí llegó el momento de otro abrazo. Nos abrazamos y R lloró.

—No hay mucho polvo, ¿no? —dijo.

Unos días después, de vuelta al momento en que R está en el marco de la puerta con esa media manzana en la mano, a minutos de empezar mi clase, cuando le pregunto cómo está me cuenta que se cuenta (así lo dice, que se cuenta) que está mal por un dolor que tiene en una pierna. Cierto, me había dicho, tuvo algo así como un desgarro.

—Siento que con la pierna así no me puedo concentrar, enfocar…

—Qué curioso —casi le digo—, las mismas cosas que te pasaban cuando tu cuarto estaba lleno de ese polvo.

—Hoy me senté a trabajar —sigue—, y me dolía mucho…

Lo escucho. Lo escuché. En algún momento nos reímos y ahí le pregunté qué pensamientos tenía cuando le dolía. Dijo que le molestaba que le doliera, y que no lo dejaba enfocarse, o algo así, y después esto de que le gustaba contarme algo y que yo no tuviera necesidad de decir nada. Dijo que, si les contara a sus padres del dolor de pierna, ellos dirían de todo.

—Pero vos no me decís nada.

—Yo te hago preguntas —dije.

—No nos damos cuenta, pero el narrador está narrando todo el tiempo.

Eso no sé quién lo dijo.

—A veces ni lo oímos, pero el relator relata. Porque para eso está. El relator relata, el narrador narra, el pensador piensa…

—La mente menta.

—Muy bueno, sí, la mente menta

—O miente.

La conversación, así, se fue poniendo más y más brillante. Acaso fueron los ojos de R los que brillaron. Ahora él me escuchaba y yo hablaba, pero sin hacer ningún esfuerzo; como si fuera él quien estuviera hablando. O era él quien hablaba y yo quien escuchaba. Tal vez, pienso ahora, nos estábamos comunicando.

—Comunicarse —dijo R—, es tocar.

—¿Tocar al otro? —pregunté.

—No sé.

—¿Tocarse?

—Puede ser.

Tocaron el timbre. R hizo un gesto como de buscar las llaves, pero se detuvo.

—¿Te puedo confesar algo? —dijo.

Me lo quedé mirando.

—¿Ahora me pedís permiso? —dije.

Sonrió.

—Es que ahora quiero decir algo de vos.

—Ah… —dije—. Bueno.

Se liberó del marco de la puerta y miró el resto de su manzana. No sé cuándo la había comido, pero ahora sólo le quedaba ese oxidado alrededor de las semillas. Observando las semillas, dijo:

—Me molesta pensar la posibilidad de que te intereses por mí, o por lo que me pasa, sólo porque después vas a escribir un cuento sobre eso… Con eso…

—Oh —dije.

—Sí —dijo él—, lo dije.

—No sé qué decir… Me gustaría decirte que no, que no es así.

—¿Es así?

—Creo que no estoy seguro. No sé cómo es…

—Okay.

—Puede ser que tengas razón, que te escucho porque me sirve, que sólo te escucho porque quiero hacer algo con lo que me contás. Usar tu historia… Pero ahí me pregunto: si no usara tu historia para escribir un cuento, ¿no la estaría igual usando para algo? ¿Puedo no usar lo que me contás?

R se me quedó mirando.

Yo me quedé mirando lo que había dicho.

Después de unos segundos, se me empezó a formar una pregunta. ¿Qué es escuchar? Cuando iba a hablar, en ese momento, empezó a soplar un viento. Primero fue un silbido que parecía iba a pasar de largo. Nos llamó la atención lo agudo del sonido; al vidrio de las ventanas también. Los truenos taparon a las bocinas y el cielo se puso negro en un minuto. Nos acercamos al ventanal, ya estaba lloviendo. Vimos en el balcón de enfrente a un perro que ladraba a la tormenta (inminente) y a una mujer que corría para atajar una toalla que se le había soltado de la soga.


Del libro Yo, cuento (y otros cuentos)

En la foto, Rodrigo Soloeta y Dama David (acompañantes de Respiración Evolutiva)


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