Una sensibilidad imposible

Estoy a favor de entrenar esa sensibilidad que no necesita ser entretenida —una sensibilidad que hace del aburrimiento un punto de partida.

 

Hemos desarrollado protocolos de entendimiento, formas que sabemos descodificar. Nuestras vidas se han vuelto demasiado legibles. Ya no miramos el mundo sino que miramos nuestra mirada. Ya no vemos (o preferimos no ver) que el mundo no es solamente nuestra mirada sobre el mundo. La mirada es parte de lo mirado -la parte que se recorta para mirar.

Nos hemos mecanizado en nuestras maneras de narrar el mundo —nuestras vidas. Ya no narramos nada (nada nuevo), solo narramos nuestra capacidad de narrar. Somos lo mismo de siempre. Quebrándonos. Si las películas lucen todas más o menos igual, nuestras vidas también. Imágenes forjadas en el inicio del tiempo, imágenes que al ser forjadas dan inicio al tiempo. El tiempo sólo es la insistencia de la imagen. Nuestras imágenes. Repetición. El tiempo es repetición. Nuestras historias, esclavas de sí mismas, no dejan de repetirse para confirmar lo que suponemos ser.

 

Nos estamos quebrando. La humanidad se está quebrando. Enhorabuena. Parece ser tiempo de hacer frente al tedio de la identidad. Enfrentar no es luchar, sino asumir. Ese es el gran equívoco. Pensamos que LO OTRO está ahí para ser combatido y eliminado. Cuando nos dijeron "enfrenta a tu sombra", se referían no a la guerra, sino al abrazo. Tenemos que asumir que ya nos hemos aburrido de ser lo que somos. Lo que venimos creyendo querer ser.

 

Oh sí, es hora. Hora de asumir el aburrimiento de ser esta raza de creyentes insensibles que se inventan historias para separarse de un mundo que no es sino su materia prima sin bordes.

 

Si antes la pregunta era “¿crees en dios?”, ahora la pregunta sería “¿lo sientes?”; más bien, “¿qué es lo que sientes?” Ahí está dios, en todo lo que sientes. Dios no es algo en lo que se pueda creer o no creer. Dios, una palabra aburrida, el concepto que nombra lo innombrable —y lo innombrable, ya aburrido de sí mismo, de su reclusión fuera del reino de lo legible, reclama su emancipación del concepto que fija su cualidad no fijable. DIOS no es el nombre de la Nada, es la nada del nombre. Dios es una picardía, la curiosidad necesaria para salirnos de la historia, la llave guardada en el bolsillo del recluta.

 

La puerta estuvo siempre abierta, qué trampa. Qué trampa el ser humano, que quiere detener los ríos con sus imágenes de lo imposible. Qué arrogancia el ser humano, que pretende decidir qué es lo imposible. Historias, imágenes, historias, imágenes para decidir qué es lo imposible.

Hoy, en este hoy que dura, esas imágenes, duras, deshidratadas, se están quebrando. La creencia, deshidratada, se está quebrando.

 

Las historias que nos separan se están quebrando, ya no logramos creer en ellas, nuestros mitos personales y tribales ya no tienen tanto sentido. Les queda poco, les queda poco. Y sin imágenes, y sin historias, y sin sentido, a nosotrxs, con tanta adicción al mapa, ¿qué nos queda? ¿Será que sólo nos queda bajar la guardia y dedicarnos a sentir?

Si este texto te interesó o te aportó algo, te invito a pensar que escribir esto es mi trabajo y a considerar la posibilidad de hacer un aporte. Si quieres colaborar, click aquí